Julio Loras Zaera

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Profesor Francho de Fortanete A la luz de la ciencia. Biología y asuntos humanos

El darwinismo basa los mecanismos evolutivos en el beneficio individual de los organismos y no en el bien del grupo o de la especie, como hacían otras teorías anteriores. La cooperación significa un sacrificio inmediato de esos mismos intereses. Y, sin embargo, se da ampliamente en la naturaleza: abejas, avispas, hormigas, primates, ungulados, cánidos… También es frecuente la cooperación interespecífica. De hecho, Lynn Margulis propuso una teoría basada en ella para explicar el origen de la célula eucariota. Pero la cooperación interespecífica puede encajar en el darwinismo, en la medida en que las especies que cooperan entre sí tienen requerimientos distintos y capacidades complementarias.

La cooperación intraespecífica sí parece, en cambio, encajar mal en el darwinismo. Ya estamos acostumbrados a los trabajos de ecología que nos presentan a los individuos de cada especie luchando entre sí por unos recursos limitados.

Los biólogos occidentales ven, pues, la cooperación y la sociabilidad como una paradoja que intentan denodadamente resolver. Uno de los intentos procede de E. O. Wilson, que ha estudiado los mecanismos de la selección de grupo y de la selección de parentesco. En cuanto al primero, en que las unidades de selección son los grupos y no los individuos, sólo sería eficaz si los grupos difirieran genéticamente entre sí más que los individuos dentro del grupo, y no parece ser el caso de las especies en estado natural. El segundo se basa en el hecho de que los parientes comparten genes, más cuanto más emparentados están. Por ejemplo, hay una probabilidad de œ de que los hermanos compartan un gen, de 1/8 en el caso de los primos, etc. Si un individuo se sacrifica salvando a más de dos de sus hermanos o más de ocho de sus primos, sus genes tienen más probabilidad de llegar a la siguiente generación que si no lo hace. Esto explica la evolución de la sociabilidad en las abejas, hormigas y avispas, en las que se ha podido comprobar que las obreras alimentan mejor en la misma proporción que comparten genes a sus parientes genéticos más cercanos. El sistema genético de las abejas, caracterizado por la presencia de una dotación doble de cromosomas en las hembras y simple en los machos, ha permitido medir esto cuantitativamente y probar la validez de la teoría. Pero no sucede lo mismo con las termitas, en que hermanos y hermanas comparten genes en la misma proporción. Ni se puede probar, por ejemplo, en los bonobos o chimpancés pigmeos, cuyos grupos están compuestos por unos cuantos machos estrechamente emparentados, por un lado, y hembras procedentes de distintos grupos, por el otro. Estas hembras, a pesar de no ser parientes, cooperan más estrechamente que los machos y dominan colectivamente sobre ellos.

De modo que la cooperación sigue constituyendo una paradoja para muchos biólogos occidentales. La teoría del altruismo recíproco ("Hoy por ti, mañana por mí") ha surgido para resolverla: en animales con un psiquismo elevado, capaces de recordar individuos y sus acciones, el altruismo recíproco puede surgir y ser una fuerza evolutiva. En el altruismo recíproco, para que constituya una estrategia exitosa, está demostrado por la teoría de juegos que los individuos deben en principio colaborar y luego actuar en función de la respuesta. Si el beneficiario coopera a su vez, se sigue cooperando; si no lo hace, se le retira la colaboración. Obsérvese que en el altruismo recíproco, el individuo que coopera se beneficia en otro momento de su cooperación: no aparece para nada el beneficio del grupo como motor, sino simplemente como resultado no buscado.

Estas teorías son relativamente recientes. La del altruismo recíproco tal vez hubiese llegado antes si los biólogos occidentales hubieran conocido el trabajo de los naturalistas rusos de finales del siglo XIX. Éstos abrazaron el darwinismo de manera muy entusiasta, pero rechazaron el énfasis de los darwinistas anglosajones en la competencia, asiéndose a la definición que Darwin dio de la lucha por la existencia como algo que comprendía no sólo la lucha entre los individuos por unos recursos limitados, sino también la lucha contra las condiciones adversas del medio, como las sequías, los fríos intensos, etc.

Los naturalistas occidentales hicieron caso omiso de ese segundo sentido de la lucha por la existencia. El mismo Darwin no puso en todas sus obras ni un solo ejemplo de él. Para ver el punto de vista de los rusos, podemos acudir a La ayuda mutua, el libro de Kropotkin que es una biblia para muchos anarquistas. En él se rechaza como espúrea la afirmación de Malthus de la inevitable competencia provocada por un aumento aritmético de los recursos que no puede hacer frente al aumento geométrico de la población. En un país inmenso y tan infrapoblado como era Rusia en el siglo XIX, resultaba como mínimo chocante esa afirmación.

Kropotkin reconocía, primero, que la lucha era fundamental y constituía el impulso principal de la evolución. Distinguía, luego, dos formas de lucha: la competencia entre organismos por unos recursos limitados y la lucha contra un ambiente inhóspito y riguroso. Finalmente, afirmaba que esta segunda lucha se libraba mejor con la cooperación. Ofrecía bastantes ejemplos de sus observaciones durante cinco años en Siberia y en Manchuria, donde los fríos extremos, las largas sequías, las grandes tormentas y los incendios diezmaban las poblaciones manteniendo el medio semivacío.

Kropotkin mantenía que la cooperación era la forma de lucha dominante sobre la competencia, pese a haberse esforzado, como darwinista en buscar esta última.

Las motivaciones de los naturalistas rusos, de los que Kropotkin, por haber vivido exiliado y escrito en inglés, es el único bien conocido, eran de dos tipos: políticas y factuales. Las políticas iban desde el radicalismo socialista de unos al conservadurismo eslavista y reaccionario deseoso de proteger la comunidad aldeana rusa. No debemos hacer ascos a este tipo de motivaciones, puesto que en los trabajos de los darwinistas occidentales también se puede percibir con facilidad la conformidad con el capitalismo y el sistema de libre competencia.

Las motivaciones más interesantes son las factuales. Mientras que los naturalistas anglosajones estaban acostumbrados al estudio en los trópicos, repletos de formas de vida en un espacio físico y ecológico muy limitado, en el que la competencia es forzosa, los rusos estudiaban un ambiente inhóspito, riguroso e impredecible en el que la mejor forma de hacerle frente no era precisamente la competencia.

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete

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