Julio Loras Zaera

fortanete

Profesor Francho de Fortanete A la luz de la ciencia. Biología y asuntos humanos

El cáncer y la paradoja de Peto

Si nos paramos a pensar en que el cáncer se produce por acumulación de mutaciones en algunas células, que esas mutaciones tienen lugar al azar, aunque se pueda encontrar en principio la causa inmediata de cada una de ellas, y que se caracteriza por la división incontrolada de las células mutadas, llegaremos fácilmente a la conclusión de que el cáncer se cebará en mayor medida en los organismos mayores y más longevos, ya que experimentan muchas más divisiones celulares y dan más tiempo para que se produzcan mutaciones. De hecho, se ha comprobado en nuestra especie que ser 10 cm más alto comporta un riesgo de padecer cáncer un 10 % mayor.

Sin embargo, lo que puede ser cierto cuando no salimos del marco de una especie puede no serlo en la comparación interespecífica. Y de hecho no lo es: los animales de gran tamaño y longevidad, como los elefantes y los grandes cetáceos, o de gran longevidad, como los murciélagos y las ratas topo, que, según lo dicho en el primer párrafo deberían ser pasto de ese tipo de enfermedades, son los animales que menos las sufren. Esto, que es conocido hace tiempo, se conoce como la paradoja de Peto, por Richard Peto, el epidemiólogo que la formuló, y se dedican a resolverla muchos investigadores, tanto por el interés teórico de su resolución como por el de su posible aplicación médica (muchas de las investigaciones sobre esta paradoja se publican en revistas médicas, aunque traten aspectos estrictamente biológicos).

En los elefantes se ha encontrado al menos un mecanismo adicional, respecto de los que tenemos otros mamíferos, de defensa contra el cáncer. Tienen múltiples copias del gen TP53, similares pero no idénticas. La proteína que determinan estabiliza la proteína p53 induciendo la muerte de las células mutantes. Los humanos también tenemos ese gen, pero en copia única, con lo que su mutación impide la supresión de tumores. Seguramente, la investigación encontrará en los elefantes otros mecanismos anticancerosos adicionales, las pesquisas no han hecho más que empezar.

En las ballenas cabeza de arco no se encontraron esos genes multiplicados, pero sí varios genes bajo selección positiva en relación con el cáncer, así como cambios específicos en el inicio de la expresión génica. Algunas de esas variaciones tienen que ver con la reparación del ADN dañado, que es un pistoletazo de salida del cáncer.

Los murciélagos representan una gran fracción de los mamíferos y son muy estudiados, resultando sorprendente a los investigadores la poca incidencia de cáncer en los quirópteros. Aunque en general son de poco tamaño, sus vidas son largas (de los 7 a los 40 años), refutan la paradoja de Peto. La función mitocondrial, dada la energía requerida por sus actividades, resulta fundamental, poseyendo mecanismos que contrarrestan el estrés oxidativo. Se han sugerido efectos pleiotrópicos de los genes responsables (la pleiotropía es la determinación de varios caracteres diferentes por un mismo gen) en la resistencia al cáncer. De hecho, en el murciélago de orejas de ratón Myotis myotis diversos microARN (miARN) parecen suprimir tumores en cánceres humanos in vitro. Diversos murciélagos de los más pequeños presentan mutaciones en receptores de la hormona de crecimiento que en humanos y ratones se han asociado con resistencia al cáncer.

Las ratas topo desnudas son atípicas por muchas cosas, pero lo que aquí hace al caso es su longevidad. A diferencia de los demás roedores, que suelen vivir poco tiempo, pueden vivir más de 30 años. Se han estudiado miles de ellas, en el campo, en laboratorios y en zoológicos y solo se han reportado seis tumores, de los cuales dos benignos. Sus células son más sensibles a la inhibición de contacto que las de las demás especies (esta inhibición impide la formación de masas de células en las zonas de contacto, formación característica de los tumores). Esta inhibición solo la pierden por la alteración de dos genes, lo cual constituye una doble barrera. Tiene otros varios mecanismos protectores. Seguramente los otros animales citados hasta aquí también los tengan, solo que la rata topo desnuda se ha estudiado más y casi desde el principio con la vista puesta en la protección contra el cáncer.

En el otro extremo, el de la pequeñez y la vida breve, los ratones. No he podido encontrar información precisa de la susceptibilidad al cáncer del ratón doméstico Mus musculus, aunque en algunos artículos se dice que alrededor de un 90 % de los de laboratorio sufren algún tipo de cáncer, por más de un 70 % en el caso de los salvajes. En comparación, los datos sobre la población humana son que una de cada seis mujeres y uno de cada cinco hombres lo padecen a lo largo de sus vidas. En porcentajes, supone que en nuestra especie, actualmente, entre el 17 y el 20 % de los individuos lo padecen, muy lejos del 70 % de los ratones. Nuevamente, la paradoja de Peto invalidada.

Puede ser de interés tratar de los mecanismos concretos, muchos y muchos de ellos aún desconocidos, por los que tiene lugar esa paradoja. Algunos ya los he mencionado al hablar de los animales grandes y longevos. Pero me parece más interesante una visión evolucionista del asunto, una visión darwinista, basada en la selección natural. Los mecanismos por los que los animales grandes y/o longevos evitan el cáncer, lo hemos visto, son variados y tienen poco que ver entre unas especies y otras. Además, no parecen tener unas marcadas afinidades filogenéticas. Por ejemplo, otros animales del grupo de los elefantes, como los damanes, no parecen presentar esos mecanismos, del mismo modo que las ratas topo son únicas en este aspecto respecto a los roedores. Lo que lleva a pensar que esos mecanismos se han logrado por selección natural convergente entre las diversas especies: estrategas de la K (animales grandes, de vida larga, que tardan en empezar a reproducirse, que lo hacen pocas veces en su vida y que producen camadas reducidas), para evolucionar debían contrarrestar la amenaza del cáncer. Los que la contrarrestaban más tiempo tendrían más oportunidades reproductivas y aumentarían su frecuencia en las poblaciones. Cómo contrarrestar concretamente la amenaza del cáncer dependería del medio de cada especie y de su modo de vida, así como del azar. En cambio, los estrategas de la r (animales pequeños, de vida breve, que empiezan a reproducirse tempranamente, que se reproducen con frecuencia y que producen camadas numerosas) no sufrirían selección en este aspecto, ya que apuestan por la tasa de reproducción máxima, no por la supervivencia máxima.

Nuestro caso, aunque se ajusta grosso modo a lo dicho hasta aquí respecto a los animales grandes y longevos, no lo hace totalmente: aun siendo de gran tamaño y longevidad, si bien sufrimos menos el cáncer que los ratones, lo hacemos bastante más que, por ejemplo, las ratas topo o los murciélagos. Conjeturo, desde el punto de vista darwinista aquí expuesto, que eso se debe a que tenemos un largo período no reproductivo en el último tramo de la vida, las hembras, o de escasa reproducción, los machos. Cuando no hay reproducción, la selección no actúa: la supervivencia sin reproducción no sirve a la evolución. Y, de hecho, la mayor parte de los cánceres humanos se dan en edad avanzada. Sería interesante estudiar qué pasa con las orcas, que también se caracterizan por un largo período final no reproductivo, para verificar la hipótesis.

Esta es para mi la explicación de la paradoja de Peto: si pensamos en términos evolutivos, no hay tal paradoja, sino que lo que encontramos es lo esperable.

Febrero de 2021

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