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La biodiversidad, cuyo deterioro tanto preocupa actualmente, está hecha de decenas de millones de especies y la especie es una piedra angular de la biología. Pero ¿qué es una especie?

Cuando vamos por un parque podemos distinguir rosales, dientes de león, pensamientos, plátanos, pinos, palmeras, gorriones, pinzones, mirlos, perros, algún gato, arañas, mariquitas, pulgones, etc. Cualquiera medianamente dado a la observación distinguirá esas y otras muchas especies, aunque de algunas no sepa el nombre. Todos los pueblos, como puso de relieve Ernst Mayr, en 1928, en Nueva Guinea, y como han observado diversos antropólogos en distintos lugares después de él, distinguen las mismas especies que los taxonomistas, los científicos que se dedican a clasificar las formas vivientes. Los criterios seguidos son el aspecto, el comportamiento y el biotopo. Pero no siempre es tan sencillo.

Hay un caracol europeo muy estudiado, Cepaea nemoralis, que puede tener la concha parda, rosada o amarilla, frecuentemente decorada con cinco rayas negras. En campos de hierba, se suelen encontrar caracoles amarillos con rayas, mientras que en los bosques umbríos se encuentran caracoles pardos o rosados. Parece que los amarillos con rayas están bien camuflados para los depredadores en los herbazales, mientras que sucede lo mismo con los rosados o pardos en los bosques. Las tres formas pertenecen a la misma especie, pese a tener aspecto y hábitat distintos. Hay muchísimos casos así. Otro ejemplo que complica las cosas, el ciervo volante. Hay individuos cuyas mandíbulas semejan las anteleras de los ciervos, e individuos de aspecto anodino. Los primeros son machos, los segundos, hembras. Un taxonomista marciano no clasificaría en la misma especie a los caracoles amarillos, pardos y rosados, ni a los ciervos volantes machos y hembras.

En 1849, A. Mousson definió la especie como el total de individuos interconectados por ascendencia y reproducción, que mantienen capacidades reproductivas ilimitadas. El gran ornitólogo y coautor de la Síntesis Moderna que reconcilió darwinismo y mendelismo definió las especies como "grupos de poblaciones naturales con intercruzamiento real o potencial que están reproductivamente aislados de otros grupos similares", compartiendo un acervo genético. Éste es el llamado concepto biológico de especie. pero las cosas no son tan sencillas en la naturaleza.

Los acervos genéticos no siempre son estancos. Alrededor del 12 % de las especies de mariposas europeas y sobre el 25 % de las aves canoras de América dan híbridos. En bastantes casos, como el mulo, híbrido de caballo y asno, son estériles, pero no siempre.

Bombina bombina y Bombina variegata son dos sapos europeos. El primero habita en el Este y el segundo, en el Oeste. A lo largo de una frnaja de unos 5000 km de largo, de Alemania Oriental al Mar Negro, y de menos de 10 km de ancho, N. Szymura halló que había híbridos que a su vez se apareaban entre sí y con miembros de ambas especies parentales. Esa franja es una especie de tierra de nadie llena de todo tipo de formas intermedias mezcla de las especies que hay a ambos lados. Estas áreas entre las áreas de distribución de dos especies próximas no son raras, siendo más o menos anchas según la movilidad de los individuos. Los taxonomistas consideran en estos casos que están ante subespecies de la misma especie. Así, ambos sapos se denominan ahora Bombina bombina bombina y Bombina bombina variegata. El criterio para separar las subespecies es el que hemos visto al principio: aspecto, comportamiento y biotopo.

Pero la zona de hibridación de estos sapos no se amplía y a pesar de la hibridación B. B. bombina y B. B. variegata mantienen su identidad. ¿Por qué? Szymura tiene evidencia de que los sapos cuya dotación genética es una mezcla son menos vigorosos que los "puros". a menudo mueren como embriones y aunque algunos llegan a la edad adulta, frecuentemente sufren deformidades. Es decir, que la selección natural actúa en su contra.

¿Y las especies que viven en regiones diferentes, alejadas, y nunca se encuentran? Serían necesarios cientos de experimentos para decidir, cosa que resulta imposible de realizar, aunque resulta evidente que están reproductivamente aisladas. ¿Lo están genéticamente?

En los años 80 del siglo pasado, los trabajadores de los servicios contra plagas advirtieron que el mosquito Culex pipiens estaba adquiriendo resistencia a los organofosforados. M. Raymond encontró el gen responsable de esa resistencia y reveló la estructura de su ADN, descubriendo que todas las poblaciones del mosquito, ya fueran de uno o de otro lugar del mundo, tenían esa forma del gen en su acervo. Era imposible que mutaciones independientes hubiesen llevado a la extensión de ese alelo (forma de un gen). Éste habría aparecido por mutación en una población y, favorecido por la selección natural (dada la utilización de organofosforados por todas partes), se habría extendido en una onda a todas las demás. Las poblaciones de Francia e Italia, por poner dos, pertenecen a distintos tipos de cruzamiento (es decir, cumplirían el criterio del concepto biológico de especie como especies separadas). Pero eso no frenó el avance de la onda. Todo lo que se necesitaba para saltar la barrera era una fertilización cruzada entre millones que tuviera éxito. Es decir, que el aislamiento genético entre especies, la separación entre sus acervos genéticos, no es absoluto.

El aislamiento no sólo se puede romper por cruzamientos. Hay en la dotación genética de los individuos fragmentos de ADN que pueden escapar de un cromosoma y constituir virus. Se llaman retrovirus endógenos. Todos los monos del Viejo Mundo tienen un bloque de ADN llamado virogen tipo-C. Esta secuencia no se encuentra en otros animales, excepto en los cromosomas de unas pocas especies de gato, el doméstico incluido. Se supone que hace unos 5-10 millones de años, en el ancestro de los babuinos, el gen debió de haberse convertido en un virus e infectar a un gato ancestral, del que no descienden las especies de gato distintas de las que lo poseen.

Y aún queda otra complicación. Aunque Linneo clasificó todos los dientes de león en una especie, Leontodon tarxacum, en 1838, un naturalista suizo distingía 30 especies. En 1908 ya se distinguían 57. Y en el siglo XX, estudiando pequeñas diferencias en hojas, flores y semillas, ya se distinguían 2000. Algunas especies primitivas de este grupo se comportan como cualquier otra planta sexual. Pero la mayoría han abolido la fecundación, reproduciéndose partenogenéticamente, a partir de óvulos no fecundados. Tienen tres conjuntos de cromosomas en vez de dos, con lo que la disyunción correcta resulta imposible. Estas plantas producen flores con óvulos y polen, pero éste es estéril y los óvulos no consiguen separar sus cromosomas. Las células óvulo se desarrollan en semillas sin intervención del polen, son clones. P.van Dijk estudió las huellas genéticas de 500 plantas de un mismo campo y encontró 60 patrones diferentes. Así, al parecer, los clones se han desarrollado de sus ancestros sexuales varias veces independientemente. Una planta partenogenética y toda su prole son una combinación de genes congelada, en vez de un acervo genético que se mezcla continuamente.

¿Aciertan los botánicos al distinguir tantas especies de diente de león? En un sentido, sí, porque cada estirpe partenogenética representa un único conjunto de genes, probablemente muy exitoso. Si vemos las especies como conjuntos estables de genes, cada partenógeno es una especie. Pero, por otra parte, cada estirpe no es más que un individuo multiplicado salido de la especie sexual. Y esto no sucede sólo con los dientes de león, sino también con muchas otras plantas, como zarzas, rosales o vellosillas, por ejemplo. Esto viene a mostrar que las especies como las conocemos en las plantas y animales "normales" existen tan claramente sólo porque el sexo mezcla sus acervos genéticos. Tan pronto como el sexo es abolido, los homogeneizados conjuntos de genes se rompen en miríadas de combinaciones "congeladas".

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete

 
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