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Lenguas, climas y genes

Hasta que leí el primer trabajo que voy a comentar creía, como cree la inmensa mayoría de los lingüistas, que los idiomas tienen la misma relación con el clima que con las constelaciones, es decir, ninguna que no se deba al azar. En los últimos tres siglos han abundado teorías especulativas que asocian el nacimiento de las lenguas a la imitación de los cantos de los pájaros, a las onomatopeyas, a los sonidos involuntarios que emitimos cuando hacemos alguna tarea, que las lenguas de climas fríos emplean menos fonemas vocálicos en sus palabras por aquello de minimizar la acción del aire frio… todas ellas sin ninguna base fuera de la imaginación de sus promotores.

El trabajo en cuestión se sale de esa tónica y merece ser considerado seriamente. Se debe a un antropólogo lingüístico, un matemático y un psicolingüista, se titula “Climate, vocal folds, and tonal languages: connecting the physiological and geographic dots” y se publico en PNAS el 20 de enero de 2015.

No lo resumiré en su mismo orden, sino a la inversa, porque me parece que el proceso expresado por los autores hipótesis y comprobación no ha sido el que han seguido realmente, sino que a partir de los datos recopilados han formulado una hipótesis que supuestamente han puesto a prueba. Los datos pueden resumirse así: las lenguas de tonalidad compleja, que tienen más de tres contrastes tonales para la discriminación fonética y léxica, según las mejores bases de datos disponibles en 2015, se encuentran en regiones tropicales y suelen estar ausentes en las zonas más frías y secas. Además, no parece haber una asociación de las lenguas tonales con determinadas familias lingüísticas, aunque sí con áreas lingüísticas particulares. Se encontraron correlaciones positivas entre complejidad tonal y humedad específica masa de vapor/masa de aire y entre la complejidad tonal y la temperatura media anual.

La hipótesis viene a ser la siguiente: la sequedad y la baja temperatura del aire afectan a las cuerdas vocales y a la laringe de modo que la fonación se hace más imprecisa y en climas fríos y secos la discriminación tonal propia de las lenguas tonales se hace difícil, si no imposible. De ahí que sea de esperar que esas lenguas sean propias de climas húmedos y cálidos, o sea tropicales.

Ninguno de los tres investigadores es fisiólogo. Lo cual no representa ningún problema si, como parece, han contado con asesoramiento fisiológico, pero me parece que no han interpretado bien la fisiología de la laringe, que no han entendido a partir de qué humedad y temperatura del aire se dan esos efectos y han obviado que la laringe y las cuerdas vocales funcionan perfectamente en un amplio rango de esas medidas, teniendo en cuenta que el aire que pasa por la laringe es calentado y humedecido en la nariz hasta los niveles adecuados para su funcionamiento. Solo humedades muy bajas y temperaturas muy frías alteran esto.

Pero vayamos a una crítica más documentada que la mía. Jeremy Collins Jeremy Collins. 2017. “Real and spurious correlations involving tonal languages”. En N. J. Enfield ed. Dependencies in language. Berlin: Language Science Press hace notar que se dan muchas correlaciones distintas entre lenguas tonales y otras características, desde los climas, pasando por el orden SVO sujeto-verbo-objeto, los verbos seriales, la antigüedad de la colonización y muchas otras cosas. La elección del clima le parece a Collins que vino inducida por los mapas, que son impactantes.

La independencia de las diversas lenguas tonales no es tal. Hay familias, como la Niger-Congo y la Sino-tibetana cuyas lenguas son todas o casi todas tonales. Además, se ha hecho sentir su influencia en muchas lenguas previamente no tonales, por ejemplo en el Sudeste asiático. China, cuyas lenguas ampliamente mayoritarias son tonales, tiene extensas regiones frías y secas donde se hablan ese tipo de lenguas.

La crítica definitiva para Collins parte del hecho de que hay muchas más lenguas en la zona tropical que en las zonas frías y secas. Si las lenguas se hubiesen originado al azar, sería esperable lo que muestra el mapa. Lo que viene a plantear es que la correlación del trabajo que comento es espuria. Yo lo expresaría más crudamente: es del tipo que se da del principio del invierno al del verano entre el aumento de los precios y el alejamiento de nuestro planeta del Sol: la correlación es cierta, pero la relación es nula.

El genetista Luigi Luca Cavalli-Sforza estudió las expansiones y las migraciones de nuestra especie desde sus orígenes, empleando la genética de poblaciones, la arqueología y la lingüística. Elaboró unos mapas en los que se superponían bastante bien las frecuencias génicas y las lenguas, excepto en el caso de la historia moderna. Dan Dediu y D. Robert Ladd, dos psicolingüistas, afirman PNAS, 26/6/2007 haber encontrado una relación entre las frecuencias de dos genes relacionados con el tamaño cerebral, ASPM yMicrocefalina,y la tonalidad de las lenguas.

Esos genes tienen que ver con el desarrollo temprano del cerebro, siendo algunas de sus mutaciones letales o incapacitantes. Otras muchas no tienen efectos hoy por hoy fácilmente observables, aunque se supone que alguno tendrán. Entre otros aspectos, en el terreno cognitivo, concretamente en el procesamiento del lenguaje. Se trata de unos genes que han sufrido una fuerte selección, siendo frecuentes algunas de sus formas alelos en las poblaciones europeas y de origen europeo, norteafricanas, de Oriente Próximo y de algunas regiones del Caribe y del Amazonas, y otras en Asia Oriental y África al Sur del Sahel. Los alelos frecuentes en estas dos últimas regiones lo son poco en las otras, y viceversa. Los autores del estudio encontraron una fuerte correlación entre las frecuencias alélicas y los tipos de lenguas, tonales o enunciativas, corroborando su hipótesis, a saber, que las lenguas tonales dependen de poblaciones con determinadas frecuencias de los alelos de esos dos genes, que esos alelos incidirían en el tipo de procesamiento del lenguaje en cuanto a la utilización de los tonos y que, aunque no todos los individuos fuesen portadores de esos alelos, la incidencia mayoritaria de los portadores en la canalización del cambio lingüístico conseguiría orientarlo hacia un idioma tonal o uno enunciativo. Esto último no lo dicen los autores del estudio, pero se desprende de él.

La crítica de Collins comienza por lo más obvio, algo que he mencionado más arriba: se desconoce la influencia de los genes en cuestión no solo sobre el procesamiento del lenguaje, sino también sobre la cognición, con lo que elegirlos para un estudio sobre el lenguaje tiene el mismo fundamento que elegir cualesquiera otros. Cita un estudio que encontró que los portadores de los alelos que Dediu y Ladd asocian al mejor desempeño tonal se desempeñan peor que los que poseen el alelo ancestral en la discriminación tonal, al contrario de lo postulado por ellos. Pero hay más: la muestra de ese estudio que parece probar el efecto de esos genes es tan reducida que hay una gran probabilidad de falso positivo, con lo que estamos igual que al principio.

La correlación calculada por Dediu y Ladd es muy alta, más que las encontradas respecto a otros rasgos y otros genes. Collins se pregunta si no pudiera ser que que la correlación haya surgido de una tendencia del flujo genético a ir en la misma dirección que la evolución lingüística por razón de su relación con las áreas geográficas y no por la influencia de los genes sobre los rasgos lingüísticos. El Sudeste de Asia, nos dice Collins, se caracteriza por una gran extensión del bilingüismo y por compartir propiedades lingüísticas como la tonalidad entre familias lingüísticas distintas, lo cual se acompaña de un importante flujo genético entre poblaciones. Esto por sí solo ya implicaría correlaciones genes/lenguas más allá de las que se podrían predecir atendiendo a los límites de las familias y la distancia geográfica. Menciona su trabajo sobre haplogrupos grupos de variantes genéticas que se transmiten juntas de ADN mitocondrial, que resultan un excelente predictor de la tonalidad de los idiomas. El caso es que estos haplogrupos son neutrales respecto a la tonalidad lingüística y solo revelan la línea filogenética materna.

Collins concede que es posible que los genes afecten a la estructura del lenguaje, tanto en cuanto a las diferencias entre individuos como a las que se dan a nivel poblacional, pero para estudiarlo hay que elegir los genes adecuadamente, teniendo alguna idea de cómo influyen y ante todo de si influyen en el lenguaje. Solo así no se caerá en correlaciones espurias inducidas por los muchos aspectos de todo tipo que afectan a las lenguas, desde las migraciones o la geografía hasta los contactos entre lenguas.

Febrero de 2024

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