Julio Loras Zaera

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Profesor Francho de Fortanete A la luz de la ciencia. Biología y asuntos humanos

El de la consciencia, entendida como percatación, es un subproblema del problema general de la relación entre la mente y el cerebro. Los filósofos han debatido esta cuestión durante siglos, sin que nunca se haya llegado a una conclusión. Incluso científicos como John Eccles aún creen que mente y cerebro son de naturaleza radicalmente distinta, siguiendo el dualismo cartesiano.

Pero la mayoría de los científicos adoptan la posición de que la mente y, por tanto, la consciencia son procesos de actividad cerebral. Sin embargo consideran la consciencia un tema hoy por hoy inabordable a la manera científica. Incluso los hubo, en la primera mitad del siglo pasado que consideraban el de la consciencia un problema inventado y se negaban a considerar procesos mentales. Se trataba de los conductistas o behavioristas, que se limitaban a observar y estudiar las respuestas a determinados estímulos, extrayendo cadenas estímulo-respuesta como únicas conclusiones válidas. La psicología cognitiva, como reacción, se dedica a estudiar los procesos mentales.

Pero esta psicología no estudia la consciencia, por considerarla aún inabordable. Muchos de estos científicos dicen que una teoría de la consciencia debe abarcar el máximo número de sus manifestaciones: imaginación, emociones, sueños, experiencias religiosas, etc. Claro, así no hay manera de dar un enfoque científico a la cosa, dado lo poco que se sabe de todos esos procesos. No se sabe por dónde empezar. Además de que posiblemente entrañen procesos diferentes.

De modo, que el problema de la consciencia parece inabordable para la ciencia, que debería dejarlo en manos de los filósofos, que son capaces de abordar problemas de la máxima generalidad mediante asaltos frontales con una dosis enorme de especulación etérea. Pero llegó Francis Crick, el premio Nobel, junto con James Watson, por el descubrimiento de la doble hélice del ADN y se declaró como el primer científico dispuesto al ataque. Pero no lo hace a la manera de los filósofos, sino a la de los científicos: restringiendo la cuestión y precisándola al máximo, no buscando las respuestas, sino algunas respuestas parciales.

Crick está convencido de que el terreno ya está maduro para el intento. Y restringe las cuestiones al campo de la consciencia o percatación visual. Lo hace por un par de razones importantes: porque los seres humanos somos, como todos los primates, animales eminentemente visuales y porque el sistema visual de los mamíferos es bastante bien conocido. Y precisa más las cuestiones, partiendo, en primer lugar, de que la información disponible por los ojos no basta para que nos percatemos adecuadamente de los objetos y sucesos que tienen lugar a nuestro alrededor; el cerebro debe recurrir a experiencias anteriores (del individuo o de la especie). En segundo lugar, de la suposición razonable de que el cerebro debe efectuar cómputos complejos para decidir qué interpretaciones adopta ante los estímulos ambiguos que le proporciona el medio.

De lo primero es indicio el hecho de que veamos en tres dimensiones, pese a que las imágenes en la retina son bidimensionales. Lo segundo implica que en el cerebro se forman representaciones simbólicas de los objetos y procesos, a la manera de lo que en matemáticas se llaman traslaciones.

Ray Jackendoff, en quien Crick se basa, postula que los cómputos son en buena parte inconscientes y que de lo que llegamos a darnos cuenta es del resultado. Pero admite que hay un nivel intermedio, el que corresponde a la representación de superficies visibles junto con el entorno, el color, la textura, la orientación y el movimiento. Estas representaciones serían en dos dimensiones y media, por cuanto, sin representar la profundidad, representarían la orientación El siguiente paso sería la representación tridimensional, del cual no tenemos tampoco consciencia. Y Crick pone el ejemplo de cuando vemos a una persona de espaldas: nos llevaríamos un susto, si ésta se girase y no tuviese rostro. La inferencia del rostro forzosamente tiene que venir de alguna representación tridimensional.

Siguiendo con las precisiones, Crick distingue entre representación implícita y explícita. La segunda se simboliza sin ulterior procesamiento, mientras que la primera requiere un posterior procesamiento. El ejemplo que pone para aclarar esto es el de las motas de luz de colores en la pantalla de un televisor, que serían una representación implícita de un rostro, por ejemplo, pero que explícitamente son sólo manchas con determinadas ubicaciones. Cuando vemos una cara en el televisor, ha de haber en el cerebro grupos de neuronas cuya descarga simboliza un rostro.

A estos grupos de neuronas en descarga les llama representación activa. Además, postula grupos de neuronas conectadas que serían representaciones latentes y que al descargar serían representaciones activas. Si se piensa, por ejemplo, en un personaje conocido, nos lo podemos representar vívidamente aunque no esté presente. Al pensar en él, hemos hecho que se disparara la coalición de neuronas que lo representaba.

Un mismo objeto o suceso puede estar representado de múltiples formas: como imagen visual, como conjunto de palabras y su sonido correspondiente, como sensaciones táctiles, etc. Por lo que sabe la psicología, es muy probable que esas representaciones distintas de un mismo objeto o suceso se influyan recíprocamente. Hay indicios de que las representaciones estén distribuidas entre varios grupos de neuronas, tanto local como globalmente. Por ejemplo, tomemos la representación de un rostro. Es muy probable que la representación general de un rostro, tosca y poco exigente, esté en una zona del cerebro, las de las partes separadas del rostro en otra y las que representan su familiaridad, su sexo, etc. en otras. Al menos así lo indican experimentos con monos y con personas que han sufrido lesiones cerebrales.

¿De qué nos percatamos? Parece haber una consciencia transitoria y fugaz, que correspondería a lo anterior y otra consciencia para la que debería entrar en juego la memoria, aunque no está claro qué memoria. Lo que está claro es que parece casi imposible que alguien sin memoria pueda ser consciente.

Si estos procesos son reales, se pregunta Crick, ¿en qué partes del cerebro se asientan? Parece que el neocórtex, una capa delgada en la superficie del cerebro debe jugar un papel fundamental. A esta capa llega la información visual por dos vías: el núcleo geniculado lateral del tálamo y el colículo superior del tallo cerebral. Otra parte del cerebro, el hipocampo, interviene en los recuerdos episódicos, que traslada durante largos períodos al neocórtex. El hipocampo recibe mensajes de muchas otras partes del cerebro y los envía a varias otras, por lo que podría suponerse que es la sede de la consciencia. Sin embargo, el estudio de pacientes que carecen de él ha revelado que tienen consciencia visual, aunque tienen muchas dificultades para desempeñarse en su vida cotidiana. Por lo tanto, Crick se decide por buscar en el neocórtex, del que dice que debería funcionar, en cuanto a la consciencia, partiendo de una circuitería tosca y redundante que se va refinando y seleccionando produciendo los correlatos cerebrales de las categorías o rasgos visuales a los que responder. El refinamiento y la selección se producirían mediante su propia actividad inducida por la experiencia visual y otras. Por otra parte, en cuanto que la otra función del neocórtex sería reaccionar a los objetos y sucesos del mundo exterior con la presteza necesaria, se valdría para ello de las categorías elaboradas en forma de coaliciones de neuronas para buscar y asociar en cada momento las coaliciones que mejor representaran los objetos y sucesos sometidos a su atención.

Con esas precisiones y esas hipótesis tan alejadas de la generalidad con que abordan el problema los filósofos es como Francis Crick espera abrir una brecha por la que iniciar la destrucción del muro que separa la consciencia de la ciencia. Nada de identidad, nada de autoconsciencia, nada de reflexión. Simplemente, percatación visual.

Y es que la ciencia busca a la manera de aquel borracho que buscaba las llaves que no sabía dónde había perdido bajo una farola. Cuando alguien le preguntó por qué las buscaba allí, replicó: "Porque aquí hay luz."

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete

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