Julio Loras Zaera

fortanete

Profesor Francho de Fortanete A la luz de la ciencia. Biología y asuntos humanos

Vacunas genéticas

Ahora que tantas esperanzas (¿bien fundadas?) se expresan tanto sobre las vacunas contra el SARS-Covid-2 (hay fundamento para tener confianza en alguna de ellas) como sobre el tiempo en que estarán disponibles (aquí, la confianza expresada por los gobiernos me parece pura politiquería), me ha parecido que tendría interés hablar de un tipo de vacunas, las genéticas o de tercera generación, ya que se ha hablado de que alguna de las que están en experimentación es de ese tipo.

El fundamento de las vacunas es la inoculación de antígenos, ya sea en forma de patógeno atenuado o muerto o de partes del mismo, con la finalidad de que el sujeto, por la activación de su sistema inmune produzca anticuerpos y células dotadas de los mismos, de manera que en posteriores encuentros con el patógeno bloquee su acción y lo elimine.

Las vacunas más recientes, antes de las genéticas, inoculaban fragmentos del patógeno, proteínas características del mismo. Las vacunas genéticas, en cambio, inoculan fragmentos de ácidos nucleicos codificantes de esas proteínas. La idea es que esos genes, que es lo que son esos fragmentos de ácido nucleico, se traducirán en el cuerpo del sujeto en proteínas que estimularán la respuesta inmune. El ácido nucleico inoculado es ADN. Cierto que el genoma del SARS-Cov-2 es de ARN, pero mediante la encima transcriptasa inversa se puede conseguir su transcripción a ARN; de hecho, es lo que hace el virus para producir copias de sí mismo.

No es posible inocular genes aislados, por lo que se utiliza un vector denominado plásmido, una circunferencia de ADN típica de las bacterias que se replica al margen del cromonema, que es donde se halla la mayor parte de los genes bacterianos. Pero se trata de plásmidos modificados, una especie de quimera con ADN de diversos orígenes, con una región promotora obtenida de un virus y que, como su nombre indica, promueve la traducción a proteína; a continuación, va inserto el gen de interés, en nuestro caso, el gen del SARS-Covid-2; le sigue una señal de poliadenilación, generalmente un fragmento del gen de la hormona bovina de crecimiento, cuya misión es estabilizar el transcrito del gen de interés; y genes de resistencia a antibióticos, que permiten la selección en cultivos bacterianos, ya que los plásmidos se reproducen en bacterias. Una propiedad no buscada de estos plásmidos es que presentan lo que los biólogos llaman motivos CpG (citosina seguida de guanina), que confieren propiedades inmunomoduladoras, actuando de coadyuvante.

La forma más sencilla de administración es la inyección de los plásmidos, que se puede hacer por diversas vías, como la pìel, el músculo esquelético o las mucosas, aunque hay que tener en cuenta que solo alrededor del uno por ciento del ADN lleva a la síntesis en el cuerpo de las proteínas de interés. A favor de esta forma de administración, además de su sencillez, está la baratura del procedimiento. Pero cada vez se usa más la llamad pistola génica, un método mucho más eficaz. Se trata de bombardear las capas dérmicas y sub dérmicas con microesferas de tungsteno o de oro, a las que previamente se han acoplado los plásmidos, utilizando helio comprimido. Con este método se necesita mucho menos ADN y se obtiene una eficiencia 100 veces superior.

Captan los plásmidos diversos tipos de células, pero las células diana son las llamadas células presentadoras de antígeno profesionales, especializadas en presentar antígenos a las células T (células dendríticas, macrófagos y células B, que procesan antígenos, los “expresan” en su superficie e interaccionan con las células T, que se activan y que son responsables de la accióninmunitaria).

En el interior de las células “infectadas” por los plásmidos se produce la síntesis de los antígenos codificados por el transgen del patógeno, iniciándose el proceso inmunitario a continuación.

Hay que decir que hasta ahora este tipo de vacunas se ha mostrado eficaz en modelos murinos (en ratones), pero en primates la inmunidad inducida es débil, por lo cual se han seguido diversas estrategias para conseguir eficacia en humanos, como la combinación de inmunización inicial con ADN, seguida de la utilización de proteínas o virus recombinantes para los refuerzos posteriores.

La información de que dispongo es de hace once años, por lo que es posible que las vacunas genéticas contra el SARS-Cov-2 sean más eficaces. Lo cual es muy probable, si tenemos en cuenta lo poco que se suelen arriesgar las grandes compañías. Si esas vacunas estuviesen al nivel de 2009, difícilmente ninguna gran farmacéutica apostaría por ellas.

Octubre de 2020

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