Julio Loras Zaera

fortanete

Profesor Francho de Fortanete A la luz de la ciencia. Biología y asuntos humanos

El capitalismo visto por Karl Polanyi

Hasta la mitad del siglo XX, la antropología estudiaba las sociedades salvajes y, a lo sumo, sociedades del tipo de la Grecia y la Roma antiguas, las de los Egipto y Mesopotamia antiguos o la incaica, en general las sociedades preindustriales. A partir de entonces, sus focos se ampliaron a los campesinados, incluidos los de las sociedades capitalistas, y más tarde a las sociedades capitalistas mismas por parte de algunos antropólogos, como Marshal Sahlins o Marvin Harris. Karl Polanyi fue un precursor y en 1944 publicó La gran transformación, un libro que combina amplios conocimientos de historia económica y social con otros de antropología. Su libro tiene lo que coloquialmente se puede llamar mucha miga, pero solo resumiré y comentaré su contenido más directamente antropológico, ya que el resto, historia económica y social y crítica ideológica, me parece que no cabe en este lugar.

Polanyi era lo que podríamos llamar un antropólogo de gabinete y no hizo trabajo de campo. La antropología combina ambos tipos de trabajo, el de campo y el de gabinete. Generalmente, el mismo investigador se dedica a los dos tipos, dedicándose en el de gabinete a ordenar sus notas de investigación, estudiar diversas teorías referentes al objeto de su trabajo de campo, pergeñando hipótesis y, tal vez, con suerte, formulando teorías. Polanyi hizo esto segundo a partir de su estudio de la mejor literatura antropológica sobre muy diversos tipos de sociedades y culturas. Llegó a formular una idea que muchos antropólogos actuales aceptan sin reservas. Se trata de la afirmación de que en las sociedades humanas se dan tres tipos de intercambio económico: recíproco, redistributivo y comercial, además de la economía de autosubsistencia. No se trata de tres tipos que se dan sucesivamente en la historia, ni que se den según los tipos de sociedad, sino que se dan simultáneamente en cada sociedad, aunque uno de ellos suele predominar sobre los otros dos. Así, en las sociedades de cazadores-recolectores y aldeas hortícolas predomina la reciprocidad: se da y se toma sin cálculo minucioso ni plazos de retorno; en las jefaturas domina la redistribución: los jefes y sus allegados reciben donaciones voluntarias de la gente del común y redistribuyen esos bienes (de forma igualitaria o jerárquica, pero los redistribuyen); en nuestras sociedades dominan los mercados, donde se intercambian bienes y servicios por otros equivalentes en valor1, de forma inmediata o con plazos estrictos. Pero los cazadores-recolectores, en determinadas ocasiones en que se reúnen varias bandas, depositan bienes en manos de algunos individuos de prestigio para que los redistribuyan entre los reunidos; y participan en intercambios comerciales con otros pueblos, intercambiando bienes o servicios que por sí mismos no pueden producir; esto último es lo que se ha deducido de ciertos yacimientos paleolíticos de interior que comerciaban con la costa o lo que hacían, ignoro si lo hacen todavía, los habitantes de las Tierras Altas de Nueva Guinea con los de la costa, cambiando instrumentos cortantes de piedra pulimentada y ciertos productos de sus huertos por sal, conchas o pescado. En las jefaturas también hay reciprocidad entre parientes, amigos y vecinos; y casos como los de los comanches, que comerciaban con los comancheros y con otros pueblos, son frecuentes. Y en nuestras sociedades se da reciprocidad entre parientes, amigos y vecinos, y tenemos múltiples instituciones dedicadas a la redistribución, como los sistemas fiscales, la seguridad social, los seguros o ciertas oenegés.

Polanyi, aunque menciona la producción para el autoconsumo, lo que podríamos llamar economía doméstica, se limita a citarla, supongo que porque considera que lo que es relevante para su estudio es lo que se podría considerar economía política2, la referente a los intercambios fuera de las unidades domésticas.

Para Polanyi, la economía no es independiente de las instituciones, entendidas como estructuras básicas que regulan y dan sentido a la vida social, no solo organizaciones, sino también conjuntos de reglas y normas formales e informales que encauzan la acción de la gente. Así, donde predomina la reciprocidad la generosidad, la modestia y el no esperar agradecimiento (lo del agradecimiento nos resulta chocante, y llega al extremo que los cazadores-recolectores lo consideran ofensivo) rigen, entre otras normas y costumbres, la economía. Donde predomina la redistribución rigen la generosidad y la jactancia de quien redistribuye y el agradecimiento de quien recibe. En el comercio de las sociedades arcaicas rigen la amistad (como en el kula, donde se intercambian objetos estándar entre los socios) o la desconfianza y la agresividad (en los intercambios entre colectividades diferentes). Y estas son solo unas pocas manifestaciones institucionales en que la economía está incrustada. Otras son las que aseguran la subsistencia de los miembros de las comunidades y dan sentido a sus acciones económicas. Por eso este antropólogo dice que la economía está incrustada en las instituciones.

Pero en el capitalismo la situación es distinta. La economía capitalista se independiza de las otras instituciones para dar forma a las relaciones sociales. La economía liberal pretende que la economía se rija exclusivamente por un sistema de mercado autorregulado, independiente de las otras instituciones, lo cual, para Polanyi, es una ficción basada en otra, a saber, la consideración de la tierra, el trabajo (lo que Marx llamaba fuerza de trabajo, lo que me parece más exacto) y el dinero como mercancías. Lo argumenta en la propia definición de mercancía, es decir, lo que se produce para la venta: la tierra no se produce; la gente no cría hijos para vender su fuerza de trabajo, que es inseparable de su ser; el dinero no se produce para venderlo, sino para mediar en los actos de compraventa. Esto fuerza resistencias de la sociedad tratando de imponer las instituciones, lo que lleva a lo que llama el Doble Movimiento: la sociedad se resiste a esa independencia del mercado y recurrentemente ataca o restringe esa independencia, de diversas formas según las épocas y las circunstancias. Formas que van desde la legislación laboral y social al sindicalismo, desde la fiscalidad a los movimientos sociales o desde los movimientos socialistas y comunistas al New Deal y los fascismos. Lo de doble movimiento se refiere a que el mercado supuestamente autorregulado empuja en una dirección y la sociedad en la contraria, venciendo temporalmente uno de los dos movimientos, si no lo he entendido mal, en una dinámica recurrente movida por una contradicción que no es una contradicción dialéctica, sino una oposición total que no da lugar a una supuesta síntesis, en un conflicto permanente, por más que su intensidad sea variable.

Su estudio del capitalismo y de la dinámica a que da lugar, lo que denomina el doble movimiento, de impulso y expansión del mercado, por una parte, y de resistencia de la sociedad, por otra, me resulta muy convincente. Asimismo es por lo menos sugerente su explicación de las guerras mundiales, la URSS, el New Deal y los fascismos en función de esa dinámica.

Una contribución fundamental a la antropología que se debe a Polanyi es su postulación de los tres tipos de intercambio económico. Hasta que él lo postuló, la antropología económica se perdía en multitud de detalles de los intercambios, sin ser capaz de clasificarlos de manera coherente. Junto a esta aportación, hizo otra no menos importante, mostrando que en todas las sociedades se dan simultáneamente los tres tipos aunque siempre predomine uno sobre los otros, en función de condiciones demográficas, tecnológicas, de abundancia de recursos, políticas u otras. También me parece importante su refutación del homo oeconomicus, la supuesta naturaleza de los humanos como preferidores racionales que buscan constantemente el máximo beneficio económico. En los últimos tiempos, lo que ya había demostrado como un constructo ideológico la antropología, ha sido refutado experimentalmente con juegos de dinero en que estadísticamente los participantes se mueven por consideraciones ajenas a la búsqueda de la ganancia.

La gran transformación tiene a mi modo de ver algún pequeño defecto que creo que es común a casi toda la antropología de su tiempo, y es su falta total de interés en los fundamentos materiales de su sociedad de mercado, pese a que hace una detallada narración de los primeros pasos de esa sociedad en Inglaterra. No me refiero con el término materiales al dinero, del que habla mucho, ni a lo que podríamos llamar consideraciones estomacales, sino a lo que algunos antropólogos actuales llaman la infraestructura, concepto referido a la demografía, los recursos y la tecnología en sentido amplio que incluye la organización de los procesos de trabajo, y a sus interacciones. Esto hace que en realidad no explique el nacimiento de la sociedad que estudia y que, lo que es más grave, considere la economía de mercado como algo artificial promovido por el Estado y por intelectuales como Smith, Malthus y Ricardo, los fundadores de la economía política en sentido estricto. Dejando de lado que, para ser algo artificial, el sistema de mercado ya está durando mucho, olvida, por una parte, que el Estado, entre otras cosas, es una parte de la sociedad, como lo son las clases o los ciudadanos, y tiene intereses propios que incluyen la estabilidad económica y la evitación del socavamiento de su poder. El Estado británico tenía interés, contradictorio a veces, en la medida en que al principio propugnó algunas medidas que lo obstaculizaban, en promover los cercamientos (enclosures) para aumentar la productividad agrícola, la protección de la propiedad privada irrestricta para favorecer el comercio, o los diferentes estatutos del trabajo para que la producción aumentara. Es decir, ese Estado no promovió el capitalismo porque sí, de forma arbitraria, sino en su propio interés. En cuanto a los fundadores de la economía política, el primero, Adam Smith, escribió su más celebrada obra casi veinte años después de iniciadas la revolución agrícola y la revolución industrial que habían creado una clase que practicaba ya el liberalismo económico preconizado por él, un grupo social que, por decirlo gráficamente, hablaba en prosa como el M. Jourdain de Molière. De modo que se puede decir que, aunque esbozó muy pronto su doctrina, solo hizo el meritorio esfuerzo de teorizar lo que ya esa clase practicaba y demandaba, lo mismo que el Estado iba promoviendo, a mi entender, en su interés y no directamente en el de esa clase.

Pero me he desviado del asunto de la infraestructura. La estrategia explicativa de Polanyi me parece que peca de idealista, al no tener en cuenta que, previamente al desarrollo del capitalismo, había habido un crecimiento demográfico sostenido (véase el gráfico de abajo) que presionaba, dada la poca productividad tanto de la agricultura campesina como de los terratenientes, para conseguir que esta aumentara significativamente.

Como se puede ver en este gráfico, la población europea siguió una trayectoria creciente desde el año 1000, aumentando significativamente la pendiente a partir de 1650. La Gran Peste interrumpió esa trayectoria ascendente con una gran caída, no recuperándose la población hasta 1600. Sin embargo, en conjunto la curva es ascendente, acelerándose hacia 1650. Es de notar que en el período de 1846 a 1872, la población japonesa pasó de 27 millones a 33, aumento notable cuyo inicio precedió al surgimiento del capitalismo japonés. Esto hace descartar, frente a lo que han argüido algunos, el descenso demográfico europeo como una de las causas del surgimiento del capitalismo. Más bien fue al contrario: ese surgimiento estuvo precedido por crecimientos demográficos sustanciales en las dos únicas zonas del mundo en que el capitalismo tuvo un nacimiento que podríamos calificar de autóctono.

En cuanto a los recursos, se empezaba a utilizar el carbón mineral y avanzaban mucho la minería del hierro y la siderurgia, lo cual conllevó mejoras, primero en la agricultura y luego en la industria. En la agricultura, arados y carros mejorados, rotación cuatrienal de cultivos sin barbecho, introducción masiva del maíz y de la patata, así como la selección sistemática de semillas y ganado3, entre otras mejora técnicas, pedían a gritos la expulsión de los campesinos de las tierras comunales, los cercamientos y la conversión de la tierra en una mercancía para poderse aplicar.

Todos estos aspectos de la infraestructura están relacionados: el aumento demográfico pedía aumentar la productividad agrícola y empujaba la transformación técnica y a encontrar nuevos recursos. La transformación técnica, mejorando la productividad, impulsó un crecimiento demográfico sin precedentes y ambas cosas impulsaron la búsqueda de nuevos recursos. ¿Podía salvarse esa situación sin promover el capitalismo? Polanyi no contestó a esa pregunta. Creo que ello se debió a su consideración de los intentos de imponer las instituciones a la economía como naturales y la independización de la economía como artificial y utópica. Lo cual me parece que no cuadraba con su dominio de la antropología.

Enero de 2026

1 La equivalencia, fuera de nuestras sociedades, suele ser subjetiva y referente, más que a lo que nosotros entendemos por valor, al valor de uso, a la necesidad que se tenga de los bienes que se cambian. Por ejemplo, los comanches comerciaban de la siguiente manera: llevaban a quienes querían comerciar con ellos a sus campamentos, donde los forasteros apilaban los bienes que llevaban hasta que los jefes consideraban que era suficiente; los comanches presentaban sus caballos o sus pieles de bisonte en la cantidad que consideraban justa y los forasteros tenían que conformarse con eso.

2 Aquí considero economía política lo que entienden por ello muchos antropólogos, no lo que se suele entender por parte de Polanyi y que fue el campo de estudio que cultivaron Adam Smith, David Ricardo, Malthus o Marx: la economía capitalista y su relación con las clases y el Estado. Alude a lo que la gente hace para subvenir sus necesidades materiales más allá de la economía doméstica.

3 En el caso del Japón, las mejoras técnicas que imppulsaron la revolución agrícola y la industrial fueron fundamentalmente las referentes a la irrigación de los campos y la selección sistemática de semillas de diversos tipos de cultivo, no solo del arroz.

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