En los institutos en que se tratan estas cuestiones, que no son todos, ni mucho menos, y en la mayoría de los escritos de divulgación científica, se suele explicar que en nuestra evolución hubo una muy clara y persistente tendencia de aumento del tamaño cerebral. Sin embargo, los estudios que afinan temporalmente más han detectado períodos de disminución del tamaño de ese órgano, detección no debida a artefactos de la investigación, sino a tendencias reales. Así, antropólogos encabezados por Jeremy M. DeSilva ( https://doi.org/10.3389/fevo.2021.742639) hallaron que el promedio de nuestro tamaño cerebral se había reducido significativamente (entre un 10 y un 15 %) en los últimos 10.000 años, produciéndose la mayor reducción en los últimos 3.000. Esos antropólogos, descartando una explicación por una reducción del tamaño corporal debida al paso a una dieta agrícola que no avala el estudio de los humanos fuera del Creciente Fértil, proponen la hipótesis de la externalización del conocimiento, usando una analogía con las sociedades de hormigas. Entre las especies de hormigas, las que tienen cerebros más pequeños son las que forman colonias más numerosas y complejas, lo que se explica porque los individuos de esas sociedades no necesitan cerebros todoterreno, que son suplidos por la especialización y por una inteligencia colectiva. La creciente densidad y complejización de las sociedades humanas crearía una especie de inteligencia colectiva que haría innecesario que cada individuo fuese capaz de toda clase de tareas cognitivas.
El paleoantropólogo Ian Tattersall, en un artículo de opinión publicado en F1000Research en 2023, cuestionaba que el crecimiento de nuestro cerebro fuese una tendencia lineal y afirmaba que se pueden encontrar en la evolución de los homininos muchos períodos de estasis y que en el caso de nuestra especie se daba una reducción de más de un 12 % entre el Pleistoceno y la actualidad. El Pleistoceno es un período muy largo que va desde hace 2,6 millones de años hasta hace 11.700 años. Tattersall, en otras publicaciones, sitúa el inicio de la reducción en hace 100.000 años. La explicación de este paleoantropólogo sería el salto al pensamiento simbólico con la aparición del lenguaje, lo que haría más eficiente cognitivamente nuestro cerebro sin mayor gasto de energía (nuestro cerebro, con el 2 % del peso corporal, consume, en reposo, el 20 % de la energía metabólica).
No voy a comentar con detalle esos dos artículos, aunque sí haré algún comentario al final de este, a la luz del que quiero comentar y evaluando sus conclusiones. Me parece más interesante comentar uno de Jeff Morgan Stibel (https://doi.org/10.1159/000528710), porque relaciona la evolución del tamaño cerebral en nuestra especie con un factor ambiental general, a saber, los cambios climáticos. Introduce el tema refiriendo los aumentos de tamaño en nuestra familia. En cinco millones de años, el cerebro hominino multiplicó su tamaño por cuatro. Los primeros Homo se beneficiaron de grandes aumentos en términos absolutos y relativos (encefalización). H. erectus, H. heidelbergensis y H. neanderthalensis nacieron de eventos de especiación marcados por el aumento de tamaño y la encefalización. Y el evento de especiación de H. sapiens, hace unos 300.000 años, conllevó un nivel de aumento de tamaño cerebral y de encefalización considerables.
Se han propuesto un gran número de factores que habrían impulsado esa tendencia, sin que sea necesario pronunciarse por solo uno de ellos, ya que podrían actuar conjuntamente, no son contradictorios ni excluyentes. Esos factores van desde los de tipo climático, pasando por la competencia y la cooperación, la sociabilidad o el uso de herramientas, hasta el lenguaje.
Stibel investiga el papel del clima, más concretamente los cambios climáticos, para explicar algo a lo que no se había prestado demasiada atención: el aumento del tamaño cerebral no es una tendencia lineal, dándose alternativamente épocas de aumento y épocas de estasis e incluso de disminución.
Después de valorar en general los diversos estudios sobre la influencia del clima en las tendencias del tamaño cerebral y de considerarlos inconcluyentes por diversas razones, como la incertidumbre geocronológica en cuanto a los fósiles más antiguos, o la no consideración, al hablar de la encefalización, de la relación entre el tamaño cerebral y el corporal, o el no tener en cuenta el desfase entre la acción ambiental y la adaptación, pasa a exponer su estudio, que se basó en una muestra de 298 cráneos que permitía eludir los factores confusivos de estudios anteriores, controlando latitud y sexo, que son factores que influyen en el tamaño corporal y, por lo tanto, en el grado de encefalización. Los cráneos correspondían a los últimos 50.000 años, para evitar los errores geocronológicos y porque ese fue un período de relativa estasis de la isometría cerebro-cuerpo.
No se midieron directamente los cráneos, sino que se derivaron las mediciones de otros estudios fiables, ya sea tomándolas de ellos, ya agregando las medidas obtenidas por varios estudios de los mismos especímenes. Para las dataciones, se tomaron las de aquellos ejemplares de los que se habían obtenido por datación de C14 o se agregaron las obtenidas para el mismo ejemplar en diversos estudios. En todos los casos se estudiaron solo cráneos completos. También se tuvo en cuenta la localización geográfica.
Estos datos se compararon con registros paleoclimáticos diversos, tanto globales como regionales, con intervalos de 5.000, 10.000 y 15.000 años, además de períodos de 100 años (estos períodos más cortos no son del todo útiles para el estudio, puesto que la datación por C14 no es fiable para ellos). Esos registros contienen datos tanto de temperatura como de humedad y precipitaciones.
Las comparaciones mostraron una clara correlación entre los climas sucesivos y el tamaño cerebral, incluso si se tiene en cuenta la influencia climática sobre el tamaño corporal. Se observó que los períodos más fríos correlacionaban con aumentos de tamaño cerebral o más bien con mantenimiento de este, mientras que los períodos más cálidos correlacionaban con cerebros menores. No precisamente en los momentos más fríos o más cálidos, sino unos milenios después. La aclimatación se produce en una generación y la acción de la selección natural necesita varias generaciones que, en el caso de las tendencias encontradas por los paleontólogos, son muchas. En este caso, no parece que se tratara de aclimatación. Ni tampoco, por la relativa brevedad de los períodos y por su alternancia, de tendencias del tipo que encuentra la paleontología, especialmente porque los cambios se producen solo en una especie.
No resumiré cómo en el estudio se controlaron factores como la latitud, que influye en el tamaño corporal, el sexo, que también influye, u otros. Excluidos esos factores, quedó lo dicho en el párrafo anterior. Con una matización importante: los cambios en el cerebro no se produjeron al llegar a las temperaturas extremas, sino como respuesta a los cambios climáticos.
También apareció correlación con la humedad y las precipitaciones, pero fue menor.
A la hora de la explicación, se sugiere que podría representar una respuesta al estrés ambiental consistente en la disminución del tejido cerebral que, teniendo en cuenta cómo cambia la relación entre volumen y superficie, permitiría obtener un ahorro energético, al aumentar la disipación de calor.
DeSilva explica la reducción que encontró mediante una analogía muy interesante con las sociedades de hormigas. En estas sociedades, las especies que forman colonias mayores y más complejas están formadas por individuos de cerebros más pequeños que las que forman colonias más sencillas, lo que se explica por una especie de inteligencia social: no haría falta, en las colonias grandes y complejas, que cada individuo fuese capaz de hacer todo tipo de tareas. En los últimos 5.000 años han aparecido las civilizaciones y la población se multiplicó por mucho: ya no hay ningún humano que tenga todas las habilidades y conocimientos necesarios para que todo funcione. Se me ocurre un pero: las muestras que ha estudiado ¿son representativas de toda la humanidad? Si fuera así, ¿la reducción se ha producido en todas las etnias? ¿También, por poner solo tres ejemplos, entre los tsembaga maring de Papúa Nueva Guinea, entre los ¡kung san de Namibia, o entre los yanomami de la Amazonia? Porque si fuera así, la complejización y la demografía no explicarían la reducción cerebral.
La explicación de Tattersall es muy imaginativa, en el sentido de que me parece pura imaginación. Para empezar, ¿de dónde saca que precisamente hace 100.000 años adquirimos el pensamiento simbólico? ¿De dónde saca que lenguaje y pensamiento simbólico son lo mismo? ¿Qué estudios prueban que el pensamiento simbólico es más eficiente energéticamente? ¿No estará confundiendo el gasto energético del cerebro en reposo, que es enorme, con la poquísima energía que se gasta en el proceso de pensar? ¿Qué pruebas hay de que el pensamiento simbólico sea más eficiente energéticamente? ¿A santo de qué nuestra especie pudo pasar más de 200.000 años antes de conseguir nuestro pensamiento específico según este paleoantropólogo? Sus colegas de profesión, los paleoantropólogos que investigan en Atapuerca econtraron una prueba, estudiando el oído de los neandertales, de que nuestros primos evolutivos es muy probable que tuvieran un lenguaje simbólico como el nuestro y, sin embargo, a nadie se le ha ocurrido decir que su cerebro se redujo, entre otras cosas, porque nadie lo ha constatado hasta la fecha.
Todo lo anterior me ha traído a la mente un problema no resuelto de la biología evolutiva y de la paleontología: la relación entre microevolución, es decir, los cambios que la selección natural promueve dentro de una especie, y macroevolución, o sea, los cambios que se dan cuando unas especies se transforman en otras. Hay una polémica de larga data entre los evolucionistas por esta cuestión, entre quienes consideran que la macroevolución es simplemente la microevolución a lo largo de períodos geológicos y quienes creen que obedecen a distintos tipos de selección. Entre los segundos se encontraba el paleontólogo Stphen J Gould y entre los primeros figura el etólogo, ecólogo y biólogo evolutivo Juan Moreno, presidente de la Sociedad Española de Etología.
Me suscitó el tema el hecho de que, sin plantear la cuestión abiertamente, en los tres trabajos que he comentado aparezcan referencias a dos realidades distintas, a saber, los cambios a corto plazo (geológicamente hablando) en el tamaño de nuestro cerebro, cambios que en algunos casos se revierten en los períodos siguientes, y las tendencias innegables, para la mayoría de los paleoantropólogos, al aumento de tamaño del cerebro, tendencias que aparecen fundamentalmente en los períodos de especiación, también en taxones homininos distintos del nuestro. Esto, si se reflexiona, induce a pensar que la macroevolución y la microevolución, de alguna manera, son procesos distintos.
No he accedido a trabajos técnicos sobre la cuestión de los dos autores citados, pero sí he podido leer sendos ensayos divulgativos suyos. No dispongo para consultarlo del de Gould, pero lo recuerdo bastante bien. Su excusa para interesar al lector es una investigación de otros autores sobre la acción de la selección natural sobre los anolis de las islas caribeñas. Gould no atiende a lo que en ese trabajo se dice sobre evolución convergente, sino a dos asuntos que le parecen muy importantes: la rapidez con que ocurren los cambios (en algunos casos en menos de cuatro generaciones) y a su direccionalidad cambiante en función del cambio ambiental. Comenta que los cambios, si se extrapolasen en el tiempo, y si fuesen unidireccionales, serían demasiado rápidos en comparación con lo que encuentran sus colegas paleontólogos. Luego la macroevolución no es la microevolución a gran escala temporal. Aunque no propone ninguna forma de acoplamiento entre una y otra, ni ninguna forma de acción macroevolutiva distinta de la microevolutiva. Tal vez esté pensando en una diferencia entre los factores ambientales de direcciones cambiantes a los que se ve sometida una especie a lo largo de su existencia y a los ambientes que actúan en una misma dirección durante largos períodos. Pero nunca lo aclaró y a veces insinuaba diferencias en el tipo de selección.
Juan Moreno tiene un capítulo dedicado a esta polémica en un libro, Los retos actuales del darwinismo ¿Una teoría en crisis?, publicado en 2010. En él da una serie de argumentos y de opiniones de eminentes biólogos que parecen convincentes en favor de la consideración de la macroevolución como microevolución a gran escala. Sin embargo, y sin que yo, como indocumentado, me atreva a tomar partido en la polémica, los argumentos más convincentes pueden revelarse erróneos delante de hechos comprobados. Y no recuerdo que presente ningún dato empírico, no teórico, irrefutable en favor de su posición.
Hechos como los conocidos por el estudio de los anolis, con sus cambios rápidos y en direcciones distintas, incluso opuestas, o como la aparente incongruencia entre la tendencia al aumento cerebral en períodos geológicos frente a oscilaciones importantes en respuesta a cambios ambientales sufridos por nuestra especie, si no cuestionan el acoplamiento entre micro y macroevolución, por lo menos permiten suspender el juicio.
Abril de 2026