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Para los teóricos de la evolución, el sexo es un gran quebradero de cabeza. ¿Por qué, se preguntan, un individuo debe dedicar energía a la búsqueda de pareja apropiada o a la producción y emisión de enormes cantidades de polen o a la construcción de flores para transmitir sus genes, en vez de reproducirse asexualmente, con lo que, además, transmitiría todos sus genes y no sólo la mitad a cada descendiente? Se han hecho muchas conjeturas, pero la que ha tenido más aceptación es la que considera que el sexo incrementa la variación, permitiendo a las especies enfrentarse a los cambios en el ambiente.

Sin embargo, hay una gran cantidad de organismos -todas las bacterias y muchos protoctistas- que no se reproducen sexualmente y, sin embargo, no presentan menor variación genética que los que sí lo hacen.

La microbióloga Lynn Margulis, que convenció a la comunidad científica del origen simbiótico de la célula eucariota -la que constituye a los protoctistas, hongos, plantas y animales- da una explicación muy diferente.

Parte de una idea fundamental en Biología: que el sexo es la combinación de material genético de distintas procedencias en un único individuo. En este sentido, las bacterias tienen sexo, y en ello se basa la ingeniería genética. Las bacterias donan y reciben genes de otras bacterias, de virus o de soluciones químicas. Éste es un medio de supervivencia que debió de evolucionar hace más de 3000 millones de años, cuando la Tierra estaba sometida a grandes dosis de radiación ultravioleta y de rayos cósmicos y las bacterias debían colonizar ambientes extremos. En esa época debieron de originarse los mecanismos de reparación del ADN que se conservan en todos los seres vivos. Mecanismos que en seguida debieron de servir para integrar ADN externo. Con ello, las bacterias pudieron hacer suyas las novedades metabólicas que surgieran por alteraciones al azar del ADN de unos pocos individuos y colonizar la Tierra hasta en los ambientes más inhóspitos.

El segundo paso fue lo que Margulis llama el hipersexo, iniciado por la infección o por ataques predadores de unas bacterias sobre otras. En algunos casos, el invasor no podría destruir al huésped, adaptándose progresivamente uno a otro hasta llegar a traspasar, incluso, todo el material genético del invasor al huésped. Así surgieron las mitocondrias, los cloroplastos (que aún contienen parte de su material genético original) y los undulipodios (incorrectamente llamados flagelos) de la célula eucariota. Se trata de sexo, puesto que hay combinación en un individuo de ADN de distintas procedencias, pero además se comparte el material corporal.

El tercero es el sexo meiótico, originado en algunos protoctistas. Cleveland estudió un grupo conocido como los hipermastigotos, protoctistas nadadores que digieren madera, durante más de treinta años. En los años 70, descubrió que en condiciones extremas, como desecación o frío y, especialmente, en condiciones de escasez, estos microbios practican canibalismo, fagocitándose unos a otros. Observó que en algunos casos los individuos fagocitados continúan metabolizando dentro del caníbal, debilitándose, pero no muriendo. En algunos casos observó incluso la fusión de la membrana celular y de la membrana nuclear de ambos individuos.

A partir de estas observaciones, Cleveland conjeturó que lo que llamamos fecundación surgió en protoctistas que pasaban fases de penuria, como forma de resistirlas, dando lugar a individuos diploides (se llama diploide a la dotación cromosómica formada por pares de cromosomas homólogos, y haploide a la dotación de un único par de cada clase). Pero estos individuos serían monstruosos si los ciclos de fusiones se repitieran. De modo que tendrían ventaja los que encontrasen alguna manera de restaurar la dotación haploide. En la división mitótica de la célula, los cromosomas se duplican, con lo que cada célula hija queda dotada con un conjunto de cromosomas igual al de la célula madre. Pero suele haber retrasos en la duplicación de los cromosomas. Los individuos en que esos retrasos fuesen mayores conseguirían restaurar la dotación simple y reproducirse mejor (es más fácil reproducirse adecuadamente con un conjunto de cromosomas que con dos, especialmente por la posibilidad de que los pares no se separen adecuadamente en los diploides). De este modo surgiría la meiosis, un proceso de división que empieza con una duplicación del material de los cromosomas y una primera división que los reparte, seguida de una segunda división sin duplicación del material genético, dando lugar a células hijas con sólo la mitad del material genético.

Existen protoctistas que pasan por ciclos estacionales de condiciones precarias y de abundancia. En la mayoría de los casos, presentan fusión sexual con duplicación del número de cromosomas y conversión en estructuras resistentes en la época de vacas flacas y división meiótica al llegar las buenas condiciones.

Los antepasados de animales y plantas aportaron una innovación: en vez de convertirse en estructuras resistentes, generaron cuerpos por división mitótica de la célula fusionada, abriendo así un nuevo campo de posibilidades ecológicas, el correspondiente a los individuos grandes. Pero sigue existiendo la necesidad de volver al estado haploide, no otra cosa son los espermatozoides y los óvulos, para evitar la muerte definitiva que supone el handicap de la diploidía.

De modo que la buena lírica y el mal psicoanálisis acertaban sin saberlo cuando nos decían que el sexo y la muerte están inextricablemente unidos.

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete

 
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