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Un documental de La 2 sobre el trastorno bipolar

El pasado 11 de octubre, la 2 de TVE emitió un documental sobre el trastorno bipolar, una enfermedad mental que aflige, tirando por lo bajo, a entre el 1 y el 2,5 por ciento de la Humanidad, es decir a entre setenta y ciento ochenta millones de seres humanos.

El trastorno bipolar se caracteriza por estados de manía (euforia con sentimientos de omnipotencia e invulnerabilidad, arriesgarse pese a ser consciente de la magnitud de los peligros) seguidos de estados de depresión profunda en los episodios críticos, que se alternan con períodos de comportamiento normal más o menos largos (incluso con una duración de varios años). Aunque los estados de manía pueden ser espectaculares o bien limitarse a una euforia ligera, los de depresión son muy graves y pueden acabar en suicidio.

El documental, titulado El cerebro bipolar, es una buena panorámica de la investigación del trastorno en la última década del siglo pasado y en la primera de este. Se le podría hacer el reproche de que solo trate de la investigación norteamericana, olvidando, por ejemplo, la que se hace en Europa,pero, con todo, me pareció muy bueno.

No voy, sin embargo, a tratar de los muchos aciertos del documental, sino a criticar lo que a mí me parecen defectos importantes del mismo. El primero es que tanto en el argumento como en la estructura del programa se tratan la manía y la depresión como fenómenos diferentes. En el trastorno bipolar ambos estados de ánimo están relacionados: la depresión sigue invariablemente a la manía. No creo que se puedan tratar, salvo para paliarlos atendiendo a los síntomas, independientemente. A mi modo de ver, este trastorno no se puede entender ni se puede tratar si no se abordan conjuntamente la manía y la depresión. Esto ya lo sabían los psiquiatras de principios del siglo XX, no en vano llamaban a la enfermedad en sus manifestaciones más agudas psicosis maniacodepresiva. Por algo sería.

En el documental, una neurocientífica afirma que los pacientes bipolares en fase maníaca buscan compulsivamente recompensa, otro psiquiatra dice que buscan emociones fuertes. Aquí tendría yo que haber puesto buscamos en vez de buscan, puesto que yo, no me da reparo decirlo, soy uno de esos pacientes y yo, como otros bipolares que conozco, no sentimos que busquemos emociones fuertes, simplemente las experimentamos, hagamos lo que hagamos cuando estamos en ese estado. En cuanto a la búsqueda de recompensas, conozco el sentido técnico del término recompensa, es decir, la estimulación de determinado centro cerebral al realizar determinadas acciones. Pues bien, en ese sentido, todos buscamos recompensas casi en todo momento. Con lo cual, la afirmación de la neurocientífica resulta vacía y parece más la afirmación de una psicóloga a la moda que de una científica: a lo sumo, sería una cuestión de grado.

Un psiquiatra que experimenta con ratones dice que se experimenta ansiedad, viniendo a decir que los bipolares, tanto en fase maníaca como en fase depresiva tenemos ansiedad. Y aparece un ratón (los ratones son modelos de ansiedad) en un laberinto en cruz con un brazo delimitado por paredes altas y los otros tres sin paredes, elevado sobre una minipiscina. El ratón, cuando llega a los brazos sin paredes, se refugia en el otro. La estimulación eléctrica de determinada zona del cerebro del ratón tiene el efecto de cambiar esa conducta ansiosa por un recorrido por los brazos peligrosos. Aquí, mis objeciones empiezan por la constatación en mí mismo y en mis conocidos bipolares de la total falta de consciencia de ansiedad alguna durante la fase maníaca. Lo que sí se puede constatar es que tenemos un grado muy elevado de actividad combinado con una seguridad asombrosa. No sé si los psiquiatras considerarán esa incansable actividad como muestra de ansiedad, a mí no me lo parece. En la fase de depresión experimentamos más que ansiedad, experimentamos miedo. En cualquier caso esos experimentos con ratones ansiosos, en el caso de los bipolares únicamente servirían para amortiguar la ansiedad en la fase depresiva, no la depresión, del mismo modo que muchos fármacos que se dan a los bipolares (a mí se me dieron durante mucho tiempo, inexplicablemente, hasta que me recetaron el litio) en fase maníaca la controlan relativamente, no en vano algunos llaman a esos fármacos sujetanervios (técnicamente, neurolépticos). Ni acaban con la manía (se acaba sola), ni evitan la depresión, ni curan el trastorno.

Otro investigador, al mismo tiempo ingeniero y psiquiatra, trabaja con cerebros de ratón a los cuales afirma que ha implantado genes de bipolares. Para entenderlo, hay que atender a lo que dicen en El cerebro bipolar dos genetistas moleculares: que no se ha encontrado ningún gen de la bipolaridad y que, en cualquier caso, si existen, deben de ser cientos, si no miles y ninguno de ellos exclusivo de los bipolares. Volviendo al investigador citado, admitamos que no solo ha introducido en los cerebros de ratón genes de bipolares, sino genes de la bipolaridad. Con unos microelectrodos está elaborando mapas de los circuitos cerebrales concernidos y de sus alteraciones. Esos mapas, de ser correctos, así como otros que elaboran otros neurocientíficos con otros métodos aplicados a cerebros humanos, lo cual parece más fiable, la mayoría mediante técnicas de estimulación eléctrica, parece que revelan bloqueos en determinados circuitos cerebrales. Esto, a mi parecer, encaja con una investigación aparecida en PNAS hace un tiempo y de la que hablé en el artículo El litio y el trastorno bipolar. Los autores de esa investigación, para lo que aquí nos interesa, hallaron que en los bipolares que respondemos al litio las espinas dendríticas (estructuras de las dendritas que son mayoritariamente los lugares de las sinapsis) son aberrantes y que el litio contribuye a hacerlas normales. Esto cuadraría, a mi entender, con el bloqueo de circuitos de que se habla en el documental. Aunque no parece que tenga nada que ver con los bipolares que no responden al litio, que tienen espinas dendríticas normales. Tal vez el bloqueo, si es que se produce, se produzca en otros lugares.

El ingeniero psiquiatra justifica su investigación en la búsqueda de tratamientos (se refiere al litio, pero igualmente puede referirse a otros muchos) que no afecten a todo el cerebro y que tengan unos efectos secundarios mínimos. Es una intención loable, pero, por lo que hace al litio, mi experiencia y la de otros bipolares tratados de la misma manera me dice que esos efectos secundarios son muy tolerables, por su levedad. Además, el litio es muy barato y seguramente tiene menos peligro que la implantación de microelectrodos. En cuanto a que afecte a todo el cerebro, será ciertamente verdad, pero yo no he notado nada de eso en mi comportamiento ni en mis sensaciones. No digo nada de los otros tratamientos que se dan a quienes no responden al litio, que son duros y dados a ciegas, con poca eficacia además. Tal vez ese 60 por ciento de bipolares que no responden al litio se vieran aliviados con el tipo de tratamientos que experimenta ese psiquiatra, que, por cierto, también es bipolar.

Esto en cuanto a la primera parte. La segunda trata de la depresión. Está totalmente desligada de la primera, obviando la indisoluble relación entre la manía y la depresión en el trastorno bipolar. Las críticas que hago a la primera valen para esta parte, que es la más pobre y en la que se habla fugazmente de los estilos de vida y de las terapias conversacionales. Mi experiencia, que puede no ser típica, es que la bipolaridad es poco sensible a los cambios ambientales, excepto a los tratamientos farmacológicos, de los cuales el litio es con mucho el mejor, aunque, por desgracia, solo funcione en el 30 por ciento de los pacientes, lo cual puede ser explicado por el resultado de la investigación que comenté en El litio y el trastorno bipolar.

No quisiera acabar sin referirme a la cuestión genética vs. ambiente. Antes de las intervenciones de los dos genetistas moleculares citados, la voz en off afirma que el trastorno bipolar tiene un fuerte componente genético. No apoyan esa afirmación los genetistas, sino que hacen la hipótesis (no comprobada, aunque sí que dan por cierto que no se ha encontrado el gen o los genes de la bipolaridad, solo presentes en los pacientes) de la posible existencia de cientos o miles de genes no exclusivamente presentes en los bipolares que pueden sumar sus pequeños efectos para producir la enfermedad. Si fuera cierto, el diagnóstico genético con que sueñan algunos sería muy difícil y prácticamente imposible. Y el trastorno bipolar sería una cuestión de grado, la mayoría de la gente, sin ser bipolar, presentaría caracteres de bipolaridad, siendo esta un extremo en que nos situaríamos los bipolares en un continuo en el que podría situarse a todos los seres humanos. Yo saco esta conclusión de lo dicho por los genetistas, mientras que la voz en off no hace ningún comentario sobre esto.

El documental refuerza la idea del fuerte componente genético con lo dicho por algunos enfermos sobre sus familias. Es un refuerzo muy débil, ya que se habla de bipolares no diagnosticados, de muertos y de personas con las que no se ha contactado, siendo los diagnósticos hechos a posteriori. La prueba no está en esos recuerdos de los pacientes, estaría en pedigríes hechos a las familias de los bipolares, a sus hijos y a sus nietos, a los que se podría diagnosticar con seguridad. En definitiva, no hay pruebas concluyentes de ese fuerte componente genético. Lo cual no implica que yo no lo crea posible. Sencillamente, no veo pruebas suficientes de esa hipótesis.

Aunque no se menciona para nada en el documental, hay una hipótesis ambiental que se enunció el siglo pasado, basándose en los registros demográficos europeos y en el censo de bipolares por edad. Entre los nacidos en ciertas décadas del siglo pasado había significativamente más bipolares que entre los nacidos en las demás. Los autores de la hipótesis conjeturaron que la causa podía estar en ciertas epidemias de gripe que habían afectado a mujeres embarazadas. El rasgo dependería del ambiente intrauterino, donde el desarrollo del cerebro se habría visto perjudicado. Quiero hacer notar que es falsa la identificación de genético con inmodificable y ambiental con modificable. Si la hipótesis fuera correcta, un rasgo de dependencia ambiental resultaría inmodificable por el ambiente, aunque se manifestase, como lo hace, en diversos grados, salvo pequeñas correlaciones con algunos factores ambientales o, más notablemente, intervenciones farmacológicas o quirúrgicas.

Noviembre de 2020

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