i El título original es Bitch, zorra o, más crudamente, puta. Creo que el editor español, mal aconsejado, por mojigatería o por corrección política, ha perdido la oportunidad de publicitar el libro atrayendo a los posibles lectores por la provocación que supone el título inglés.
Hembras: una zoóloga desmonta la misoginia en su disciplina
Es un hecho que las ciencias, más cuanto más su objeto se acerca a nosotros, son influidas por las concepciones del mundo predominantes. No es que sus resultados, sus hipótesis y sus teorías no puedan ser objetivos, sino, más bien, que sus enfoques y sus líneas de investigación, lo que ven y lo que dejan de ver, pueden venir marcados por las concepciones del mundo dominantes.
Un elemento fundamental de las concepciones del mundo que sigue en la actualidad, aunque en retroceso, y que viene de muy antiguo, es el machismo, uno de cuyos elementos primordiales es la misoginia, el desprecio por las mujeres, que en la zoología se remonta a Aristóteles en sus estudios sobre los animales. El filósofo caracterizaba a los machos como activos y a las hembras como pasivas. Esta idea ha permanecido incólume hasta el presente, con justificaciones científicas como las diferencias entre la producción de espermatozoides y la de óvulos o que las hembras están destinadas a un gran gasto de energía en la cría, gasto que los machos pueden dedicar al acceso a las hembras y a la competencia. Esto implica también que los machos serán donjuanes y las hembras, mojigatas.
Empezando en los años setenta del siglo pasado, se está abriendo paso una concepción del mundo promovida por el feminismo y eso ha abierto una brecha, una sana brecha, como veremos, en la concepción hasta ahora dominante. Hembrasi, de la zoóloga Lucy Cooke (Lucy Cooke. Hembras. Una guía revolucionaria sobre el sexo, la evolución y la fémina animal. Anagrama, 2025), de lo que ha llegado hasta mí, es lo mejor y lo más convincente en el esfuerzo por cambiar el paradigma misógino de la zoología, fundamentalmente, porque, aunque no se priva de recursos que podríamos llamar algo panfletarios, ancla su argumentación, no en las ideas, sino en los hechos, los muchos hechos conocidos que revela el estudio de la zoología atendiendo a lo que son y lo que hacen las hembras animales. Aunque esos muchos hechos han sido y, a veces, aún son soslayados o sujetos a interpretaciones que forzadamente tratan de incluirlos en el paradigma dominante
Para que se vea claramente la posición de la autora y su solidez, antes de entrar en el comentario del libro, no me resisto a reseñar lo que dice hacia el principio de un estudio que cita (todo lo que arguye está respaldado por referencias precisas) sobre la jerarquía en una especie de urraca americana y del modo como se realizó. Los investigadores dedicaron grandes esfuerzos a encontrar esa jerarquía y la agresión que comportaba entre los machos. Después de muchos esfuerzos, encontraron que los machos eran muy poco agresivos, por lo que recurrieron a una especie de agresividad a base de miradas hostiles y otras sutilezas, de las que encontraron o supusieron encontrar unos cuantos casos. Al mismo tiempo (eso es lo que tiene la buena ciencia: que en los registros brutos de la investigación se pueden encontrar hechos no advertidos) encontraron que las hembras se agredían muy a menudo, lo que explicaron suponiendo procesos hormonales típicos de las mamíferas, pero que no se han encontrado en las aves, sin relación con la jerarquía. Cookes acude a la navaja de Ockham: en igualdad de condiciones, entre varias explicaciones de un mismo hecho,lo mejor es acogerse a la más sencilla. La explicación más sencilla de esos hechos sería que los machos de esa especie son pasivos en cuestión de edificación de jerarquías y que estas se construyen por la acción de las hembras.
A mi modo de ver, los autores de ese estudio, con las anteojeras misóginas tradicionales, sin darse cuenta, forzaron los hechos y no vieron algo que con sus datos parece evidente, si seguimos los procedimientos que se supone que caracterizan la ciencia. Pero me parece que el tiro debe ir por elevación: ese estudio se publicó en una editora científica seria, sin que los colegas de los autores notaran ninguna anomalía en el trabajo. Me parece indicativo, como por otra parte se ve a lo largo del libro, de que no se trata de un caso particular, sino de unas anteojeras ampliamente compartidas que dificultan la perspectiva crítica e incluso pueden saltarse las normas no escritas de las ciencias.
En más de 400 páginas, Lucy Cooke da cuenta de una gran cantidad de estudios, la mayoría hechos por biólogas, que hunden para siempre la visión misógina de las hembras y de su (no)papel en la evolución, dando un repaso a la determinación del sexo, a la supuesta monogamia, al canibalismo sexual, a la anatomía genital, a la sexualidad y otros muchos aspectos en que la concepción que se tenía, y que aún tienen muchos biólogos, de las hembras es muy equivocada. Es tal la riqueza de estudios e investigaciones de que habla, todas ellas perfectamente referenciadas, que es muy difícil resumir su libro sin dejarse muchas cuestiones importantes. Pero sí que me atrevo a resumir su idea científica más importante.
Darwin conjeturó que la supuesta mayor pasividad y menor peso en la evolución de las hembras podría deberse a la diferencia entre los óvulos y los espermatozoides. Conjetura que casi se convirtió, con las consideraciones energéticas, en dogma que se lanzaba a quien cuestionara el supuesto carácter diferente de machos y hembras y en justificación teórica. Esta explicación energética se refiere a la baratura, en esos términos, de los espermatozoides y a la carestía de los óvulos. Ciertamente, de uno en uno, el coste energético de los espermatozoides resulta infinitesimal en comparación con el de los óvulos. Cooke responde con algo que, una vez que alguien lo dice, como ella, resulta ser evidente: lo que hay que comparar es cada óvulo con una eyaculación, en la que se envían muchos millones de espermatozoides para fecundar uno o unos pocos óvulos, siendo el coste de la eyaculación comparable, o incluso superior, al de los óvulos fecundados. Añado que una fecundación puede necesitar varias eyaculaciones. Además, respecto a la afirmación de que los óvulos están en cantidades limitadas, cabe decir que tras unas cuantas eyaculaciones los machos se quedan sin existencias, teniendo que dedicar cierto tiempo a reponerlas. Contándolo todo, la comparación tradicional se derrumba y resulta posible teóricamente un comportamiento femenino comparable en actividad y promiscuidad al masculino. Lo que corrobora todo el libro.
El capítulo sobre los genitales es rompedor. En general, se han tenido los genitales femeninos como irrelevantes y sin interés. El clítoris no sería más que una consecuencia de que las primeras fases embrionarias son compartidas por machos y hembras y los genitales de unos y otras se originan en las mismas estructuras. Peor consideración aún tiene la vagina, considerada habitualmente como un simple tubo sin complejidad espacial ni fisiológica. La autora del libro rebate estas concepciones, respecto al clítoris, revelando estudios que, además de encontrar una función de placer en muchas especies, revelan sus funciones promoviendo la fecundación. En cuanto a las vaginas, nos informa de los estudios de una bióloga evolutiva centrados en este órgano femenino, estudios de casi toda una vida que revelan una gran complejidad espacial y fisiológica con funciones de elección, más allá de la cópula, de qué machos fecundarán los óvulos.
Más rompedor aún es el último capítulo, dedicado a la sexualidad. Leyéndolo nos enteramos del asombro de Darwin cuando trabajaba en su monografía sobre los cirrípedos. Darwin encontró en unas mismas especies individuos hermafroditas, individuos que podríamos catalogar como machos e individuos que se podrían considerar hembras; individuos hermafroditas con pequeños machos adheridos a ellos, individuos que cambiaban de sexo según las circunstancias; especies en que había dos tipos de machos muy distintos…
Después da cuenta de diversas investigaciones que han encontrado especies en que se podría hablar de más de dos sexos y otras en que los cambios de sexo recurrentes son habituales. Y no se trata de unas pocas especies raras, siendo casos especialmente frecuentes en peces de los arrecifes de coral.
Me parece un libro muy recomendable, tanto para quienes se interesan por la biología como para quienes quieren conocer argumentos para romper con el dominio de los varones. Solo dos pegas, a mi modo de ver. La primera se refiere a que me temo que, en nuestro país, ese segundo tipo de lectores no se caracteriza precisamente por su interés en la ciencia. La segunda es que para el primer tipo de lectores, el trabajo se parece demasiado a una de esas series de excelentes documentales de naturaleza que combinan hábilmente las imágenes de hechos con entrevistas seleccionadas y anécdotas que los hacen más ágiles. Esos lectores, me temo, no necesitan esos trucos televisivos, e incluso algunos los rechazan por poco científicos. Creo que para los lectores que buscan argumentos generales que apoyen el feminismo, con unos cuantos casos bien seleccionados habría bastado. Para los interesados en la zoología, me parece, habría sido mejor elección por parte de la autora presentar sobriamente, sin adornos, los estudios en que se basa. De todos modos, tal vez sea solo una opinión subjetiva mía sin mucha base.
No quisiera dejar pasar sin comentar su crítica de Darwin, atribuyéndole gran parte de la culpa del paradigma misógino de la biología. Me parece excesiva, aludiendo incluso a su vida privada. En primer lugar, Darwin era un científico de ideas liberales, no un apóstol de la Humanidad ni un revolucionario, sino un hombre acomodado de su tiempo, inmerso y educado en un ambiente ninguneador de las mujeres. No tenía fácil superar muchos siglos de una misoginia muy marcada en su país y en su época. De modo que no lo superó, ni se le puede pedir que lo superara. En segundo lugar, añadió a su teoría de la selección natural una teoría de la selección sexual, en la que las hembras eligen a los machos, lo que llevó a que muchos la rechazaran. Cooke lo reconoce a regañadientes, aunque rebaja ese reconocimiento insistiendo en que nunca profundizó en ello, lo cual, conjeturo, no se debió exclusivamente a su misoginia, cierta, sino también a que era un hombre muy prudente y muy sensible al rechazo (de hecho, por esa razón, tardó décadas en publicar su teoría de la selección natural, haciéndolo forzado al enterarse de que Wallace había llegado por su propia cuenta a las mismas conclusiones que él y le pidió que presentara su trabajo a la Royal Society). Parece como si la autora hiciera pagar a Darwin los paternalismos, desprecios y ninguneos que han sufrido ella y las otras biólogas que han desafiado la misoginia por parte de muchos colegas masculinos.
Cuando redacté el párrafo anterior, aún no había leído el último capítulo, sobre la sexualidad y, por desgracia, aún no dispongo de la monografía sobre los cirrípedos. Al leer ese capítulo, con su exposición del trabajo de Darwin, me pareció aún más injusta la crítica de la autora del libro, que en este capítulo reprocha a Darwin que no incorporase a su tratado sobre la selección sexual sus hallazgos en los cirrípedos. Para empezar, creo que Lucy Cooke no ha captado del todo bien lo que significa la teoría de la selección sexual, que es una teoría restringida a los animales con dimorfismo sexual, con los caracteres sexuales secundarios distintos en machos y hembras, ya sean caracteres físicos, acústicos o visuales, por lo que los cirrípedos, en general, no cabían en ella. En segundo lugar, al atribuirlo todo a la misoginia de Darwin, olvida la exagerada prudencia del mismo y, sobre todo, que en sus últimos años, sus notas y sus escritos eran pasados por una hija que era una censora implacable de todo lo que oliera a sexo no normativo.
Por cierto, que la misoginia no es exclusiva de los biólogos. Muchas biólogas, como se ve en el capítulo sobre los genitales femeninos, comparten sin cuestionársela esa visión anodina y pasiva de las hembras.
Después de leer el libro de Cooke, encontré un artículo (https://doi.org/10.1111/ibi.13386) que incide en la misma cuestión, en este caso en la especialidad de ornitología, con un talante menos militante, explicando lo que se pierde por preterir el estudio de las hembras, con algunas razones más allá de la misoginia y proponiendo métodos que la superen.
Y más tarde encontré otro sobre los sesgos de dominancia masculina o femenina en primates (https://doi.org/10.1073/pnas.2500405122) que, sin alardes de feminismo, solo con ciencia de la buena, desmonta el prejuicio misógino en el estudio de nuestro orden. Hasta ese estudio, los casos de dominancia femenina, cada vez más abundantes en la literatura, se trataban como excepciones, buscando condiciones exclusivas que los explicaran, como excepciones que confirmaban la supuesta regla de dominancia masculina en los mamíferos. El cada vez mayor número de casos hacía insostenible esa actitud. Los autores del estudio no dan por hecha esa regla y estudian la dominancia con sesgo de sexo en la mayoría de los primates. Además de encontrar los porcentajes de especies con dominancia masculina o femenina, también encuentran una explicación de una y otra a partir de criterios generales válidos para ambas.
Diciembre de 2025