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Una especie de araña que invierte los papeles en el canibalismo sexual


Cuando se habla de canibalismo sexual en las arañas, se suele pensar en la hembra grande devorando al macho pequeño tras la cópula. Pero hay por lo menos una especie en que los caníbales son machos que atacan y devoran a las hembras. Se trata de Allocosa brasiliensis, una araña lobo sudamericana en la que los machos son un 20 % mayores que las hembras, en contraste con el resto de las especies. Los machos de esta araña construyen unas madrigueras en la arena en las cuales esperan que una hembra inicie el cortejo. Realizada la cópula, la hembra se queda en la madriguera y el macho la sella y sale a construir otra para una nueva cópula. La hembra permanece aproximadamente un mes en la madriguera, donde pone unos pocos sacos de huevos, y se lleva las crías sobre el dorso para su dispersión. El coste de la reproducción, a diferencia de lo que suele suceder, parece mayor para los machos que para las hembras. La inversión de estas es la energía necesaria para la competencia con otras hembras, para el cortejo y para el desarrollo de los huevos. Esta última fracción no resulta grande, puesto que cada saco lleva más de 100 huevos. Por su parte, el macho, aunque la producción de espermatozoides es “barata”, invierte gran cantidad de energía en la construcción de las madrigueras, que son muy profundas. De ahí la inversión de los papeles sexuales.

Anita Aisenberg, Fernando G. Costa y Macarena González trataron de determinar si en esta especie de araña el canibalismo invertido se daba en función del estado reproductivo de las hembras o sus características corporales, puesto que el canibalismo no se produce indefectiblemente. Su estudio está recogido en el Biological Journal de la Royal Society de 18 de abril de 2011 y empezó con la recolección de especímenes macho adultos, hembras con saco de huevos, hembras con arañitas en el dorso, hembras y subadultos que se desarrollaron a adultos con el fin de disponer de hembras vírgenes. Seleccionaron 20 machos al azar. A la mitad se les sometió primero a la presencia de una hembra virgen y luego a la de una apareada. Con la otra mitad se hizo lo mismo pero a la inversa. Solo se consideraron los ensayos en que la hembra detectó la madriguera del macho en un máximo de una hora. Si no se producía cortejo femenino, la prueba finalizaba en media hora. Si había cortejo pero no cópula, finalizaba en una hora. 48 horas después del primer ensayo, se repetía con una hembra virgen o apareada, según se hubiera hecho la primera vez. Se registró un índice de condición corporal con las medidas del abdomen, que no revelaron diferencias significativas entre hembras vírgenes y apareadas, aunque sí dentro de cada uno de los dos grupos. Lo mismo se hizo con el peso.


Los machos se aparearon con 9 hembras vírgenes y 3 apareadas. Las cópulas se produjeron con más frecuencia con hembras vírgenes de mayor índice corporal y con hembras apareadas más pesadas. Se registraron los ataques que conllevaron lesiones, pérdida de patas o consumo de la hembra.

No se encontraron diferencias significativas en cuanto al cortejo por parte de hembras vírgenes y apareadas. Todas las hembras entraron en las madrigueras, tanto las vírgenes como las apareadas. 16 vírgenes y 18 apareadas realizaron comportamiento de cortejo y los machos respondieron a todas las hembras. Estos se aparearon con 9 hembras vírgenes y tres apareadas. Las cópulas se produjeron con más frecuencia con hembras vírgenes de mejor índice corporal y con hembras apareadas más pesadas.

En cuanto a los ataques, los machos atacaron a tres hembras vírgenes y a ocho apareadas, resultando en canibalismo cinco de los ataques a hembras apareadas y dos a las vírgenes. Comparando por separado la relación de la condición corporal y del peso en los ataques a hembras vírgenes por un lado y apareadas por otro, no se registró diferencia significativa, pero sí dentro de cada grupo: hubo un mayor número de ataques a las hembras que presentaban menor peso, independientemente de si eran o no vírgenes.

Los autores discuten varias hipótesis para explicar este comportamiento, decantándose por la de la elección extrema de pareja. En las arañas se da una correlación entre el peso, la condición corporal y la fecundidad. Los machos de esta especie elegirían para copular las hembras de mayor peso, garantizándose una mayor descendencia. Y la preferencia por hembras vírgenes les garantizaría que su descendencia no era de otros machos. En cuanto a las hembras de peor condición corporal, menos fecundas, les resultarían más beneficiosas como alimento que compensara su alta inversión en las madrigueras. Por lo que toca a las hembras, los machos les proporcionan las madrigueras donde pueden llevar a término su progenie con seguridad, sin necesidad de construir ellas sus propias galerías.

El artículo que da cuenta de ese estudio no informa acerca de en qué circunstacias se produjo canibalismo. Me refiero a si en algún caso se produjo durante o después de la cópula. Me parece una cuestión relevante, en la medida que parecería que canibalizar a la hembra después de la cópula fuese en contra del interés evolutivo del macho, al imposibilitar su descendencia, del mismo modo que iría en contra del interés evolutivo de la hembra dejarse devorar. Esto, a mi entender, hace que el canibalismo masculino no sea exactamente la imagen especular del femenino. En este, el macho que supuestamente se deja canibalizar actúa en interés de la expansión de sus genes, sobre todo si le quedan pocas probabilidades de volver a aparearse, y la hembra obtiene un buen suplemento alimenticio. Sin conocer los hábitos de esta araña, solo sabiendo que las hembras pueden producir varios sacos de huevos de diferentes machos, me atrevería a decir que no deben de asistir pasivamente a los ataques de los machos.

Julio de 2022

   
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