En el siglo XIX y en la primera mitad del pasado era corriente entre los científicos clasificar a los humanos en varias razas basándose en características del tipo del color de la piel, la forma de la nariz, el color y la textura del pelo y ciertas medidas de los huesos, especialmente de la cabeza. Estas clasificaciones presentaban un par de problemas importantes. El primero era que las teorías raciales podían dividirnos desde en tres, cuatro o cinco razas, en un extremo, al que podríamos llamar de los científicos unificadores, hasta varias decenas de ellas, en el otro, al que podríamos llamar de los científicos fragmentadores. El otro era que con gran frecuencia individuos o grupos que unos ponían en una misma raza, otros los repartían en varias razas, independientemente de que los autores de esas clasificaciones perteneciesen al mismo o a distinto grupo de fragmentadores o unificadores. Es decir, que no había coherencia entre las distintas clasificaciones.

Pero esos problemas no son las razones por las que la corriente principal de la ciencia ha abandonado las clasificaciones raciales. Al fin y al cabo, las razas de los fragmentadores podrían en algunos casos considerarse subrazas de las clasificaciones unificadoras y podría haberse llegado a un consenso en cuanto a las características por las que debía hacerse la clasificación. El abandono de ese tipo de clasificación tiene otros motivos más profundos. Para entenderlos, debemos empezar por captar un par de conceptos en los que se basa la clasificación científica de los seres vivos: los de especie y subespecie.

Aunque hay una corriente que define la categoría de especie de forma distinta, la mayoría de los biólogos os dirían que una especie es un conjunto de seres vivos de reproducción sexual que pueden aparearse entre sí originando descendencia fértil. La especie es una categoría clasificatoria de límites bien definidos y que corresponde a entidades existentes en la naturaleza. Todos los humanos distinguimos, como han probado diversos antropólogos, casi exactamente las mismas especies que los científicos. Podría deberse a que compartimos estructuras mentales, pero el hecho de que haya una barrera reproductiva entre ellas, de modo que unas y otras no compartan el mismo acervo genético, indica que se trata de una categoría que corresponde a un hecho fundamental de la naturaleza, no de nuestra mente.

La subespecie, que es la única categoría clasificatoria inferior a la especie que admiten los científicos y que es el término que en zoología y botánica corresponde al de raza de los antropólogos del siglo XIX y de la primera mitad del XX, se define como un conjunto de seres vivos dentro de una especie, limitado a una zona geográfica y que comparte un conjunto de caracteres hereditarios que no comparte con los demás miembros de la especie. Es una categoría que se acuñó en aras de describir la diversidad dentro de una especie. No hay ninguna barrera biológica para el intercambio de genes entre subespecies de la misma especie y, por lo tanto, mientras que las especies son muy duraderas, las subespecies están en todo momento en trance de desaparecer en el conjunto de la especie. Además, una subespecie se define por conveniencia del naturalista y por consenso entre ellos, no hay una norma (como las barreras biológicas al cruzamiento en el caso de las especies) objetiva a la que los naturalistas puedan acudir.

Pondré un ejemplo para aclarar las cosas. En nuestro país existe una especie de árbol, la encina, que los botánicos llaman Quercus ilex, y que todo el mundo, menos los urbanitas empedernidos, distingue de los robles (Quercus robur para los científicos) y que no da híbridos fértiles con éste ni con ninguna otra planta. Los científicos distinguen dentro de ella dos subespecies, a las que denominan añadiendo ssp. (por subespecie) ilex y ssp. rotundifolia. La primera se da en las zonas más norteñas y la segunda abunda más cuanto más al sur se va. Se distinguen principalmente por el número de nerviaciones de las hojas y con más dificultad por su porte. En las zonas intermedias se dan ambas subespecies y abundan los híbridos, que son totalmente fértiles, además de formas difícilmente clasificables en una u otra subespecie. Los científicos, cuando hablan informalmente encina a la primera y carrasca a la segunda. No debe confundirnos el hecho de que ambas palabras las empleen los profanos, puesto que en unas zonas se llama a ambas encina y en otras, carrasca y no se distingue entre ellas.

A mediados del siglo pasado se empezaron a realizar mediciones precisas de los rasgos que variaban dentro de una especie, se idearon o se hicieron accesibles a los naturalistas medios matemáticos para tratar estos datos y, sobre todo, empezó a avanzar la informática. Aplicando estas herramientas, los naturalistas empezaron a construir mapas con unas a modo de curvas de nivel y gamas de colores que representaban esta variación. Lo que vieron en esos mapas hizo cambiar radicalmente su manera de considerar la variación dentro de una especie. Ésta aparecía como un continuo de múltiples dimensiones con gradientes más o menos suaves o pronunciados que permitían correlacionar la variación con factores climáticos y ecológicos. Era una visión mucho más rica y cercana a lo que realmente sucede en la naturaleza. A partir de entonces, cada vez más científicos abandonaron, por considerarla una mala herramienta intelectual, la costumbre de definir subespecies o razas. Hasta el día de hoy, en que son una minoría, representada fundamentalmente por quienes estudian especies en que estos gradientes son muy pronunciados, los que lo hacen.

¿Tal vez nuestra especie es de esas últimas? Si nos atenemos a los caracteres que podían estudiar los científicos del siglo XIX, como el color de la piel, la forma de la nariz o de los ojos, la textura del pelo, etc. podría parecer que sí. Pero ésos son sólo una ínfima muestra de los rasgos que podrían estudiarse y, además, parecen depender mucho de la selección natural, sin que, por ejemplo, el color oscuro de los subsaharianos, de los habitantes más antiguos de la India y de los aborígenes australianos tenga nada que ver con una ascendencia común, sino más bien con la cantidad de radiación ultravioleta a que están expuestos. A partir de los años sesenta, con los métodos de la bioquímica, primero, y de la biología molecular, después, se empezaron a estudiar amplios conjuntos de productos génicos, primero, y de genes, después. El resultado fue que cada gen tenía una distribución diferente, que, por lo tanto, las clasificaciones raciales que se hicieran a base de estos estudios dependían de en qué genes se centrara la atención, y –esto fue lo más sorprendente, que ninguna clasificación coincidiría con las que se habían hecho antes. Otro resultado, si cabe, más sorprendente, fue que la variación entre individuos dentro de un pueblo y la variación entre los pueblos dentro de una raza constituían más del 90 por ciento de toda la variación, de forma que la variación entre razas constituía menos del 10 por ciento (bastante menos, pero no tengo a mano el dato). Uno de los participantes en estos estudios puso el ejemplo siguiente: si una guerra nuclear destruyera a toda la humanidad menos al pueblo xhosa de Sudáfrica, aún quedaría mucho más del 85 por ciento de la variación humana.

Después de esto, ya sólo los antropólogos culturales hablan de razas. Pero muchos de ellos lo hacen de una forma especial. Reconociendo, como es de fuerza, que las razas no corresponden a un hecho natural, hacen una distinción entre lo que llaman conceptos etic y emic. Los conceptos etic se refieren a los que construyen mediante las normas de la comunidad científica para dar cuenta del comportamiento de la gente, independientemente de que los miembros de la sociedad en cuestión los reconozcan o no. Los conceptos emic son los que después de construidos, cuando se interroga a los miembros de la sociedad si se rigen por ellos, tienen una respuesta afirmativa. Veamos un ejemplo, referido a las vacas sagradas de los hindúes. Para los hindúes, matar o contribuir voluntariamente a la muerte de un miembro de la especie vacuna es peor, o por lo menos igual, que matar a una persona. Nunca un hindú reconocerá haber contribuido voluntariamente a la muerte de un toro, una vaca, un ternero o una ternera. Ésa es una norma emic. Sin embargo, los antropólogos estaban muy extrañados ante el hecho de que la relación vacas-toros en cada región de la India se ajustara con mucha precisión a las necesidades de tracción o de leche. Observaron que los hindúes, sin embargo, nunca mataban directamente a esos animales, pero sí que lo hacían indirectamente, por ejemplo, poniendo a los terneros o a las terneras collares con los que pinchaban a sus madres cuando querían mamar, de forma que éstas los rechazaban y los coceaban, con lo que morían más pronto que tarde de debilidad y por otros muchos métodos. Cuando se les preguntaba por ello, estas gentes daban razones de que los machos (o las hembras, según los casos) no toleraban bien la leche o que habían nacido débiles o que no tenían deseos de vivir, etc. La norma etic que los antropólogos dedujeron era que había que eliminar los animales que no conviniesen a las necesidades y que a ella se atenían los hindúes.

Pues bien, los antropólogos consideran el concepto de raza como un concepto que no tiene validez etic, puesto que los científicos afirman que no es una categoría natural, pero si la tiene emic en bastantes sociedades. La prueba de que es una idea emic nos la dan las dispares clasificaciones raciales de la sociedad estadounidense y de la brasileña. Los estadounidenses reconocen –y se comportan, con funestas consecuencias para algunas de ellas- cuatro razas en una población que es fundamentalmente una mezcla de gente originaria de La mitad norte de Europa, del África subsahariana, de la península ibérica y de la propia América, con mucha mezcla –aunque no se reconozca- entre ellas. Los brasileños, con una población con orígenes americanos, africanos, latinos y, en menor medida, de centro y noreuropeos, también muy mezclada –pero allí el hecho se reconoce-, se distinguen cientos de razas. Además, el criterio de clasificación en los EUA es el de "una gota de sangre", por lo menos en lo que se refiere a los negros: si uno tiene un solo antepasado negro, se le clasifica como negro, tenga la piel del color del cuervo y el pelo rizado o sea blanco como la leche y con ojos azules. En Brasil, en cambio, incluso dos hermanos pueden pertenecer a razas diferentes.

Ésas son, pues, las razones de que los científicos ya no hablen de razas.

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete


Julio Loras Zaera
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