El virus del Ébola se encontró por primera vez en dos importantes brotes de fiebre hemorrágica casi simultáneos en Zaire (a orillas del río Ébola) y en Sudán, en 1976. Se registraron 500 casos, con una mortalidad del 88 % en Zaire y del 53 % en Sudán. Algunos científicos e historiadores creen que la gran plaga de 430-425 a. C., en la que se registraron 300.000 muertes, se debió a este virus. El brote más reciente (datos de 2000) fue en Gabón, en octubre de 2000, cuando hacía veintiún años que no se tenían noticias de él.

Se conocen tres variedades: Zaire, Sudán, Costa de Marfil y Reston. Esta última se ha aislado de monos procedentes de África o de Filipinas y, aún siendo capaz de infectar a humanos, no parece producir una enfermedad seria. La variedad Costa de Marfil afectó a una investigadora suiza que realizó la autopsia de un mono y sobrevivió.

Las manifestaciones clínicas de la fiebre hemorrágica por Ébola varían según el tipo de virus. El inicio es brusco, con fiebre por encima de los 39º C, dolor muscular y dolor de cabeza, además de náuseas y vómitos, dolor abdominal, diarrea, dolor torácico y faringitis. El sistema nervioso central resulta afectado a menudo, produciéndose somnolencia, delirio y coma. La progresión de la enfermedad lleva a la consunción y manifestaciones sangrantes: pequeñas hemorragias bajo la piel, hemorragias y equimosis alrededor de punciones, y hemorragias mucosas.

El hecho de que la enfermedad no se esparza se atribuye a las medidas sanitarias nacionales e internacionales y a que mata rápidamente, con lo que el enfermo no tiene tiempo de contagiar a mucha gente.

El modo de infección primaria es desconocido. Todos los brotes se han podido rastrear solamente hasta un caso índice, llegándose a lo sumo a un mono o a un chimpancé infectado. Los casos secundarios han sido de personal sanitario o familiares de infectados que han tenido contacto cercano con ellos. El virus se recupera de suero en la fase aguda de la enfermedad, también de la orina, del semen y del fluido de la cámara anterior del ojo. En autopsias, se ha encontrado en bazo, nódulos linfáticos, hígado y riñón, rara vez en el cerebro u otro tejido nervioso.

El contacto con la piel y las mucosas de los pacientes da cuenta de la mayor parte de la transmisión en humanos. La sangre, la saliva, los vómitos y, posiblemente, el sudor, así como la inoculación por vía parenteral de material infectado supone el mayor riesgo de mortalidad.

No hay evidencia de que el contacto estrecho con individuos afebriles y asintomáticos, en período de incubación o de convalecencia, lleve al contagio. Los contactos hogareños suponen el 3-17 % de la transmisión. En las epidemias africanas, la mayoría de los casos se deben a propagación secundaria por trabajadores de la salud y contactos familiares. Reutilizar agujas y jeringas, técnicas de barrera inadecuadas y prácticas antihigiénicas son los responsables principales de la transmisión hospitalaria entre pacientes y personal. Otra causa es el contacto con cadáveres o sus fluidos. Las epidemias africanas cedieron con el uso de equipo bien esterilizado, el cierre de los hospitales, la educación de la población y el uso de máscaras, batas y guantes.

El virus del Ébola aparece al microscopio electrónico como filamentos alargados (a veces en U o en B) de longitud variable (más de 14.000 millonésimas de milímetro o nm) y de 80 nm de diámetro. Tiene una nucleocápside (el material genético rodeado de proteína que lo encapsula) helicoidal, de 50 nm, rodeada por una membrana adornada de espigas, formada cuando el virus sale de la célula. Su material genético es ARN, que contiene el gen de una proteína muy glucosilada (unida a numerosas moléculas de glúcidos) y antigénicamente característica de cada virus, más una polimerasa (enzima responsable de la síntesis de una cadena complementaria de ARN), la proteína de la nucleocápside y una glucoproteína truncada producida en forma soluble.

Investigadores del Hospital Doce de Octubre de Madrid, en colaboración con el CSIC, han identificado los mecanismos de entrada del virus en células humanas, un paso importante para crear una vacuna. El proceso arrancó en 1988, cuando se investigaba en la introducción de genes en células con fines terapéuticos, utilizando como vectores retrovirus recombinantes. El trabajo con el Ébola era muy difícil porque requiere un nivel máximo de medidas de seguridad y aún así el riesgo es muy elevado. De modo que se pensó en inocular partes separadas del virus para inducir inmunidad.

Los estudios revelaron una homología estructural del Ébola con otros retrovirus, el VIH incluido. ¿Sería posible fabricar un retrovirus vector utilizando la envoltura del Ébola? Así fue, consiguiéndose un virus cuya parte externa era indistinguible del Ébola, pero defectivo y sin ningún elemento genético del Ébola, con lo que se hizo más fácil explorar su comportamiento.

En 2000, investigadores holandeses trataban de identificar la molécula de las células dendríticas (células del sistema inmunitario que se encuentran en la piel y en las mucosas) responsable de la unión a otra molécula clave en la activación de los linfocitos, conocida como ICAM-3. La molécula en cuestión fue identificada y bautizada como DC-SIGN, que ya había sido caracterizada en 1992 buscando moléculas capaces de unirse al VIH. El grupo holandés se sorprendió porque DC-SIGN parecía implicada en la protección inmunológica y también parecía que podía usarse contra el VIH. Demostraron que el VIH se le une en las cálulas dendríticas y que por esa unión se prolonga la capacidad infectiva del virus de pocas horas a más de cinco días. Esto hacía pensar en la posibilidad de que el VIH utilizase este sistema para ser transportado a los ganglios linfáticos, donde hay numerosos linfocitos susceptibles.

Esto llamó la atención del equipo español, que encontró una nueva molécula, L-SIGN, muy similar en su estructura y afinidad al VIH. Pero dicha molécula no se encuentra en las células dendríticas, sino en diferentes zonas del endotelio vascular, donde se encuentran unas de las células más afectadas por el Ébola.

DC-SIGN y L-SIGN pertenecen a la familia de las lectinas, que reconocen estructuras de carbohidratos, y las primeras pruebas demostraron su capacidad de unirse al Ébola y participar en su entrada. La introducción de los genes de las dos lectinas en los linfocitos llevaba a niveles elevados de infección por construcciones basadas en el Ébola, convirtiendo a los linfocitos en células susceptibles. Al utilizar células dendríticas humanas, igual que con el VIH, los falsos Ébola se les pegaban por interacción entre DC-SIGN y partículas capaces de transmisión a células susceptibles.

La prueba definitiva fue el bloqueo total de la infección por anticuerpo antiDC-SIGN.

DC-SIGN está constituida por un trímero anclado a la membrana de las células dendríticas por un dominio hidrofóbico. En el exterior hay dominios responsables de la unión específica con ligandos naturales (ICAM-3 en los linfocitos e ICAM-2 en las células endoteliales) y con las envueltas del VIH y del Ébola. El dominio citoplásmico, pequeño, contiene señales reconocidas por la maquinaria celular o que inducen la internalización del receptor.

De modo que tenemos dos vías de entrada para el Ébola: DC-SIGN, que se le une en las células dendríticas de la piel y de las mucosas, y L-SIGN en las células del endotelio vascular. La primera daría cuenta de la infección por contacto y la segunda, por jeringuillas y agujas infectadas. Su descubrimiento no implica que se encuentre una vacuna definitiva, pero sí abre una vía para ello.

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete


Julio Loras Zaera
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