Julio Loras Zaera

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Profesor Francho de Fortanete A la luz de la ciencia. Biología y asuntos humanos

En 1957, Carleton Gajdusek emprendió una visita que preveía breve a Nueva Guinea, guiado por su interés en los problemas médicos de las sociedades nativas. Un médico local le habló de una rara enfermedad que diezmaba a los habitantes de unas remotas montañas de la isla. Los nativos la llamaban kuru ("temblores" o "sacudidas") porque al principio de la enfermedad las víctimas presentaban temblores involuntarios. En los meses siguientes, estas víctimas, mujeres y niños en su mayoría, evolucionaban pasando por etapas de debilidad creciente, demencia, parálisis y muerte. Gajdusek decidió quedarse para estudiarla.

Estudiando los síntomas, concluyó que podía tratarse de una encefalitis viral epidémica que debía de propagarse por la costumbre ritual de comer ciertas partes de los parientes muertos. Dado que los cadáveres eran preparados en las aldeas por las mujeres, éstas tenían más oportunidad de practicar esa forma de canibalismo, con el consiguiente mayor peligro de contraer la enfermedad. Gajdusek hizo autopsias a pacientes muertos, enviando muestras de tejidos y de líquidos a los laboratorios de Australia. Los cortes de cerebro mostraron que las víctimas de kuru morían por un extenso proceso degenerativo en ese órgano.

Pero pronto se empezaron a acumular pruebas de que la enfermedad no era viral: ninguno de los síntomas que normalmente las acompañan (fiebre, inflamación encefálica, cambios en la composición del líquido cefalorraquídeo) aparecía en las víctimas y los mejores laboratorios australianos no fueron capaces de aislar ningún agente infeccioso. Entonces empezó a pensar si no sería debida a alguna sustancia tóxica, pero tampoco se encontró ninguna en las muestras de sangre.

Una explicación alternativa que se le ocurrió fue la de que se tratara de una enfermedad hereditaria, pero los genetistas se la quitaron de la cabeza: la explicación no encajaba con una mortalidad tan elevada, de origen aparentemente reciente, con una frecuencia tan alta entre la población; con el hecho de que afectara a individuos de edad tan diversa como niños pequeños y adultos de mucha edad; con el hecho de que afectara con aproximadamente la misma proporción a individios jóvenes de ambos sexos, pero 13 veces más a las mujeres adultas que a los hombres; con el hecho de que atacara a una persona nacida en otra región de la isla que se había mudado a una población de las montañas.

Por aquel tiempo, el vetrinario William Hadlow trabajaba sobre el scrapie, una encelopatía espongiforme que afectaba a ovejas y cabras. En 1959, Hadlow vio muestras de neuropatología preparadas por Gajdusek con el cerebro de una persona muerta de kuru, llamándole la atención el notable parecido entre las anomalías de un cerebro afectado de kuru y el de ovejas con scrapie. Se sabía que el scrapie tenía un agente infeccioso, puesto que se había obtenido la transmisión de una oveja a otra por inyección de un extracto de cerebro. El agente en cuestión atravesaba filtros que retardaban el paso de bacterias, por lo que debía de ser un virus. Como los síntomas del scrapie aparecían al cabo de meses de la inyección, se hablaba de un "virus lento". El veterinario concluyó que el kuru y el scrapie eran causadas por el mismo tipo de agente.

Gajdusek, después, demostró que el kuru era transmisible a primates de laboratorio, con un período de incubación entre la inyección y la aparición de los síntomas de casi dos años. Antes, Igor Klatzo, un neuropatólogo, había dicho a Gajdusek que una rara enfermedad hereditaria, la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, producía anomalías en el cerebro que recordaban las del kuru. Gajdusek y colaboradores probaron con extractos de cerebro de pacientes muertos por esa enfermedad que se podía transmitir a primates de laboratorio. Había, además, varios casos comprobados de transmisión entre humanos como consecuencia de procesos quirúrgicos, como trasplantes de córnea, o por extractos de hormona de crecimiento obtenida de la hipófisis de cadáveres.

Esto planteaba una cuestión difícil: ¿cómo se compagina una enfermedad hereditaria con un proceso infeccioso? La respuesta parece que vino de Stanley Prusiner y sus colegas de la Universidad de California en San Francisco, tras un largo proceso que ha durado los últimos veinte años. Estudiaron las propiedades del agente causal del scrapie, llegando a dos conclusiones:

  • El agente en cuestión es mucho más pequeño que cualquier virus conocido.

  • Carece de ácido nucleico, estando constituido sólo por proteína, como lo revelaron las pruebas con enzimas, sustancias y tratamientos que destruyen los ácidos nucleicos, lo cual no afectaba a la infecciosidad, mientras que el tratamiento con sustancias destructoras de proteínas la eliminaba.

Llamaron al agente en cuestión prión, por partícula proteínica infecciosa. La novedad del prión es que se replica sin genes. Se trata de una proteína codificada por un gen que se ha encontrado en muchos mamíferos y que se expresa en el cerebro, sin que a día de hoy se sepa su función (ratones con ese gen inactivado viven igual que los normales). Tiene dos formas, una normal, llamada PrPc (proteína prión celular) y otra anormal llamada PrPsc (proteína prión scrapie). Esta segunda difiere de la normal en la forma de plegarse la cadena de aminoácidos que la constituyen, pasando al interior de las células nerviosas (mientras que la forma normal es una proteína de superficie), lo que parece ser la causa de su muerte. El reservorio de la PrPsc es la propia PrPc: la primera hace de molde que transforma a la segunda en la forma anómala.

Ahora parece que surge una explicación de las diversas encefalopatías espongiformes, tanto las hereditarias, como las infecciosas o las esporádicas, que se pueden transformar unas en otras. Las formas hereditarias parecen deberse a mutaciones en el gen de PsPc que se comportan como un alelo (alelos son las formas alternativas de un mismo gen) dominante (que tiene efecto en dosis heredada solamente del padre o de la madre) autosómico (situado en un cromosoma no sexual). La ingestión de o el contacto (por ejemplo, por intervención quirúrgica en los ojos o en el cerebro) tejido nervioso u otros en que también se expresa el gen anormal produce la infección. Y, aún no se sabe cómo, el cambio de conformación de la proteína prión normal puede ser la causa de los casos esporádicos.

El gen de esta proteína presenta una homología del 80-90 % entre las diversas especies de mamíferos en que se ha estudiado. Se necesita, al parecer, un grado más elevado de homología para que los priones de una especie afecten a otra. En el caso de las vacas locas, la enfermedad apareció porque se da de comer a éstas restos de ovejas en el pienso, y la homología del gen en cuestión entre vacas y ovejas es superior al 98 %. Un grupo de expertos de la OMS concluyó en 1996 que la encefalopatía espongiforme bovina no se transmitía a las personas, con lo que no era responsable de los casos aparecidos de enfermedad de Creutzfeldt-Jakob atribuidos al contagio de las vacas locas. Aunque las cosas no parece que estén tan claras. De todos modos, lo que habría que evitar es incluir despojos de ovejas en el pienso para vacas. El scrapie no parece transmitirse a los humanos.

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete

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