Julio Loras Zaera

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Profesor Francho de Fortanete A la luz de la ciencia. Biología y asuntos humanos

Por ahora, pero con mucha probabilidad, definitivamente. Su antigüedad les sitúa muy cerca de la bifurcación homínidos –chimpancés.

Es lugar común entre los paleoantropólogos que cada descubrimiento nuevo haga cambiar de manera sustancial sus ideas sobre la evolución humana. El hallazgo y clasificación de los fósiles de la Sima de los Huesos (en la sierra de Atapuerca) como una nueva especie, Homo antecessor, de ser reconocido ampliamente, cambia el panorama drásticamente: ya no seríamos, nosotros y los neandertales, descendientes de Homo erectus, el primer homínido que salió de África, sino de una especie hermana suya. De ser esto cierto, una de las dos teorías alternativas sobre nuestro origen, la que afirma que las razas humanas son el fruto de una evolución paralela con intercambio genético entre diversas poblaciones de erectus, las asiáticas, las europeas y las africanas, se vería seriamente cuestionada.

Pero no quiero hablar aquí de esas interesantes cuestiones, sino de las aún más básicas que plantean otros fósiles aún más antiguos. En 1992 se descubrieron en la cuenca del Awash (Etiopía) unos fragmentos de cráneo y mandíbula que conservaban algunos dientes. En virtud de esos dientes, se les clasificó como homínidos de una especie nueva, bautizada –no por su descubridor, Haile-Selassie, sino por otros paleontólogos, el equipo de White- como Ardipithecus ramidus (de ardi, suelo en lengua afar, ramid, raíz en la misma lengua, y pithecus, mono en griego). Databan de hace 4’4 millones de años, fecha cercana, según los datos obtenidos por la técnica genética del reloj molecular, a la separación homínidos-chimpancés (entre 4’5 y 7 millones de años, con mayor probabilidad de encontrarse cerca de la primera fecha que de la segunda). Nos hallaríamos, por lo tanto, máximamente cerca del origen de nuestro linaje.

Esos primeros fósiles del ardipiteco permitían concluir, por la finura del esmalte dentario y por los fósiles de otros animales que los acompañaban, entre los que predominaban los de ambiente boscoso, como los colobos y varios antílopes selváticos, que se trataba de una especie que se alimentaba como los chimpancés, de hojas, frutos y brotes tiernos, y que, como ellos, habitaba en la selva. Ciertos detalles fragmentarios de la base del cráneo sugerían a White y colaboradores que era un animal que caminaba como nosotros, pero los paleoantropólogos no se atrevían a apostar por ello, en ausencia de las fuertes evidencias que habrían supuesto los lamentablemente ausentes huesos de la pierna y de la cadera.

En agosto de 2001, Nature, tal vez la más prestigiosa revista científica del mundo, publicó el nuevo hallazgo por Haile-Selassie de otro ejemplar de ardipiteco mucho más antiguo: 5’2-5’7 millones de años. La otra novedad era que este ejemplar presentaba al menos un hueso del dedo gordo del pie. Este dedo se parecía decididamente más al nuestro que al de nuestros primos orangutanes, gorilas y chimpancés, lo que indicaba claramente que era bípedo, es decir que andaba a nuestro modo.

La edad de este fósil no parece que pueda estar más cercana al origen de los homínidos, de modo que el ardipiteco es muy probablemente el padre, o la madre, de todos nosotros.

Estos hallazgos ponen en un fuerte aprieto a la extendida teoría de que nuestro bipedismo fue una adaptación a la vida en la sabana. Esta teoría ya había sufrido alguna magulladura cuando se puso en evidencia que los primeros Australopithecus no estaban adaptados a la sabana, sino más bien a vivir en bosques claros rodeados de ella, cosa evidenciada, no por su dentición, que sí era típica de un animal que se nutre de alimentos duros, como semillas de gramíneas, sino por la curvatura de los huesos de sus manos, indicadora de que recurrían frecuentemente a la trepa. Pero podía interpretarse como el primer paso. El ardipiteco nos dice rotundamente que el bipedismo nada tuvo que ver con la sabana. Habrá, por lo tanto, que buscarle otra función. Una peculiar hipótesis de Salvador Moyá basada en el oreopiteco, un simio no homínido de hace unos 8 millones de años que hoy se considera una rama lateral a la que condujo a los homínidos y que era bípedo (sí, como lo leéis, los homínidos no han sido los únicos primates bípedos, aunque lo sean hoy) afirma que el bipedismo pudo evolucionar en un contexto ecológico falto de grandes depredadores, como una adaptación a la recolección de alimentos de otra forma menos accesibles.

Pero el socavón más profundo a la teoría convencional es el que afecta al ritmo de la evolución. Antes del descubrimiento del bipedismo de Ardipithecus, muchos podían sostener que la transición de la postura típica de los simios a la postura erecta humana había transcurrido gradualmente pasando por varias fases intermedias, de las que la hipotética del ardipiteco sería una. Ahora, los gradualistas, dominantes en el campo de la evolución humana aún más que en el de la evolución general, lo tiene bastante más difícil.

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete

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