Profesor Francho de Fortanete

Lenguaje y pensamiento

Un amigo y yo estamos interesados en lo referente al lenguaje. Recientemente acordamos tener un intercambio sobre el tema con la finalidad de escribir a cuatro manos un artículo, que ya se vería si podía ser publicado. Lo primero que estamos haciendo es recopilar una bibliografía y uno de los primeros trabajos en que pensamos fue el libro Lenguaje y pensamiento del psicólogo soviético Aleksandr R. Luria. Es un libro que tiene más de cuarentaicinco años, a pesar de lo cual no deja de tener mucho interés, más que por sus conclusiones por el rigor de sus métodos, que excepto en un caso eran experimentales.

Me parece obvio que lenguaje y pensamiento se relacionan y cuando leí el libro quedé convencido de que sin lenguaje el pensamiento no es posible, como lo afirmaba Luria. Hoy, después de leer bastante sobre el tema, fundamentalmente trabajos basados en experimentos, ya no estoy tan convencido. Luria no llegaría a ese extremo, pero su concepción da pie, a mi parecer, a la llamada hipótesis de Sapir-Whorf sobre la dependencia entre lenguaje y pensamiento. La hipótesis tiene una versión fuerte: el lenguaje de una persona o de una comunidad determina su pensamiento, es decir, sus ideas y su concepción del mundo. La versión débil afirma que el lenguaje determina de alguna manera el pensamiento. La primera versión queda refutada por los muchos pueblos que han cambiado de lengua sin cambiar apreciablemente sus concepciones del mundo, de modo que ya casi nadie la defiende. Hay lenguas que tienen un abanico de nombres para los colores muy reducido, reduciéndose a menos de cinco y otras que tienen un abanico muy amplio; se ha pedido muchas veces a sujetos monolingües en las más diversas lenguas, presentándoles una gama de colores, que los identificaran; si bien en el primer intento los han agrupado solo en las categorías para las que tenían nombres en su lengua, cuando se les ha pedido afinar lo han hecho usando nombres compuestos o dándoles nombres de objetos cuyos colores eran como los de la muestra. Hay pueblos que tienen una muy reducida lista de numerales; por ejemplo, los mundurukú de la Amazonia solo tienen hasta el cinco y solo cuentan hasta tres, usando el término para “muchos” cuando la cantidad pasa de ese número; cuando han tenido contacto comercial con europeos o euroamericanos han sido capaces de contar cualquier cantidad con el expediente de hacerlo en base tres (uno, dos, “muchos, “muchos y uno”, “muchos y dos”,…) sin cambiar de lengua. Por otra parte, se supo que Sapir, que había sacado su idea del estudio de los hopi, tenía un conocimiento rudimentario de su idioma. La versión débil es mantenida por algunos etnolingüistas, pero tiene, para mí, un grave defecto: no se puede poner a prueba en la medida en que se habla de determinar de alguna manera, por lo cual se puede entender cualquier cosa.

Sea como sea, Luria no llegó nunca a ese extremo. Pero sí llegó a postular que un lenguaje más elaborado produce un pensamiento más complejo. Lo cual defendió con experimentos con sujetos de diferentes edades y niveles de escolarización. Ahora bien, en esos experimentos se presentaban a los sujetos palabras y no, por ejemplo, imágenes y se les daban grupos de palabras con los que construir o completar silogismos. Me pregunto qué habría pasado si se les hubiesen presentado imágenes o, mejor aún, se les hubiese permitido razonar sin carga cultural. Por ejemplo, en uno de sus experimentos se presentaba a los sujetos una lista de palabras, entre ellas vegetal y animal y nombres de animales y vegetales como zorro, salmón, arce, romero. Los sujetos poco escolarizados y los niños no relacionaban coherentemente estos nombres con animal o vegetal, lo que Luria interpretaba como debido a la pobreza conceptual atribuible a su pobre dominio del lenguaje. No se le ocurría, por ejemplo, pensar que la deficiencia se debía más a desconocimiento de los conceptos más allá de las palabras que los designan que a deficiencias de su lenguaje. Seguramente si sus experimentos hubiesen usado conceptos que fueran familiares a esos sujetos e igualmente generales los resultados podrían haber sido muy diferentes. Y si los conceptos se hubiesen expresado en imágenes gráficas, seguramente sus sujetos de lenguaje pobre habrían salido muy airosos de la prueba.

Luria tenía una concepción que hoy está muy cuestionada: los pueblos “primitivos” tienen lenguas “primitivas” que les llevan a un pensamiento “primitivo”. Incluso creía que quienes hablaban el ruso antiguo tenían un pensamiento inferior al de quienes hablan el ruso moderno. Me habría gustado ver al psicólogo soviético observando una discusión entre cazadores-recolectores como los !kung san, los llamados bosquimanos, en una partida de caza; diversos antropólogos han hallado que en el rastreo, pese a lo “primitivo” de su lenguaje, si cambiáramos rastreo por actividad científica su discusión encajaría perfectamente en esa actividad. Ni los psicólogos soviéticos escapaban de una idea de progreso más bien racista. En esta parte comete una “infracción” que rechina con todo el libro: presenta un experimento mental hipotético con muy poco agarre en la realidad.

En cambio, su explicación del proceso que convierte el pensamiento en palabras, frases y discursos me parece muy sólida y las pruebas que presenta son convincentes. No lo voy a explicar y aconsejo a quien esté interesado que lea el libro.

En cuanto a la determinación del pensamiento por el lenguaje, me temo que Luria no distingue correlaciones y causas. Que el lenguaje acompañe al pensamiento (cosa, por cierto, que ahora se pone en duda y que ya las famosas anécdotas de Einstein, que decía que no pensaba con palabras sino con imágenes, y de Kekulé, que contaba que pensó la estructura hexagonal del benceno cuando estaba en duermevela y soñó serpientes que se mordían la cola, cuestionaban el aserto) solo nos señala la posibilidad de que lo determine, pero no la certeza. La certeza vendría de experimentos con individuos privados de lenguaje (hay algún caso de individuos así, lo que evitaría dilemas morales). Pero creo que no hace falta: se puede experimentar con animales. De hecho hay experimentos con ratas en que estas han realizado razonamientos que necesitan el paso intermedio de la generalización. También hacen dudar los casos de personas con graves deficiencias psíquicas que tienen un lenguaje tan correcto y complejo como el resto de la gente.

Otro tipo de pruebas que refutan esa dependencia del pensamiento respecto al lenguaje vienen de la genética. Me refiero al descubrimiento de una mutación en el gen FOXP2 en una familia muchos de cuyos miembros cometían errores gramaticales sistemáticos, como ser incapaces de formar plurales o de utilizar determinadas preposiciones o de emplear determinadas clases de morfemas y otros errores. Pues bien, los individuos que cometían sistemáticamente esos errores tenían una inteligencia normal, medida por diversos tests, e incluso uno de ellos tenía una inteligencia superior a la de sus familiares no afectados.

De todos modos, en este asunto de la dependencia del pensamiento respecto del lenguaje hay posiciones encontradas con muchos participantes en uno y otro bando. Ambas partes suelen aducir determinados experimentos. Sin embargo, mientras que a mi entender los aducidos por los que niegan esa dependencia suelen tener pocas interpretaciones alternativas, los aportados por quienes la afirman suelen poder interpretarse de más de una manera. Por ejemplo, los defensores de la dependencia del pensamiento respecto del lenguaje presentan experimentos sobre la concepción del tiempo de sujetos angloparlantes y sujetos hablantes de chino mandarín o de coreano. Se evidenciaba en esos experimentos que los primeros tenían una concepción del tiempo como una flecha horizontal, mientras que los segundos y los terceros la tenían como una flecha vertical y cada grupo respondía en consecuencia a las tareas del experimento; seguidamente se repetía la prueba después de enseñar a los sujetos rudimentos de gramática inglesa; entonces los sujetos hablantes de chino y de coreano coincidían en sus respuestas como los angloparlantes. El hecho de que el chino y el coreano pertenezcan a familias lingüísticas muy distintas, aunque sus civilizaciones estén emparentadas y compartan rasgos muy notables con las de los pueblos dravídicos de la India ya suscita cierto escepticismo. Las tres civilizaciones tenían una concepción circular del tiempo, pero las tres adoptaron, a partir del siglo XIX, sin cambiar de lenguas, la concepción lineal prevalente en Occidente. Todo el mundo civilizado tiene hoy una concepción del tiempo lineal. Que en inglés se imagine como una flecha horizontal y en las lenguas asiáticas como una vertical es una diferencia menor que, como esos mismos experimentos evidencian, se anula con un poco de información (que esa información consista en enseñar unos rudimentos de gramática inglesa o que verse sobre el concepto de tiempo me parece totalmente irrelevante; habría que ver si en esa enseñanza del inglés se empleaban recursos gráficos, lo cual me parece muy probable).

Diciembre de 2021

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