Profesor Francho de Fortanete

Bebés altruistas

Está muy extendida, ya sea de forma explícita o implícita, una concepción cínica respecto del altruismo. Esa concepción considera que somos básicamene egoistas, aunque tengamos algunos comportamientos aparentemente altruistas. Incluso con estos comportamientos buscamos algún beneficio para nosotros mismos, según esta concepción. Se dice que los bebés son espontáneamente egoístas, que si tienen alguna conducta altruista, ello se debe a la educación, es un añadido superestructural a su naturaleza egoísta.

El pasado 4 de febrero, Scientific Reports publicaba un artículo de Rodolfo Cortes Barragán, Rechele Brooks y Andrew N. Meltzoff que expone una investigación sobre conducta altruista en bebés de 19 meses.

Explican los autores que se trataba de constatar experimentalmente si bebés de esa edad, en ausencia de solicitud verbal, repetida y rápidamente regalan alimentos deseables para ellos a alguien desconocido. Realizaron dos experimentos. En el primero, el experimentador, que estaba separado del sujeto por una mesa ancha en la que había una bandeja a la que el experimentador no llegaba, cogía unos trozos de plátano, uva, arándano o fresa (sabiendo por los padres que estos alimentos complacían mucho al bebé) y los dejaba caer en la bandeja. En el grupo de control, el experimentador adoptaba una actitud neutra, sin hacer ningún gesto que indicase que deseaba la fruta. En el grupo experimental, alargaba el brazo hacia la bandeja sin llegar a ella. En el grupo experimental, el 58,33 % de los bebés dieron la fruta al experimentador en un lapso de tiempo breve y bastante uniforme. En el grupo de control, con el cual se quería descartar la “entrega al propietario” (todos los bebés presenciaban cómo el experimentador había cogido la fruta), solo el 4,117 % dieron la fruta al experimentador. Esto parece indicar que eran sensibles a la supuesta necesidad del experimentador.

En el segundo experimento se manipuló el “estado” de los bebés. En este caso, las sesiones se realizaban mucho después de la última comida del bebé y muy cerca de la hora de la siguiente, con lo que se conseguía, supuestamente, que el bebé estuviese hambriento. Lo cual concuerda con una definición biológica de altruismo: conducta que favorece a otros con un coste para el individuo que la realiza. El coste era no comerse la fruta, a pesar de tener hambre. En este experimento, los bebés mostraron más “comportamiento alimentario” (es decir, se comieron la fruta) que en el primer experimento, concretamente 23,96 frente a 9,38 %. Sin embargo, el 29,17 % dieron la fruta al experimentador, frente al 0 % de los controles.

Al llegar a la discusión, los autores analizan estadísticamente la varianza de los resultados haciendo intervenir además influencias étnico-culturales, que no es descartable que actúen muy tempranamente, y la existencia de hermanos y hermanas, que puede educar en la solidaridad, obteniendo que solo el 10 % de la varianza se debe a esas influencias, aunque no dejan de advertir que la muestra era pequeña para sacar conclusiones sólidas en ese sentido.

A mi modo de ver, no sería extraño, después de analizar muestras mayores, que la aportación de las influencias culturales y familiares a la varianza de esta conducta altruista infantil, siguiese siendo pequeña, porque me parece que es evidente que nuestra especie, desde la más tierna edad, tiene comportamientos realmente altruistas, no tanto por lo que los antropólogos llaman endoculturación, es decir por las influencias sociales y familiares, como por causas puramente biológicas. Causas que también han actuado en otras especies, como los chimpancés.

Los autores dicen que esos comportamientos no se dan entre los bonobos y los chimpancés, que estos animales no comparten ni ceden alimentos ricos energéticamente, como las frutas. Y es cierto, pero al menos los chimpancés sí que comparten y ceden la carne. Cuando cazan un mono o una cría de gacela, su carne es compartida por todos los individuos, incluso por los que no han participado en la caza, incluidas las hembras, que no cazan. Energéticamente, la caza no es más valiosa que la fruta, incluso lo es menos, pero nutritivamente lo es mucho más. Deberían haberse fijado en esto y no en las frutas, que raramente son escasas y a las que todos los individuos tienen fácil acceso. Que comparten los alimentos más valiosos, se observó, por parte de Frans de Waal, en el zoo de Arnhem, donde había una colonia de estos animales en semilibertad. A los chimpancés les gustaban mucho las hojas de los árboles que había en su espacio, por lo que, para que no dejaran los árboles pelados, se rodearon los troncos con telas de alambre electrificadas. Pues bien, uno de los chimpancés encontró el modo de soslayar las alambradas apoyando un tronco en el de los árboles y, después de trepar por él, arrancaba hojas y las lanzaba a sus compañeros, que las comían con avidez. Quiero decir que, si realmente se desea investigar el altruismo alimentario de otras especies, hay que conocer cuáles son los alimentos más deseados por ellas y no basarse en los “del montón” o en los de alto valor energético, sino en los más escasos y de alto valor “gastronómico”.

Por otra parte, a mi no me extrañan esos comportamientos y creo que no son un problema para la teoría evolucionista. Simplemente, los evolucionistas que no lo entienden descartan sin examen las teorías de selección a varios niveles, cuya validez, al menos en principio, han demostrado Sober y Wilson en un libro sobre el altruismo, tanto biológico como psicológico. Según estos dos autores, cuando las diferencias entre los grupos son mayores que dentro de ellos, puede dominar la selección a nivel de grupos sobre la selección individual, favoreciendo rasgos que benefician al grupo más que a los individuos. Sea o no acertada esta teoría, por lo menos explica sencillamentte rasgos que por selección individual requieren explicaciones complicadas.

Mayo de 2020

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