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La ciencia es, más que un saber, una actividad que plantea al mundo cuestiones resolubles empíricamente, ampliando cada vez más el ámbito de esas cuestiones, a medida que el desarrollo técnico y el utillaje teórico lo van permitiendo. Es decir, que lo importante en la ciencia no son las respuestas que proporciona ni la busca de la verdad absoluta, sino la actividad y las cuestiones que en cada momento considera abordables con sus métodos. Y estas cuestiones, en la medida en que son empíricamente resolubles, no pueden ser sobre finalidades últimas, que no pertenecen, no han pertenecido ni nunca podrán pertenecer a su ámbito de actividad. La actividad científica no se dirige a la postulación de sentidos, sino a conocer cómo funciona el mundo.

Aunque leyendo a algunos herederos de la Ilustración (que no solían ser científicos), e incluso a algunos científicos del siglo XIX (como Haeckel), pudiera parecer otra cosa, muchos científicos de ese siglo entendían esto claramente, entre ellos Darwin y Huxley.

Las tres actitudes frente a la ciencia de que hablaba al principio, pese a ser muy diferentes, incluso opuestas, coinciden de alguna manera en exigir o acusar de una responsabilidad específica a quienes se dedican a la ciencia.

A veces se ha buscado en la ciencia, especialmente en la biología –que es la ciencia más próxima a nosotros, por su objeto-, una orientación moral o política. Cuando los científicos la han dado –en lo que cayeron muchos, pero no todos-, las personas que mantienen la actitud de sacralización lo consideraron muy natural y se apresuraron a seguirla. Cuando no la han dado a pesar de que se les pidiese, algunas de estas personas han pasado a las actitudes segunda y tercera.

Más de una vez, biólogos de renombre han intentado dar estas orientaciones desde la ciencia que cultivaban. Así, el entomólogo E. O. Wilson propugna una moral y una política basadas en la selección natural. Huxley, el bulldog de Darwin, propugnó todo lo contrario. Uno parte de que lo natural es bueno, el otro, de la postura opuesta. Es decir, aunque crean que parten de su ciencia, lo hacen de su moral.

En el terreno de la biología encontramos tantos ejemplos que podemos considerar buenos –como la ternura de los mamíferos con sus crías-, como malos, incluso perversos –como el comportamiento de los icneumónidos, que se comen a sus víctimas vivas desde dentro-. Estos últimos preocuparon sobremanera a la teología natural de principios del siglo XIX. Los científicos posteriores considerarn que había que estudiar la naturaleza sin hacer suposiciones ni buscar lecciones morales, y así ha avanzado mucho la biología.

El hecho es que en el mundo animal la moral no es sino una proyección de nuestra moral, no hay moral que valga, no es moral ni inmoral, sino amoral. Por lo menos, con esta suposición ha podido avanzar la ciencia biológica. Y si en este aspecto del mundo la ciencia no puede encontrar ni buscar moral ni propósito, menos se puede esperar que los encuentre en otros.

Por lo tanto, es inútil pedir a la ciencia orientaciones morales o políticas. No podemos pedir responsabilidades a quienes se dedican a hacer ciencia por no dar esas orientaciones, como pasó hace unas décadas en un programa radiofónico francés con participación del público.

Quien se dedica a la ciencia no tiene más saber moral que cualquier otra persona para dar este tipo de orientaciones, porque su trabajo consiste en edificar teorías aplicables al mundo, que en sí ni es moral ni tiene sentido, por lo menos desde el punto de vista de la ciencia. Esto significa que los científicos no tienen ni más ni menos responsabilidad ni cualificación, en cuanto a la determinación de fines, que cualquier otra persona.

En lo que sí tienen una responsabilidad específica es en dos terrenos: hacer bien su trabajo, por el cual la sociedad les da reconocimiento y privilegios; e informar de los aspectos de ese trabajo que pueden tener importantes implicaciones sociales y de su fiabilidad.

Por poner un ejemplo extremo: supongamos que un equipo científico ha encontrado que las personas más inteligentes son las más ricas y que la inteligencia es hereditaria e inmodificable. Los científicos de este campo tendrían la obligación de informar a la sociedad de este descubrimiento y de discutir a fondo su fiabilidad. Pero no sería responsabilidad suya, sino del conjunto de la sociedad, decidir qué hacer con el descubrimiento, porque el descubrimiento en sí no implica ninguna política. Para unos implicará que vivimos en el mejor de los mundos y que hay que dejar que "la naturaleza siga su curso", mientras que para otros implicará que hay que compensar a los menos inteligentes. Tan compatible con el descubrimiento en cuestión es una política como la otra.

Me apresuro a añadir que no creo que se llegue a descubrir nunca un hecho semejante, porque la inteligencia es algo muy complejo que ni siquiera se sabe cómo definir, porque el papel de los genes en la determinación de aspectos complejos dista de ser exclusivo, porque en el ser humano la cultura, entendida como las conductas transmitidas por vías no genéticas, es algo básico y porque hereditario no significa inmodificable. Pero podría descubrirse: ya convivimos con muchos otros hechos desagradables, uno más no importaría.

Párrafos extraídos del libro
"A LA LUZ DE LA CIENCIA, BIOLOGÍA Y ASUNTOS HUMANOS"

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete

 
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