Curiosidades del Profesor Francho de Fortanete

Profesor Francho de Fortanete

El mito de la leche sin lactosa


Una buena parte de los humanos tenemos una peculiaridad respecto a los demás mamíferos. Mientras los otros mamíferos pierden a partir del momento del destete la capacidad de digerir la lactosa, que es el azúcar de la leche, muchos de nosotros la mantenemos después de los 6-8 años, que es nuestra edad natural de destete. Por eso, con la sola excepción, tal vez, de los gatos domésticos, nuestra especie es la única en que una gran parte de los individuos tomamos leche en la edad adulta.

Sin embargo, alrededor de las tres cuartas partes de los adultos humanos son incapaces de digerir la leche y su ingesta les provoca problemas que van desde ligeras molestias por acumulación de gases a fuertes diarreas. Esto se debe a que no producen lactasa, el enzima que digiere la lactosa, un disacárido, en sus dos monosacáridos componentes y la lactosa no digerida afecta a los intestinos. Se dice que las personas que sufren estos problemas al consumir leche tienen intolerancia a la lactosa y esta se considera como una enfermedad, aunque no lo es, sino que es lo que corresponde a nuestra naturaleza como mamíferos que se alimentan de leche al principio de su desarrollo postnatal, pero de otros alimentos después. Los “raros” somos los muchos que no tenemos esos problemas porque digerimos la lactosa debido a que presentamos la anomalía de producir lactasa después de la edad del destete.

La intolerancia a la lactosa se distribuye desigualmente por el mundo. En el norte de Europa la tienen menos del 15% de las personas. En el resto de Europa, quitando la Península Ibérica, Italia, Grecia y parte de Turquía, donde oscila entre el 30 y el 40%, mitad norte de Asia y Australia, afecta a entre el 15 y el 30%. En Centroamérica, mitad norte de Sudamérica, mitad norte de África, Oriente Próximo, Asia Central y la India afecta a entre el 30 y el 60% de la población . Y en la mitad sur de África (sin tener en cuenta una porción del sur del continente, donde el porcentaje es similar al de algunas regiones de Europa), la mitad sur de Sudamérica, China, y el sudeste de Asia (comprendidas las islas) el porcentaje de intolerantes se sitúa entre el 60 y el 80%. Una cosa a destacar en esta distribución es que la composición poblacional en las regiones con menos intolerancia a la lactosa es tal que la gran mayoría la componen personas de origen europeo más o menos antiguo. Las excepciones se dan en el sur de África, donde una gran parte de la población es de origen africano y en el Próximo Oriente-Asia Central-la India, donde la mayoría no tiene origen europeo. Y las zonas de menor intolerancia coinciden con zonas donde los ganados lanar y vacuno tienen una larga historia que se origina en el Neolítico.

Esto último llevó a conjeturar que la tolerancia a la lactosa se originó con la domesticación de cabras, ovejas y vacas, que haría fácilmente disponible la leche, con su alto valor nutritivo, y evolucionó porque los individuos capaces de digerir la lactosa tendrían a su disposición ese alimento y tendrían ventaja evolutiva respecto a los que conservaran el genotipo salvaje, extendiéndose progresivamente el nuevo genotipo.

La tolerancia a la lactosa o, mejor dicho, la persistencia de la lactasa depende de un polimorfismo genético conocido como -13,910C/T que da lugar a dos alelos, uno de los cuales, -13,910*T, está presente en las poblaciones de origen europeo. Análisis de ADN del Neolítico temprano europeo muestran que este alelo era muy raro o estaba ausente, apareciendo más avanzado ese período. Los investigadores han explicado su extensión como debido a la interacción genes-cultura: antes de la domesticación de los animales productores de leche, la posesión de este alelo no daría ninguna ventaja a sus posesores; pero la disponibilidad de leche sí lo haría, ya que permitiría a esos individuos el aprovechamiento de un recurso que los individuos con el genotipo salvaje no podrían aprovechar. La extensión de esta ganadería extendería al mismo tiempo el alelo -13,910*T.

Hay otras poblaciones de origen distinto de los europeos, como hemos visto, que también presentan la anomalía de la persistencia de la lactasa. No es probable que se deba al mismo gen, por lo menos no es probable que se deba al mismo alelo que en el caso de las poblaciones de origen europeo. Lo más probable es que en cada zona, el subcontinente indio, Oriente Próximo y África, cuando se investigue lo mismo que se ha investigado para los europeos, se descubra un gen o un alelo distinto en cada región.

Actualmente, nos bombardean con publicidad de leche sin lactosa, mediante unos anuncios en que se nos habla de su digestibilidad, de su superioridad sobre la leche corriente, de su menor contenido en azúcares y de su conveniencia para una alimentación sana. A mi modo de ver, se trata de publicidad engañosa.

En primer lugar, solo una parte de la población adulta es incapaz de digerir la lactosa, el resto la digerimos perfectamente sin ningún problema: la lactasa que producimos la digiere fácilmente. En cuanto al contenido en azúcares, la leche sin lactosa contiene lo mismo que la leche corriente, solo que rotas las moléculas del disacárido en dos monosacáridos. Conteniendo lo mismo, resulta igual de sana una leche que la otra.

Es diferente para los que poseen el alelo salvaje. Pero no es necesario que tomen leche como tal. Yogures y quesos fermentados están casi libres de lactosa, porque ha sido convertida en ácido láctico y son igual de nutritivos que la leche. Sólo provocarán molestias a aquellas personas “intolerantes” en un grado muy alto.

Finalmente, es de ignorantes creerse que se es “intolerante” porque una o dos veces hayamos tenido molestias habiendo bebido leche. Las molestias pueden deberse a otras afecciones, incluso a causas que nada tienen que ver con la leche. La “intolerancia” solo la pueden diagnosticar los médicos mediante determinadas pruebas estandarizadas.

Noviembre de 21019