Julio Loras Zaera

fortanete

Profesor Francho de Fortanete A la luz de la ciencia. Biología y asuntos humanos

Los profesores de instituto, los documentales de la tele e incluso muchos científicos nos suelen presentar la evolución como un ingeniero exquisito guiado por la funcionalidad, la eficiencia y la economía de medios. Sin embargo, hay miles de ejemplos grandes y pequeños de que la evolución es una maestra de la chapuza que se basa en el capricho, la ineficiencia y la redundancia. Uno de ellos es la historia de nuestro oído.

Todo empezó en los peces. Éstos tienen una cápsula ótica que alberga un oído interno, pero oyen fundamentalmente mediante las líneas laterales, unas alineaciones de minúsculos órganos aptos para captar los movimientos de un medio denso como es el agua producidos por ondas de alta presión. El final está en nuestros oídos adecuados para captar ondas de baja presión en un medio de baja densidad. ¿Cómo lo conseguimos? Mediante una membrana relativamente grande, el tímpano, una cadena de huesecillos que transmiten sus vibraciones a una ventana mucho más pequeña (lo que aumenta la presión) y un fluido denso como el agua que llena la cóclea del oído interno.

Esos huesecillos, los llamados martillo, yunque y estribo (el parecido con esos artilugios es extraordinario) tienen el mismo origen evolutivo que los arcos branquiales de los peces. En los peces mandibulados (los primeros peces no tenían mandíbulas), uno de esos arcos da origen a las mandíbulas, otro origina el hueso hiomandibular, homólogo del estribo, permitiendo la articulación de la mandíbula con el resto del cráneo. Este hueso es adyacente a la cápsula ótica (del oído). Así, mientras su función era de punto de unión, podía adquirir otras: ayudar a bombear agua hacia la cavidad bucal y hacerla circular desde el exterior a través de las hendiduras branquiales, como en las rayas, o contribuir a la ventilación de los pulmones, como en los peces pulmonados.

J. A. Clack, experto en los primeros vertebrados terrestres, Icthyostega y Acanthostega, sugiere que en éstos el hiomandibular o estribo tenía una triple función: estructura de unión de la mandíbula, ayuda a la respiración y alguna función auditiva, por la estrecha relación espacial con la cápsula ótica.

Cuando el estribo dejó de ser necesario como elemento de soporte, por haberse soldado la caja craneana a la calavera y perdido su movilidad anterior, uno de sus papeles secundarios se convirtió en principal.

El martillo y el yunque se originan en el arco branquial situado delante del hiomandibular y se convirtieron primero en huesos de la mandíbula: el cuadrado es el yunque y el articular, el martillo. Las pruebas paleontológicas, funcionales y embriológicas son abrumadoras. ¿Cómo se convirtieron en huesos del oído?

Nuestros ancestros reptilianos, los reptiles mamiferoides llamados cinodontos presentaban una tendencia a la reducción de los huesos articular y cuadrado y al crecimiento del dentario hasta contactar con la mandíbula superior. Algunos de ellos desarrollaron una segunda articulación entre el dentario y el escamoso (un hueso de la mandíbula superior). Diarthrognathus, el nombre científico de uno de esos reptiles, significa "mandíbula doblemente articulada".

Los mamíferos más primitivos no presentan un martillo y un yunque verdaderamente independientes, sino fijados a la mandíbula y participando en su articulación. En el Jurásico superior, estos huesos ya habían penetrado en el oído y la articulación mandibular la formaban exclusivamente el dentario y el escamoso.

Es decir, que tenemos, literalmente, mandíbulas en el oído.

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete

QR Code
Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información en nuestra Política de cookies