La presentación en 1858 de la teoría de Darwin y, sobre todo, la publicación en 1859 de El origen de las especies fue el inicio de una revolución en el pensamiento. La idea de la creación individual de cada especie se veía sustituida por la de descendencia de las especies actuales de otras anteriores y, en última instancia, con un origen común. La creencia en una naturaleza armónica donde cada ser cumplía su papel según el plan divino se vio sustituida por la afirmación de una ubicua y perenne lucha por la existencia. La idea de progreso, tan cara en aquel tiempo, se vio atacada por la consideración del mismo como únicamente una de las posibilidades derivadas del cambio y la adaptación. El concepto del ser humano como una criatura especial con atributos divinos caía ante la consecuencia de la teoría darwinista del origen común de todos los seres orgánicos y quedaba en un animal como los demás, único solamente a la manera en que son únicas todas las especies.

Cuando Darwin, en su juventud, se embarcó en el Beagle como caballero de compañía del capitán FitzRoy, estaba muy lejos de tan revolucionarias ideas. Toda su formación como naturalista había corrido a cargo de clérigos que creían en la literalidad de la Biblia y él mismo pensaba convertirse en uno de ellos. Dado que era un buen naturalista, hizo durante esos cinco años multitud de interesantes observaciones. Pero en ningún momento llegó a cuestionar francamente las ideas recibidas. Sólo empezó a tener dudas cuando descubrió en Sudamérica dos especies de ñandú, una grande y otra pequeña, en áreas geográficas contiguas, cuando estudió un fósil de perezoso gigante en un área cercana a donde hay perezosos y cuando se preguntaba qué podía tener Australia para que el Creador hubiese creado allí sólo marsupiales (llegó a preguntarse si no se trataría de un Creador diferente). Pero éstas sólo fueron dudas.

Pero cuando llevó al ornitólogo John Gould unos pájaros recogidos en las Galápagos, que él consideraba variedades de una especie, el experto taxonomista, después de estudiarlos afirmó que se trataba de especies diferentes. La prueba de que Darwin no los había recolectado pensando en la evolución está en que ni siquiera había anotado en las etiquetas en qué islas se había recogido cada espécimen. Gracias a un ayudante del barco que sí había tomado esa precaución, Darwin pudo reconstruir la historia de estas especies. Se trataba de los ahora llamados pinzones de Darwin, varias especies que se asemejan a un pinzón del continente y que han desarrollado especializaciones, como picos grandes y fuertes para romper semillas, picos agudos para comer insectos, incluso hay una especie que utiliza espinas de cactus para desalojar larvas de insecto de la corteza de los árboles. Darwin llegó a la conclusión de que unos pocos ejemplares del pinzón continental habían llegado a las islas y, no encontrando enemigos ni competencia, se habían ido adaptando a lo que hoy llamaríamos distintos nichos ecológicos, dando lugar a varias especies distintas. Y si esos pinzones tenían un origen común, ¿por qué no deberían tenerlo todos los pinzones? ¿Y por qué no retroceder hasta encontrar un origen común de todos los seres vivos?

A partir de ese momento, en 1837, en que dejó de creer en la fijeza de las especies, Darwin no paró de pensar en un mecanismo para el cambio, emitiendo y descartando una gran cantidad de hipótesis. Se dice –él mismo lo dice en una autobiografía que escribió para sus descendientes- que encontró la inspiración al leer el Ensayo sobre la población del reverendo Thomas Malthus. Sin embargo, la lectura atenta de sus numerosos cuadernos de notas revela que había leído con atención a Auguste Comte y había quedado impresionado por su concepción de las buenas teorías como predictivas y potencialmente cuantitativas, que también había leído al economista estadístico Quetelet viendo de manera cuantitativa la relación entre el crecimiento aritmético de los recursos y el crecimiento geométrico de la población y, sobre todo, que había leído atentamente al economista escocés Adam Smith. La lectura por distracción del ensayo de Malthus, según muchos estudiosos no hizo más que cuajar su trabajo intelectual anterior.

Sea como fuere, el mecanismo que propuso era un mecanismo excesivamente "materialista" para la época, ya que incluso las heréticas teorías evolutivas que se barajaban entonces proponían mecanismos del tipo de impulsos vitales hacia la perfección. Y era también, y esto es aún más importante, un mecanismo en el que, como en la economía de Adam Smith, el beneficio individual creaba el orden observado en la naturaleza, sin unas leyes que rigiesen el todo.

Darwin destruyó los conceptos fijista y tipológico de especie. El primero al demostrar que las especies sufrían transformación, y el segundo, al no considerar las especies como esencias de las cuales las variaciones no son sino reflejos imperfectos del tipo. Consideró esencial la variación individual, inaugurando en biología el pensamiento poblacional. Veamos cómo se concretó todo esto.

Darwin, a la vista de la prolificidad de los seres vivos, de la oscilación de sus poblaciones en torno a la estabilidad numérica, pensó que esa limitación la imponía el medio, entendiendo por tal tanto los factores abióticos como los seres vivos que entran en relación con uno dado y dedujo que debía haber una lucha por la existencia, de forma que la supervivencia no fuese al azar sino debida a la mejor adecuación al medio.

Esto no tendría sentido si las especies fuesen esencias cuyos representantes sólo presentasen limitadas divergencias con el tipo ideal. Pero Darwin, que tenía relaciones con numerosos criadores y estudiosos de plantas y animales, siendo él mismo uno de ellos, vio que la variación individual era la esencia verdadera de las especies. De modo que pensó que los individuos que presentaran variaciones más favorables en su medio dejarían más descendencia, generación tras generación, que los demás, variando así la composición de la especie, que resultaría más adaptada a su medio local. También sabía, como experto criador, que los descendientes, pese a parecerse a sus progenitores, presentaban diferencias respecto a ellos y entre sí, de modo que la variación era recurrente, apareciendo generación tras generación y proporcionando la materia prima a la selección.

Sobre este mecanismo, al que llamó selección natural por analogía con lo que hacían los criadores de animales y plantas, hay que hacer tres observaciones. En primer lugar, que es un mecanismo de dos pasos: aparición de variación al azar (en el sentido de que la variación no se da más en el sentido de adaptar más al individuo que en el contrario, es decir, que no responde a las necesidades de adaptación), seguida de la selección por el medio, que da la dirección de la evolución. En segundo lugar, que nada hay en él que vaya en el bien de la especie, tan querido por los biólogos de su época e incluso por muchos divulgadores actuales, sino que todo va en beneficio del individuo. En tercer lugar, que la selección adapta a entornos locales, con lo que la dirección de la evolución tanto puede ser progresiva, como creía Lamarck, como regresiva (piénsese en la simplificación de muchos parásitos).

Pero Darwin, además de un gran teórico era un gran observador y se dio cuenta de que había caracteres conspicuos de los seres vivos que no se podían explicar como adaptaciones conducentes a favorecer la supervivencia. Para un grupo de estos caracteres, como el aumento de tamaño en los machos de muchas especies o los ornamentos exagerados de los de otras, propuso otro tipo de selección, la selección sexual, del cual, del mismo modo que El origen de las especies lo es de la selección natural, El origen del hombre es un extenso tratado. Se trata de caracteres que o bien, en el primer caso, permiten mayor acceso a las hembras en competencia con otros machos en especies en que se da lucha por su posesión (como, por ejemplo, en los gorilas o en los ciervos) o bien, en el segundo, los machos atraen a las hembras mediante exhibiciones en especies en que las hembras eligen a los machos (como es el caso en los pavos reales).

La evolución de otros caracteres la explicaba Darwin por procesos como los que llamó correlaciones del crecimiento: el desarrollo de una parte del cuerpo debido a su utilidad puede conllevar el desarrollo de otra sin relación con la supervivencia.

La teoría de la evolución de Darwin, la idea de que unas especies dan lugar a otras y de que todas tienen un origen común fue rápida y ampliamente aceptada. No en vano relacionó un cúmulo enorme de hechos de la biogeografía, de la embriología, de la anatomía comparada y de la embriología que hasta entonces se suponían sin ninguna relación. Pero sus mecanismos no se aceptaron hasta unos noventa años después, del mismo modo que su gradualismo (el cambio a pequeños pasos generación tras generación) no convenció a todo el mundo (ni siquiera a su autollamado "bulldog", T. H. Huxley). Éste último es hoy aceptado, puesto que la teoría del equilibrio interrumpido hace frente a otro tipo de gradualismo, el que considera que las especies están en un cambio continuo de ritmo majestuosamente lento.

El gradualismo no se aceptaba porque en el registro fósil no se observaban –y casi tampoco se observan hoy, que es mucho más completo- cambios graduales de una especie a sus sucesoras. En cuanto a los mecanismos, el de la selección sexual era rechazado incluso por el codescubridor de la teoría, Alfred Russel Wallace y un grupito de seguidores que se autodenominaban darwinistas y que consideraban que el único mecanismo evolutivo es la selección natural (por cierto que eso fue, según Stephen Jay Gould, lo que llevó a Wallace a echarse atrás ante el cerebro humano y considerarlo una creación especial de Dios, pero es otra historia). La selección sexual ha estado eclipsada durante mucho tiempo, hasta que recientemente ha sido rehabilitada.

En cuanto al mecanismo de la selección natural, los motivos del rechazo eran ideológicos: su "materialismo", la radical falta de propósito que implica y su golpe a la veneración al progreso en la Inglaterra victoriana.

De modo que durante mucho tiempo el darwinismo, pese al éxito de El origen de las especies, sufrió una marginación total, mal que les pese a historiadores y sociólogos poco rigurosos que afirman que la teoría darwinista encarna el espíritu de la Inglaterra colonial y librecambista: se aceptó la idea de evolución, sí, pero de ninguna manera la teoría darwinista.

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete


Julio Loras Zaera
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