Desde que Darwin impusiera la idea de nuestro origen similar al de cualquier otra especie, los científicos han buscado no sólo a nuestros antepasados, sino también modelos animales de nuestro comportamiento.

En los años sesenta, el zoólogo Desmond Morris publicó un libro en que explicaba nuestra evolución como la de un primate que se vio obligado a convertirse en cazador y competir con los carnívoros sociales, considerando que los primeros homínidos fueron cazadores. El modelo que proponía eran cánidos como los lobos o los licaones.

Unos y otros viven en grupos de individuos que cooperan estrechamente en la caza, de modo que pueden abatir grandes presas, que tienen bases desde las cuales inician sus expediciones de caza, que comparten la comida (los lobos, con los cachorros y las hembras que los cuidan; los licaones, a demás, con los individuos que se quedan en la zona de descanso), que tienen claras jerarquías separadas de machos y hembras y que son monógamos.

Las semejanzas con la conducta humana a la cual estamos acostumbrados saltan a la vista. Aunque los antropólogos cuestionaban su propuesta, especialmente en cuanto a la monogamia, que Morris explicaba por la necesidad de identificar los propios descendientes por parte de machos mucho tiempo ausentes y de disminuir la competencia en beneficio de la cooperación en la caza y que ellos no ven como la forma humana de relación sexual. También es cuestionable en esta hipótesis el supuesto de que los primeros homínidos eran cazadores. Hoy se tiende a creer que eran carroñeros (en cuanto a las presas grandes). Y actualmente se sabe que los primeros homínidos no eran sabanícolas, sino habitantes de la selva y más tarde de los bosques en galería y de la frontera entre la sabana y el bosque. También se sabe hoy, contra lo que decía Morris, que en los primates también se dan jerarquías y que su necesidad no depende del modo de vida cazador, sino de la competencia, que también se da en primates sociales.

En los años setenta, los primatólogos hacía un tiempo que estudiaban unos primates muy adaptados a la sabana, los babuínos. Éstas eran las conclusiones a las que entonces llegaron sobre su comportamiento:

1) Estos primates omnívoros que ocasionalmente cazan crías de antílope viven en grandes grupos de estructura compleja con dos rígidas jerarquías: una de machos, establecida y alterada mediante luchas que pueden ser bastante feroces y otra de hembras, la posición en la cual es hereditaria.

2) La jerarquía masculina tiene una cúpula formada por unos pocos machos sobre los cuales domina el llamado macho alfa.

3) Los machos cooperan en la defensa frente a los leopardos. La "aristocracia" interviene cuando la situación se pone fea.

4) El macho alfa es el que más se arriesga en la defensa de las crías.

5) El macho alfa mantiene el orden entre las hembras.

6) El macho alfa dirige al grupo en la búsqueda de comida.

7) El macho alfa es el que copula con más hembras y trata de impedir que lo hagan los demás.

Para estos primatólogos, el comportamiento de los babuínos era muy similar al nuestro. Se podía discutir su simplificación de la sociedad humana, pero no parecía discutible que su descripción de la sociedad de los babuínos pudiese aplicarse a los primeros homínidos, por lo menos a los que dejaron la selva.

Pero el posterior estudio más profundo y con más horas en el campo de estos primates mostró muchos fallos: el macho alfa no defiende a las crías si no son de hembras con las cuales ha copulado; son las hembras las que dirigen la búsqueda de alimento, por la sencilla razón de que ellas se han criado en el territorio de la banda y los machos, no; el macho dominante no se preocupa en absoluto del "orden público", sino que suele intervenir en las peleas enconándolas más, etc., etc.

Además, todo lo dicho hasta aquí sólo trata de analogías, es decir, de características debidas a ambientes similares. Y la biología evolutiva necesita también homologías, o sea características semejantes debidas a su presencia en un antepasado común. Éstas segundas pudieron empezar a buscarse con el estudio de los chimpancés, que en los años ochenta había avanzado muchísimo. Los chimpancés son nuestros parientes evolutivos más cercanos, que comparten con nosotros más del 98 % de la información genética y un antepasado que no comparten con ninguna otra especie, ni siquiera con los gorilas, sino solamente con los bonobos o chimpancés enanos. Pero éste ya es tema para otro artículo.

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete


Julio Loras Zaera
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