Profesor Francho de Fortanete

Chauvinismo antidarwinista

Cuando El origen de las especies llegó a Francia tuvo una acogida ambivalente, por decirlo con suavidad. Aunque unos pocos científicos franceses lo saludaron de forma entusiasta, la mayoría le pusieron muchas pegas. No cuestionaban el hecho de la evolución, no en vano Cuvier había señalado la sucesión geológica de faunas diversas y, sobre todo, Lamarck, en su Philosophie zoologique, había apostado claramente por la evolución de los seres vivos, sino el aspecto original y central de la teoría de Darwin: el papel de la selección natural y su corolario, solo adivinado tras la ambigüedad del propio Darwin, de la no inevitabilidad del progreso. La teoría de Lamarck, a diferencia de lo que se le suele suponer, o sea el papel del uso y del desuso y de la herencia de los caracteres adquiridos, postulaba un impulso de progreso que continuamente llevaría del organismo más sencillo al hombre.

Francia tenía una notable tradición de paleontología y biología, con figuras tan notables como los dos científicos citados o Geoffroy Saint Hilaire, muy prestigiosa y bien asentada en la academia. Los científicos del país vecino estaban educados en esa tradición, lo que unido con frecuencia al chauvinismo galo fue un importante acicate en la oposición a la doctrina de Darwin.

Hoy las cosas han cambiado, pero no tanto y tanto. Aún hay biólogos y paleontólogos franceses de renombre que se oponen al darwinismo. Aquí voy a dar dos ejemplos. El primero era Pierre-Paul Grassé (1895-1985), biólogo y paleontólogo muy destacado que, en 1981 publicó un voluminoso libro titulado L’Évolution du vivant,en que hace la guerra al darwinismo. Y no exagero, ya que el libro está lleno de descalificaciones que no parecen muy habituales en las polémicas científicas, empezando por su afirmación de que Darwin no aportó ninguna demostración del papel de la selección natural en la evolución, sino que solo (¡solo!) dio unidad a una multitud de hechos observados por diversas disciplinas que hasta Darwin parecían no tener relación.

L’Évolution du vivant: ir a la guerra sin retaguardia

El libro plantea una serie de argumentos tomados de diversas disciplinas, desde la paleontología hasta la genética y la biología molecular. En paleontología se centra casi exclusivamente en la evolución de los reptiles mamiferoides a los mamíferos, diciendo que el estudio de sus fósiles revela unas tendencias inexplicables por selección natural. Viene a decir que los primeros sinápsidos ya anunciaban la forma mamífero, en una evolución dirigida u orientada. Voy a poner aquí un árbol filogenético de los mamíferos para que se vea por donde va el argumento.

Como puede verse, parece que hay una tendencia de los sinápsidos a evolucionar a mamíferos.

Sin embargo, el árbol de los mamíferos es un árbol con muy pocas ramas, como el de los équidos…


 


 

… o el nuestro. En estos también veremos claras tendencias evolutivas. De hecho, se trata, estos y el de los mamíferos, de los pocos árboles que permiten discernir supuestas tendencias, por ser árboles con muy pocas ramas que permiten seguir la filogenia. Pero en realidad, la mayoría de árboles filogenéticos son muy ramificados y no permiten discernir tendencias claras. Por ejemplo, ¿qué tendencias se pueden discernir en el árbol de las aves? A lo que hay que añadir que los grupos con árboles poco ramificados son, como grupos, especialmente fracasados en cuanto a número de especies o de géneros vivos.


 


 

Lo que quiero decir es que el argumento de las tendencias evolutivas, contra lo que creía Grassé, no se sostiene. Otro argumento paleontológico del científico francés es que, según él, el registro fósil revela que los que llama planes de organización han dejado de surgir, no originándose nuevos tipos, clases ni órdenes, es decir, que la evolución se ha ido frenando hasta casi detenerse. A pesar de no tener conocimientos especiales de paleontología ni de clasificación, no puedo menos que considerarlo como algo que no refuta el darwinismo, puesto que, por el tiempo en que Grassé publicaba su libro, diversos paleontólogos darwinistas estaban tratando de dilucidar si se trataba de un artefacto o si la microevolución (la evolución de nuevas especies) y la macroevolución (la de grupos taxonómicos superiores) se rigen por mecanismos análogos (selección de especies o selección de individuos) o la selección de individuos es el único mecanismo evolutivo. En cuanto a la deceleración de la evolución, es una cuestión no resuelta, habiendo partidarios, tanto entre los darwinistas como entre los no-darwinistas, de su realidad y detractores de la misma. Me refiero a la no aparición de grupos taxonómicos por encima de la especie.

Me llamó mucho la atención el libro de Grassé cuando varias veces afirma que las bacterias, más allá del origen de la célula eucariota, no han evolucionado en absoluto en cuanto a lo que llama plan de organización. Precisamente hace tiempo que se sabe que las bacterias son más diversas que el conjunto de los organismos de los otros reinos. Lo que sucede es que su diversidad se halla en el metabolismo, que no necesita un plan de organización determinado.

Algo a lo que tiene mucho apego Grassé son las hipertelias y los órganos “absurdos”, así como los órganos “inútiles” y los “residuales”, que no favorecen la supervivencia. Sobre las primeras dice que demuestran que existen tendencias evolutivas que una vez iniciadas se mantienen, lleven al éxito o a la extinción a las especies que las presentan. Cuando escribió su libro, ya había un consenso, basado en datos paleontológicos, sobre todo referentes a los dinosaurios, de que esos rasgos no eran ningún lastre evolutivo, sino que favorecían la supervivencia.

Grassé dedicó gran parte de su libro a la refutación de los papeles de la mutación y de la selección en el proceso evolutivo, pero para ello se fabricó un hombre de paja, atribuyendo al darwinismo la mutación al azar como mecanismo de la evolución, lo cual es falso: el darwinismo considera la mutación (la variación, en la forma clásica) como fuente de la materia prima de la evolución, no como mecanismo evolutivo. Incluso nuestro combatiente habla en una nota a pie de página de que el papel de la selección como anti-azar supone multiplicar azar por azar, como si la selección, que no es otra cosa que la acción de las condiciones del medio sobre los individuos que favorece los que más se adaptan a esas condiciones, fuese azarosa. Y las condiciones del medio no son las mismas para las diversas especies, por eso se habla de nichos ecológicos. Y estos dependen de muchos factores, pero no son azarosos.

Nuestro paleontólogo y biólogo pone en duda que el medio de una población se encuentre alguna vez repleto de individuos, de modo que haga inevitable lo que Darwin llamó lucha por la existencia, poniendo algunos ejemplos que parecen corroborar sus dudas. Sin embargo, ya desde Liebig se sabe que en todo medio de una especie habrá uno o unos pocos recursos la escasez de los cuales limite el crecimiento de la población pese a la abundancia de todos los demás, lo que ese químico llamó factores limitantes. Del mismo modo, niega la generalidad de la competencia y dice que las especies simpátricas no compiten habitualmente. Un ejemplo claro que lo refuta es el caso de los pisos de vegetación en las vertientes de las montañas: se originan por la competencia entre las especies que los forman. En cada piso se dan unas especies que no se dan en los otros, aunque su distribución, en ausencia de las de los pisos superior en inferior, empezaría más abajo y llegaría más arriba, dados sus requerimientos. De modo que en cada piso se dan las especies más adaptadas a las características del mismo, con exclusión de las menos adaptadas. Por otra parte, las especies simpátricas estrechamente emparentadas no comparten exactamente el mismo medio: hay diferencias en algunos factores importantes de sus nichos ecológicos. Y esto debería haberlo sabido un zoólogo eminente como Grassé.

Dedica espacio a los órganos residuales e inútiles, como si los organismos no tuvieran una historia, y a la coexistencia de organismos de niveles de organización muy diferentes, como si la selección fuera un agente abstracto independiente de los medios locales y de los nichos ecológicos. Según Grassé, si el darwinismo fuera correcto, no existiría más que una clase de organismos, la más “avanzada”, puesto que los demás habrían sido eliminados por la selección natural. Es decir, consideraba la selección como la acción de un medio universal y no de medios locales, que era la concepción de Darwin.

Su visión de la selección es la de científicos predarwinianos. Algunos de ellos ya habían hablado de selección, pero ni se les había ocurrido que tuviera un papel en la evolución (de hecho, la evolución era una herejía minoritaria antes de Darwin), ni la concibieron más que con un papel de verdugo, de eliminador de los organismos defectuosos, mientras que Darwin descubrió su papel de favorecedor de los más aptos y de su reproducción. Con esta idea predarwiniana se enfrenta Grassé como si fuera la de Darwin. Así, dedica muchas páginas a intentar demostrar que la eliminación de los menos aptos no puede ser un mecanismo evolutivo. Si Darwin hubiera podido leerlo y no hubiese sido tan amable como fue, le habría dicho: “¡Y a mi qué me cuenta!”

Dice más cosas sobre la mutación y la selección, como que la muerte de los seres vivos se produce al azar (nuevamente el verdugo), sin que jueguen ningún papel las características de los individuos, haciendo dudar de que hubiera estudiado algo de estadística. Y otras alegaciones tan desencaminadas como las vistas hasta aquí, por lo que abandono el tratamiento de la selección para pasar a sus argumentos basados en la biología molecular.

Para Grassé, la evolución requiere genes nuevos, lo cual me parece una perogrullada, y cuestiona que estos puedan surgir por mutación. Si entendemos por mutación la sustitución de nucleótidos, se puede condescender con el paleontólogo francés. Pero la mutación puede entenderse en sentido amplio: cambios de nucleótidos, sí, pero también inserciones, delecciones, translocaciones, inversiones, rupturas de cromosomas, repeticiones… El darwinismo no está comprometido con las mutaciones puntuales como fuentes de variación. Además, las mutaciones puntuales pueden afectar a distintos tipos de genes, entre ellos los reguladores que dirigen la ontogénesis o los master control genes. Precisamente, unas pocas mutaciones (menos de tres) distinguen uno de estos últimos, el llamado FOXP2, entre nosotros y los chimpancés y menos de cuatro entre los ratones y nosotros. Esa diferencia se refleja fenotípicamente en la diferencia entre la posesión y la falta del lenguaje, una diferencia nada baladí. Por otra parte, este caso evidencia que un mismo gen puede desempeñar funciones distintas en especies distintas, contra lo que afirma Grassé, con lo que la necesidad de nuevos genes no resulta tan esencial como quiere él.

Encontré un fallo fundamental en la parte relativa a la biología molecular. En concreto, la afirmación de que los genes nuevos requieren enzimas nuevos para su replicación y transcripción. No sé de dónde se sacaría tamaña afirmación, que implica que tengamos nada menos que el 30 % de las proteínas de nuestro cuerpo dedicadas solo a la replicación y transcripción del ADN. En realidad hay solo unos pocos enzimas
“todo terreno” para esas funciones, enzimas que se unen a unas pocas y determinadas secuencias cortas que poseen todos los genes.

Cuando los estados se embarcan en una guerra, se preocupan mucho de tener una retaguardia robusta que aprovisione a sus ejércitos y les dé resistencia. Grassé se embarcó en su guerra contra el darwinismo con una retaguardia que ni siquiera merece ese nombre, concretada en una Conclusión de menos de cinco páginas que se puede resumir aún más diciendo que la clave de la evolución está en factores internos estudiados por la biología molecular (ya hemos visto lo que esto dio de sí) y factores externos (sin concretar ninguno, ni siquiera a modo de ejemplo), cuya interacción llevaría a una evolución orientada. Y esto es todo. Es la esencia del lamarckismo expurgada de su finalismo. Si para Lamarck había un impulso de progreso, para Grassé habría impulsos diversos que en unos casos conducirían al éxito y en otros a la extinción.

Le darwinisme ou la fin d’un mythe: la guerra de guerrillas

Rémy Chauvin (1913-2009), discípulo de Grassé, fue un entomólogo y especialista en conducta animal de prestigio internacional. En 1997 publicó un libro muy agresivo contra el darwinismo, lleno de descalificaciones basadas en la ideología de algunos darwinistas ateos y materialistas, alguno de ellos militante, como
Richard Dawkins, y otros simplemente materialistas sin hacer ostentación de ello, como el Nobel Jacques Monod. Esto es evidente en los primeros capítulos de Le darwinisme ou la fin d’un mythe, capítulos de orden filosófico que solo tangencialmente tienen que ver con la polémica científica. De esos capítulos solo retengo su acusación de tautología a la frase “supervivencia del más apto”. Dice que solo significa “supervivencia del que sobrevive”. Me parece que se basa en las técnicas de la genética de poblaciones. En esta disciplina resulta imposible considerar la aptitud de los individuos y no se puede atender ni siquiera a su supervivencia, sino solo a su contribución a las frecuencias génicas de las siguientes generaciones. En realidad, ni siquiera se hablaría de supervivencia de los que sobreviven, sino solo de reproducción diferencial. Pero la genética de poblaciones sirve para lo que sirve, es decir, para estudiar lo que pasa con las frecuencias génicas a medida que se suceden las generaciones, y no para juzgar sobre la aptitud. Para ello sirven la fisiología, la etología, la ecología y otras disciplinas. En pocas palabras, sí se puede juzgar a priori sobre la aptitud: estudiando las características de los individuos y su mayor o menor encaje con su modo de vida y con los factores relevantes de su medio. De modo que la atribución de tautología es un puro sofisma. Y este es el ataque de mayor enjundia que Chauvin dirigió al darwinismo. El resto son o bien ataques a detalles marginales de la teoría, o bien ataques a un sector del darwinismo que se podría llamar ultradarwinismo y que toma el gen como unidad a la vez de herencia, de selección y de evolución. Por muy llamativa que sea la llamada teoría del gen egoísta y el ruido que hagan sus adeptos, no es todo el darwinismo, ni siquiera su corriente principal. Esta diferencia tres tipos de unidades en el proceso evolutivo: el gen como unidad de herencia, los individuos como unidades de selección (no se seleccionan genes ni grupos de genes, sino individuos) y las poblaciones como unidades de evolución.

Cuando se hace frente a un ejército muy potente que ocupa la mayor parte del territorio, la opción es la guerra de guerrillas. En esta se realizan ataques por sorpresa a posiciones defendidas por fuerzas escasas y mal preparadas. Esto es lo que hace Chauvin en los primeros capítulos. Ataca razonamientos defectuosos de algunos darwinistas, experimentos mal diseñados y conclusiones precipitadas. De estos ataques, que afectan a unos pocos darwinistas, hay que reconocer que la crítica a la consideración de rasgos aislados cuando no se conoce bien el nicho ecológico para destacar un factor concreto es una crítica justa. Pero no afecta a todo el darwinismo, habiendo darwinistas que consideran como seleccionables conjuntos de rasgos. No detallaré nada más.

Pero las guerrillas también realizan acciones propagandísticas que aparentan gran capacidad de combate y que parecen arrojar resultados decisivos. Este es el caso de sus críticas a la sociobiología. Su crítica se basa en la consideración por parte de esta disciplina de la determinación directa de la conducta por genes individuales, en su intento de evaluar esas conductas en términos de costes y beneficios energéticos y en la dificultad de realizar experimentos rigurosos y de la toma de medidas de dichos costes y beneficios. De hecho, muchos darwinistas comparten las críticas del biólogo francés, sin renunciar al darwinismo. Y hace muchos años que no aparecen en las principales revistas científicas artículos de esta disciplina, sin que dejen de aparecer con frecuencia artículos darwinistas.

Como Grassé, aunque con más claridad, Chauvin propone una alternativa al darwinismo en el espíritu de Lamarck, aunque despojada de su idea de progreso: habría en el citoplasma de las células un programa que determinaría las tendencias evolutivas. Este programa actuaría en el desarrollo de los individuos, que concibe a la manera de Haeckel, la recapitulación, ya refutada por von Baer en el siglo XIX.

Para terminar, y en relación con el chauvinismo francés, hago notar que la prestigiosa revista de alta divulgación La Recherche aún publica de cuando en cuando artículos, mesas redondas y entrevistas con biólogos galos que reverencian a Lamarck y odian a Darwin.

Enero de 2022

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