Desde los años veinte del siglo pasado, médicos, psicólogos, políticos y moralistas, preocupados por lo que, respecto a nuestra salud, nos hacemos a nosotros mismos, llevan denodadamente una cruzada contra las drogas. Durante mucho tiempo, de esa cruzada se salvaron drogas como el café, el cacao, el tabaco y el alcohol, pero hace cosa de unos treinta años, también la han emprendido con el alcohol. No se atreven a prohibirlo, dada la desastrosa experiencia de la Ley Seca estadounidense y el mucho flujo crematístico que presenta, pero no cesan de advertirnos machaconamente de sus peligros y de considerar abusivo el consumo que siempre se había considerado moderado.
No me atrevo a decir gran cosa de las otras drogas, salvo que el consumo de drogas siempre ha estado asociado a nuestra especie, por lo que considero utópico su fin y contraproducente su prohibición. En cuanto al alcohol, recientemente se ha descubierto que los chimpancés salvajes lo consumen en cantidades regulares (el equivalente de dos copas de medida británica). Lo hacen mediante el consumo habitual de frutas en fermentación. Esto es lo que dicen haber hallado un grupo formado por biólogos, botánicos, cognitivistas y antropólogos, entre los cuales se encuentra Robert Dudley, que hace veinte años publicó un libro titulado El mono borracho: Por qué bebemos y abusamos del alcohol, en el cual decía que nuestra afición al alcohol debía de ser una herencia del antepasado común entre nosotros y los chimpancés. En seguida sufrió contundentes refutaciones, según las cuales los chimpancés salvajes no ingieren alcohol.
La investigación se publicó en Science Advances el 17 de septiembre del año pasado y el trabajo consistió en cuantificar el consumo de frutas en fermentación por parte de chimpancés orientales y occidentales. Se estimaba el peso de la fruta consumida per cápita y se determinaba el contenido de etanol de los tipos de frutas consumidos, que eran con preferencia los más fermentados (tal vez el sabor del alcohol actúe como indicador de la idoneidad de una fruta por su grado de fermentación), y en consecuencia la ingesta de etanol diaria en relación al peso corporal. Los resultados me parecen impactantes: la media de este consumo vía frutas equivalía a dos copas de licor per cápita.
Los autores defienden la hipótesis del mono borracho. No en el sentido de que los chimpancés consuman el etanol por sí mismo, sino asociándolo a la palatabilidad de las frutas. Consideran que nuestro ancestro común también buscaría la fruta fermentada y que nosotros habríamos heredado, como los chimpancés, el gusto por el alcohol. Nuestra capacidad cultural habría logrado disociar el alcohol de la fruta, obteniendo vinos, cervezas y más adelante licores.
Recientmente se ha confirmado directamente la ingesta de alcohol analizando la orina de chimpancés salvajes (https://doi.org/10.1098/rsbl.2025.0740).
Se sabe que nuestro metabolismo está en cierta medida adaptado al etanol. Cabe esperar, si la hipótesis es acertada, que también lo esté el de los chimpancés, así como el de otros frugívoros que consumen frutas fermentadas.
No soy muy bebedor de alcohol, me paso semanas sin probarlo y hace más de cuarenta años que no me ajumo, pero considero que ciertas prevenciones, como las que dicen que un solo mililitro ya perjudica, son bastante exageradas.
Marzo de 2026