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En los años ochenta, cuando la Guerra Fría estaba en uno de sus momentos de auge y cuando Europa era recorrida por masivos movimientos de protesta contra los euromisiles, un nutrido grupo internacional de científicos, entre los cuales figuraba Carl Sagan redactó un informe sobre los peligros de una guerra nuclear entre las dos grandes potencias del momento. Hablaba de un invierno nuclear: además de las radiaciones letales, grandes cantidades de polvo y hollín oscurecerían la Tierra provocando muchos meses de frío y de daños a la agricultura (las plantas no podrían fotosintetizar) que matarían a más gente que las explosiones y las radiaciones a ellas debidas. No se basaban fundamentalmente en predicciones de la teoría, sino en el descubrimiento de Louis y Walter Álvarez en 1977.

El equipo de Louis y Walter Álvarez estudiaba los sedimentos del límite Cretácico-Terciario en Dinamarca y se encontró con que eran desusadamente ricos en iridio, un elemento en el que la corteza terrestre es extremadamente pobre. No así su interior ni los asteroides y cometas. Esa misma anomalía se encontró después en ese límite en varios lugares distantes de Dinamarca y repartidos por todo el globo. Louis y Walter supusieron que se debía al impacto de un meteorito o un cometa de 10 km de diámetro, pues sólo un impacto así, de una energía superior en varias veces a todos los arsenales nucleares existentes, explicaría la extensión de la anomalía, y lo relacionaron con el hecho de que en el límite Cretácico Terciario desaparecen una gran cantidad de grupos de organismos, siendo los dinosaurios los más populares. Propusieron que el impacto habría inyectado a la atmósfera masivas cantidades de polvo y provocado incendios por toda la Tierra llenando la atmósfera de hollín. Ese polvo y ese hollín habrían permanecido en capas altas durante varios años, provocando la extinción de muchos grupos, entre los cuales no se hallaban nuestros antepasados, debido, tal vez, a sus hábitos nocturnos y a su alimentación a base de huevos, insectos y semillas resistentes.

Los Álvarez estaban cometiendo una herejía. Los paleontólogos preferían las teorías gradualistas. Según ellos, la extinción de los dinosaurios y de otros organismos habría sido lenta y debida a cambios climáticos que se miden en millones de años. Pero estudios recientes en el golfo de Vizcaya, que encuentran que la mayoría de especies de dinosaurios y otros grupos llegan hasta el límite Cretácico-Terciario, prueban que la extinción fue brusca y no gradual.

Otro grupo de científicos era partidario de una explicación en que el iridio procediese del manto terrestre. Una época de erupciones volcánicas en todo el globo habría provocado ese invierno. Sin embargo, en 1982, Jeffrey L. Bada encontró en sedimentos de hace 65 millones de años los aminoácidos isovalina y alfa-aminobutírico. El primero sólo es producido por una clase muy rara de hongos y el segundo no lo produce ningún ser vivo. Además, los encontró en forma de mezclas de sus formas izquierda y derecha, cuando los seres vivos sólo producen formas izquierdas. Esos aminoácidos se encuentran en meteoritos y cometas, donde se sintetizan al modo de los químicos, en formas derechas e izquierdas. Ahora bien, adujeron los críticos, esos aminoácidos no se habían encontrado en el límite Cretácico-Terciario, sino un poco más arriba o un poco más abajo.

La prueba definitiva –todo lo definitiva que pueden ser las pruebas científicas- vino del hallazgo frente a la costa de Yucatán, hace pocos años, de un cráter que, por su tamaño, podría corresponder a un meteorito o un cometa de diez km de diámetro.

En la actualidad, la opinión de los Álvarez es la ortodoxia, la mayoría de paleontólogos acepta la explicación catastrófica de la extinción del final del Cretácico y sólo una pequeña minoría hace intervenir en ella los cambios de clima o el vulcanismo. Se trata de preferencias, el gradualismo y la búsqueda de las causas aquí en la Tierra, que ya no tienen motivo cuando se han encontrado pruebas verificables de causas catastróficas y externas.

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete

 
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