La primera persona que se sabe que avanzó una idea científica, es decir, una explicación unitaria del mundo en términos verificables, no en términos de los mitos en que era tan rica su sociedad, fue Tales de Mileto (s. VI a. C.), que afirmó que todo era agua. Por absurda que hoy parezca, esta proposición tiene un carácter científico, en la medida en que es verificable y propone un principio unificador. Empédocles de Agrigento (s. V a. C.) propuso la teoría de los cuatro elementos, que recuerda los principios de la tabla periódica que hoy se usa en Química.

Otro protocientífico célebre fue Aristóteles (s. IV a. C.), que consideraba que el mundo obedece ciertas leyes que pueden descubrirse. En Biología, se recuerda su clasificación de los animales –que en algunos aspectos coincide con la actual- y también sus intentos de desentrañar el desarrollo de las aves observando dentro del huevo.

Arquímedes (s. III a. C.) es recordado por el principio de su nombre sobre lo que le sucede a un cuerpo cuando se sumerge en un líquido. Fundó la estática y estudió las leyes que rigen el funcionamiento de las máquinas.

Tolomeo (s. II a. C.) nos legó un sistema astronómico que hasta hace poco se usaba en la navegación.

Todos eran griegos y todos vivieron a partir del período de esplendor de la democracia. Es cierto que recogieron muchos conocimientos de Babilonia y de Egipto, pero estos conocimientos eran puramente prácticos y asistemáticos. Fueron los griegos quienes los sistematizaron, les dieron unidad, los generalizaron y extrajeron de ellos consecuencias no previstas por babilonios y egipcios.

A diferencia de la tecnología, la ciencia tuvo un origen único. Por qué se dio en Grecia y no en Babilonia, en Egipto o en Perú, no se sabe bien, pero se puede adelantar que no fue porque en Grecia hubiese muchas personas liberadas del trabajo debido a la esclavitud, puesto que Roma fue una sociedad masivamente esclavista y en ella no hubo ningún desarrollo del embrión legado por Grecia. Y en China, Egipto o Perú también hubo amplias clases liberadas del trabajo y no surgió nada parecido a la ciencia. En estas sociedades hubo una tecnología muy poderosa, pero no ciencia. La diferencia entre la sociedad de la Grecia clásica y esas otras está en un conjunto de factores que influyen en la concepción del mundo: costumbre de discutirlo todo públicamente, ausencia de dogma religioso, religión no ligada estrechamente al Estado, no consideración del ser humano y del resto del universo como una unidad inseparable en que uno es la imagen del otro,… Todo ello resultado de unas condiciones sociales, en sentido amplio, que diferenciaban a Grecia de esas otras sociedades. Como veremos, esto continuó, como toda la tradición griega, en la sociedad occidental. Sólo en ésta se desarolló la ciencia, y de ella ha pasado a otras sociedades, a medida que –más por fuerza que de grado- se han ido occidentalizando.

Los primeros siglos de la Edad Media parece que fueron realmente oscuros, en cuanto a lo que nos ocupa, en la sociedad cristiana. Pero la tradición científica griega fue continuada y desarrollada por los árabes. Entre ellos hubo tradiciones de tolerancia y de discusión pública y una cierta separación entre teología y filosofía, que permitieron ese desarrollo.

Hacia el siglo XII, tuvo lugar un pequeño renacimiento en la Europa cristiana. A la vez que circulaban ampliamente traducciones de las obras árabes, unos cuantos pensadores, como Guillermo de Conches, Adelardo de Bath y Hugo de Saint Victor, propugnaban el estudio de las Escrituras "según la física", es decir, considerando la naturaleza como un encadenamiento de causas y efectos inteligibles, sin intepretaciones simbólicas. Aunque recurrieron a la experiencia en menor grado aún que los griegos, le concedieron una mayor importancia teórica, pese a confiar fundamentalmente en la razón.

Este giro correlaciona con las transformaciones que sufrió la sociedad medieval desde el siglo X: avances tecnológicos como la collera de las caballerías, el arado pesado o el molino de viento; aumento demográfico con crecimiento de las ciudades; aparición en éstas de universidades, es decir, asociaciones de maestros y estudiantes que luchaban por su autonomía; nueva actitud de realismo respecto a la naturaleza... Nuevamente encontramos las condiciones sociales, en sentido amplio, en la raíz del espíritu científico.

En el Renacimiento, Leonardo da Vinci aplicó su arte a la anatomía y realizó experimentos con ballestas y flechas donde colocaba pesos bien determinados para ver la altura a que llegaban y la profundidad a que se clavaban. En ese período se geometrizó el espacio. En vez de un espacio-agregado táctil y muscular, como se concebía previamente y como vemos muy bien en las pinturas románicas y góticas, un espacio-sistema visual, homogéneo, tridimensional, isótropo e infinito, como vemos en las pinturas renacentistas. También se uniformizó y linealizó el tiempo. Ambas cosas tuvieron posteriormente una importancia fundamental en la física clásica.

En el siglo XVII, Galileo culminó todo esto dando nacimiento a la ciencia moderna, que es experimental y tiende a ser cuantitativa. Aunque parece claro que no realizó muchos de los experimentos que describió, también parece verdad que realizó algunos de los más importantes. Galileo, además de dar una gran importancia a la experimentación y a la observación controlada –no tanta como se le suele atribuir, pero mucha más de la que concede el historiador idealista Koyré-, aplicó sistemáticamente el lenguaje matemático a la física.

Estos hitos responden, una vez más, a las transformaciones que había sufrido la sociedad occidental. Las ciudades bullían de ingenieros, artilleros, artistas, teratenientes, banqueros y comerciantes, para quienes la aplicación de la matemática era fundamental, igual que la geometrización del espacio y la linealización del tiempo: para que sus ingenios fuesen eficaces, para que sus plantaciones fueran productivas, para representar con más realismo, para comerciar, pagar jornales o especular,… Además, se había asentado una visión más favorable del trabajo manual, herencia de algunas órdenes religiosas, lo que favorecía el recurso a la experimentación.

Como se puede ver por todo lo anterior, los orígenes de la ciencia no se puede decir que sean independientes de la sociedad, pero tampoco se puede decir que se deban a la influencia directa de fuerzas sociales, sino a través del intermediario de las visiones del mundo que se van difundiendo debido a las condiciones sociales. Y esto no vale solamente para los orígenes, sino también para lo que ocupa a la ciencia en cada momento y para la concepción de las teorías científicas.

Párrafos extraídos del libro
"A LA LUZ DE LA CIENCIA, BIOLOGÍA Y ASUNTOS HUMANOS"

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete


Julio Loras Zaera
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