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Hasta hace pocos años, los psiquiatras consideraban que la forma en que el maltrato infantil afecta a la psique de las personas era psicológica. Pensaban que los malos tratos en la infancia, bien fomentaban que se desarrollaran mecanismos intrapsíquicos de defensa que resultaban autodestructivos en la edad adulta, bien detenían el desarrollo psicosocial dejando un "niño herido" en el interior de la persona. En consecuencia, creían que el daño se podía corregir mediante terapia o se podía borrar convenciendo al paciente de que lo superase.

Investigaciones iniciadas en los años ochenta apuntan a lo erróneo de esta idea y a consecuencias mucho más graves del maltrato en la infancia. Antes de exponerlas, es conveniente hablar de las secuelas visibles de este trato. Éstas se pueden manifestar a cualquier edad y de formas distintas. Interiormente pueden aparecer como depresión, ansiedad, pensamientos suicidas o estrés postraumático. Exteriormente, como agresividad, impulsividad, delincuencia, hiperactividad o abuso de drogas. Una perturbación psiquiátrica asociada al maltrato infantil es el trastorno de la personalidad esquizoide límite de personalidad.

Este trastorno se manifiesta en que quien lo padece ve a los demás en términos absolutos, poniendo frecuentemente a una persona en un pedestal y denigrándola después por haberle notado algún desliz. Las personas afectadas son proclives a estallar en fortísimos arrebatos de cólera y a sufrir episodios pasajeros de paranoia o de psicosis. Sus relaciones son intensas e inestables, se sienten vacías o inseguras de su identidad, suelen escapar de sus angustias abusando de las drogas y tienen impulsos autodestructivos o suicidas.

En lo que sigue sólo voy a dar un nombre, el del investigador que más ha trabajado sobre el asunto de la relación entre los malos tratos en la infancia y el desarrollo del cerebro, Martin H. Teicher. Lo hago por la sencilla razón de que los hallazgos en este campo han sido una verdadera obra colectiva en la que han trabajado muchos equipos y sería farragoso para quien esto lea aprenderse todos sus nombres.

Cerebro

Teicher, tratando a tres pacientes que habían sufrido malos tratos en la infancia, empezó a preguntarse si la temprana exposición a ellos no afectaría al desarrollo del sistema límbico, un conjunto de núcleos cerebrales interconectados que regulan las emociones y la memoria, especialmente del hipocampo y la amígdala, situados bajo la corteza, en el lóbulo temporal. Con su equipo se planteó si los malos tratos en la infancia no interrumpirían la maduración del hipocampo y de la amígdala, si la estimulación excesiva de la amígdala no aumentaría la irritabilidad eléctrica de la misma o tal vez la exposición excesiva a las hormonas del estrés no afectaría al desarrollo del hipocampo. Se preguntaron también si esta sobreexcitación o esta exposición excesiva no producirían síntomas parecidos a la epilepsia del lóbulo temporal (ELT), que interrumpe esporádicamente su funcionamiento.

Cuando alguien sufre un ataque de ELT, permanece consciente mientras experimenta síntomas psicológicos debidos a tormentas de actividad eléctrica en el hipocampo y en la amígdala, junto con bruscas sensaciones de hormigueo, entumecimiento o vértigo, manifestaciones motrices (fijación de la mirada, espasmos incontrolables), síntomas autónomos (rubor, náuseas, "encogimiento del estómago") y también puede tener alucinaciones o ilusiones en cualquiera de las cinco modalidades sensoriales.

En 1984, Teicher elaboró una batería de preguntas para evaluar la frecuencia con que los afectados por ELT experimentan los síntomas. En 1993, su equipo aplicó esta batería a 253 adultos que habían acudido a centros psiquiátricos externos en busca de diagnóstico. Encontraron que algo más de la mitad habían sufrido malos tatos físicos, abusos sexuales o ambas cosas en la infancia. Comparados éstos con los pacientes que no los habían sufrido, hallaron que los que habían sufrido maltratos físicos puntuaban un 38 % más que los que no habían sufrido maltratos, que quienes habían sufrido abusos sexuales puntuaban un 49 % más y que quienes habían sufrido ambas cosas puntuaban un 113 % más.

En 1994 estudiaron anomalías electroencefalográficas (medida de la irritabilidad límbica), estudiando registros de 115 ingresos consecutivos en un centro psiquiátrico para menores. Encontraron anomalías significativas en un 54 % de los pacientes con traumas tempranos, frente a un 27 % en menores no agredidos, tanto por ciento que se elevaba a 72 en el caso de los pacientes con graves maltratos físicos y sexuales. Las anomalías se presentaban en las regiones frontal y temporal, afectando, para sorpresa del equipo, al hemisferio izquierdo y no a ambos.

En 1997, otro equipo estudió barridos de imágenes por resonancia magnética de 17 adultos que habían sufrido en la infancia malos tratos físicos o sexuales y que presentaban el trastorno de estrés postraumático (TEPT), comparándolos con 17 adultos sanos equiparados a los primeros en edad, sexo, categoría socioeconómica y otras características, encontrando que el hemisferio izquierdo de los pacientes con TEPT era un 12 % menor que el de los sanos, mientras que el derecho era igual.

El mismo año, un equipo de investigadores se fijó en las anomalías del hemisferio izquierdo, estudiando a 21 mujeres adultas con historial de abusos sexuales y TEPT o trastorno de la identidad disociativa (también conocido como personalidad múltiple). Encontraron que el volumen de su hemisferio izquierdo estaba bastante reducido, siendo el derecho normal, y una correspondencia entre el grado de reducción del hipocampo y los síntomas disociativos. En 2001 se encontraron reducciones del 16 % en el hipocampo y del 8 % en la amígdala en mujeres con trastorno de la personalidad esquizoide límite de personalidad e historial de malos tratos infantiles.

En 1999, otro equipo midió imágenes por resonancia magnética del hipocampo en 44 pacientes con historial de malos tratos y TEPT, comparados con 61 individuos sanos, no encontrando diferencia en volumen. Teicher y otros encontraron resultados similares en el análisis volumétrico del hipocampo, estudiando 18 adultos jóvenes (18-22 años) que habían sufrido repetidas violaciones con miedo o terror, con 19 no pacientes como control, aunque sí encontraron un 9,8 % de reducción de la mitad izquierda de la amígdala, correlacionado con síntomas de depresión o irritabilidad u hostilidad.

Teicher cree que la respuesta más verosímil a por qué no había en estos casos reducción del hipocampo y sí en los demás tal vez sea que la afectación del estrés al hipocampo sea muy gradual, de modo que los efectos sólo se aprecien a una edad más tardía.

Estudios con animales habían revelado que el hipocampo es muy vulnerable al estrés, no sólo por la lentitud de su desarrollo, sino también porque es una de las pocas regiones donde siguen apareciendo nuevas neuronas después del nacimiento, además de porque tiene una mayor densidad de receptores del cortisol. Estudios con ratas habían puesto de manifiesto que el estrés temprano reconfigura la organización molecular del hipocampo y la amígdala, con una consecuencia muy grave en esta última: la alteración de la estructura proteica de los receptores del ácido gammaaminobutírico (GABA), inhibidor primario que atenúa la excitación eléctrica de las neuronas mediante el paso de iones cloruro. Si el GABA no funciona correctamente, hay una actividad eléctrica excesiva que conduce a los ataques. Esta sería una explicación molecular de las anomalías EEG y de la irritabilidad límbica en los pacientes maltratados.

La coherencia de EEG (electroencefalograma) es un método analítico cuantitativo que informa sobre la microestructura (conexiones y circuitos) en vez de sobre la función, como lo hace el EEG común. Da una medida matemática de la correlación recíproca de las interconexiones neuronales de la corteza, que procesa y modifica las señales eléctricas. Los niveles anormalmente altos de coherencia indican un desarrollo disminuido de los intercambios neuronales. Nuestro investigador y su equipo examinaron con esta técnica a 15 niños y adolescentes con enfermedades psiquiátricas e historial confirmado de malos tratos o abusos sexuales graves. Como grupo de control, examinaron a 15 voluntarios sanos. Encontraron que las cortezas izquierdas de los sujetos de control estaban más desarrolladas que las derechas, mientras que los pacientes tenían mucho más desarrollada la derecha (a pesar de ser todos diestros), estando más afectadas sus regiones temporales.

El hemisferio izquierdo controla el lenguaje, mientras que el derecho hace lo mismo con las emociones, especialmente las negativas. ¿Almacenarían los pacientes sus recuerdos en el hemisferio derecho? ¿Lo activarían preferentemente? Un investigador midió la actividad hemisférica en un grupo de adultos rememorando un recuerdo neutro o uno perturbador. Los sujetos maltratados activaban el hemisferio izquierdo cuando los recuerdos eran neutros y el derecho, cuando eran recuerdos dolorosos de la niñez. En cambio, los sujetos de control activaban ambos hemisferios para ambos tipos de recuerdos, prueba de una mayor integración de sus reacciones.

A consecuencia de estos estudios, se investigó el cuerpo calloso, una estructura que conecta ambos hemisferios. En los muchachos que habían sufrido maltrato o abandono, la zona media del cuerpo calloso era menor, siendo el efecto del abandono superior al de otros malos tratos. En las muchachas, el abuso sexual era más poderoso que otros abusos.

En 1950 se observó que monos criados con madres de alambre y felpa se convertían de adultos en perturbadores sociales y muy agresivos. Otro equipo halló que las diferencias entre monos criados por madres naturales y por madres artificiales eran menores si a éstas se les daba un movimiento de balanceo. Atando cabos, se supuso que el balanceo se transmitía al cerebelo, sobre todo a su parte media, el vermis cerebral, encima del tronco encefálico. El vermis modula núcleos del tronco que controlan la producción y secreción de noradrenalina y dopamina. Como el hipocampo, el vermis se desarrolla gradualmente y sigue creando neuronas nuevas después del nacimiento. La densidad de receptores del cortisol es aún mayor en esta estructura que en el hipocampo. Una mala regulación de la secreción de noradrenalina y dopamina puede producir síntomas de depresión, psicosis, hiperactividad y disminución de la atención. La actividad del sistema de la dopamina se ha asociado al paso a un estado de atención que tiende a depender más del hemisferio izquierdo, mientras que el sistema de la noradrenalina hace pasar a un estado dirigido sobre todo por el hemisferio derecho. El vermis contribuye también a regular la actividad eléctrica del sistema límbico, pudiendo su estimulación suprimir la actividad de los ataques del hipocampo y la amígdala.

Estudiosos posteriores hallaron que los monos de los experimentos mencionados tenían focos de ataques en los núcleos fastigiales y en el hipocampo. Más tarde se vio que la estimulación eléctrica del vermis en seres humanos disminuía la frecuencia de ataques favoreciendo la salud mental en un pequeño número de pacientes con trastornos neuropsiquiátricos sin tratamiento farmacológico conocido. Esto indujo a pensar si no producirían los malos tratos anomalías en el vermis con consiguientes síntomas psiquiátricos, irritabilidad límbica y degeneración del hipocampo.

Una técnica de representación del funcionamiento cerebral basada en las imágenes de resonancia magnética permitió observar sin trazadores radiactivos ni otros contrastes cómo fluye la sangre por distintas regiones cerebrales en estado de reposo. Se encontró una notable correlación entre la actividad del vermis y el grado de irritabilidad límbica indicado por respuestas al cuestionario ELT de personas jóvenes, adultas y sanas y un grupo experimental de jóvenes adultos que habían sufrido repetidos abusos sexuales. El total de sangre en el vermis era claramente menor en el grupo experimental, indicando un posible deterioro funcional que le impediría activarse lo suficiente para aminorar la irritabilidad límbica.

Teicher concluye que la reducida integración de los dos hemisferios y el menor tamaño del cuerpo calloso tal vez predispongan a los pacientes con trastorno de la personalidad esquizoide límite de personalidad a pasar bruscamente de un estado dominado por un hemisferio a uno dominado por el otro, con percepciones emocionales y recuerdos muy diferentes. Además, la irritabilidad límbica pueda irritabilidad límbica puede producir síntomas de agresividad, exasperación y ansiedad. También se observa un EEG temporal anormal en personas proclives al suicidio o al comportamiento autodestructivo.

Todo esto, que parece razonablemente confirmado, ha de tener consecuencias enormes en el terreno clínico, al probar ineficaces los tratamientos de psicoterapia y de sugestión, y en el terreno moral, al presentarnos con toda su crudeza el daño infligido a los niños maltratados, que ya no es un daño más o menos fácilmente reversible, sino un daño neurológico permanente.

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete

 
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