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Aunque entre nosotros no tienen mucha audiencia los creacionistas, no sucede lo mismo en los EUA, donde constituyen un potente movimiento que incluso llega a influir sobre el poder político. Los creacionistas se dedican, en vez de presentar pruebas a favor de sus tesis (cosa que creo que es imposible), a buscar cuestiones no resueltas en la teoría evolutiva, a magnificarlas y a presentarlas como fracasos de esa teoría.

Uno de los blancos favoritos de los creacionistas es la ausencia de formas intermedias conocidas entre organismos actuales y sus antepasados evolutivos. Se trata de vacíos que los descubrimientos de nuevos fósiles van llenando poco a poco. Pero durante mucho tiempo ha existido un vacío clamoroso que los evolucionistas no han podido llenar. Se trata de los cetáceos. Su respiración aérea, su sangre caliente y el hecho de alimentar a sus crías con leche les sitúan entre los mamíferos. Dado que éstos son de origen terrestre, la evolución de los cetáceos tuvo que partir de un animal terrestre. Pero durante más de un siglo desde que Darwin convenciera a los científicos de la evolución, el registro fósil no proporcionó ningún eslabón intermedio entre un mamífero terrestre y una ballena o un delfín.

George Gaylord Simpson, gigante de la paleontología y uno de los artífices de la Síntesis Moderna que reconcilió el darwinismo con la teoría mendeliana de la herencia, llegó a la conclusión, en 1945, de que los cetáceos habían evolucionado tanto tiempo en los océanos que se había perdido todo vestigio de su origen terrestre, y los situó de forma arbitraria en su clasificación de los mamíferos. Por aquellos mismos años se fue desarrollando un nuevo enfoque comparativo para desvelar las relaciones evolutivas. Se trataba de la reacción antígeno-anticuerpo, consistente en hacer reaccionar material de una especie con anticuerpos de otra. La afinidad de las dos especies es inversamente proporcional a la fuerza de la reacción. Este método sugirió que los cetáceos tenían un estrecho parentesco con los Artiodáctilos (animales con pezuñas y dedos pares, como los camellos, los cerdos, los hipopótamos, las ovejas o las vacas), pero la naturaleza exacta de la relación era confusa: ¿Eran Artiodáctilos los cetáceos? ¿O compartían un antepasado común con aquéllos?

En los años sesenta aparecieron pruebas morfológicas a favor de la segunda posibilidad. Investigando sobre Condilartros (ungulados primitivos que aún no tenían las características de los Artiodáctilos o de los demás órdenes de mamíferos), se encontraron semejanzas sorprendentes entre los dientes tricúspides de los pocos fósiles de cetáceos conocidos y los de los Mesoníquidos, unos Condilartros carnívoros. También se encontraron características dentales compartidas por los Artiodáctilos y los Arctociónidos, condilartros emparentados con los Mesoníquidos. Esto sugería que los cetáceos descendían de los Mesoníquidos y que su relación con los Artiodáctilos se producía a través de los condilartros.

Así estaban las cosas, sin ningún eslabón intermedio, cuando en 1977 Gingerich encontró en Pakistán, que durante el Eoceno (hace 55-34 millones de años) había estado cubierto varias veces por el mar de Tetis, dos fragmentos de pelvis de animales marchadores de cierta talla, a los que en broma llamó "ballenas andantes". En 1979, en las estribaciones pakistaníes del Himalaya, su equipo encontró un cráneo parcial de un animal del tamaño de un lobo, asociado a restos de mamíferos terrestres de una antigüedad de 50 millones de años, con características distintivas de cetáceo en el oído, denominándolo Pakicetus. Otro grupo encontró la mandíbula inferior y dientes sueltos semejantes a los de los Mesoníquidos, encontrando Mesoníquidos de la misma época y en la misma zona, lo que reforzaba la hipótesis de que he hablado.

En 1983, habiendo abandonado Pakistán por la guerra afgana, Gingerich fue a Egipto, al valle de Zeuglodon (en el desierto Occidental), llamado así porque a principios del siglo XX se habían hallado en él fósiles de cetáceos a los que se dio el nombre de Zeuglodon. Allí encontró las diminutas patas posteriores de un cetáceo parecido vagamente a una serpiente de mar (18 m), denominado Basilosaurus. Los fósiles de este cetáceo de hace 40-37 millones de años conocidos hasta entonces conservaban sólo un fémur parcial, aparentemente vestigial. Pero las patas y pies bien formados, aunque pequeños, hallados por Gingerich revelaban alguna funcionalidad, tal vez para la cópula en el agua.

Los 10 millones de años entre Pakicetus y Basilosaurus suponían un largo período de transición en el que los cetáceos habrían tenido extremidades funcionales. En 1992, Thewissen encontró en rocas marinas del norte de Pakistán el esqueleto casi completo de un animal intermedio entre los cetáceos modernos y sus antepasados terrestres. Sus grandes patas y su potente cola sugerían una gran capacidad natatoria, mientras que los robustos huesos de las extremidades y las articulaciones móviles de codo y muñeca sugerían capacidad de andar. Le llamó Ambulocetus natans, el cetáceo que anda y nada.

En los años siguientes se han seguido desenterrando numerosos fósiles, lo que ha permitido reconstruir la evolución de los cetáceos. Ésta empezaría con los Pakicétidos, terrestres, aunque con características óticas cetáceas, los cuales darían lugar a Ambulocetus y su estirpe, mucho más acuáticos, pero capaces de andar por tierra. De éstos descenderían, por un lado, los Remingtonocétidos, de hocico largo y fino, y los Protocétidos, lo bastante marineros para haberse extendido por todos los mares. De los Protocétidos descenderían los Dorudontinos, que recordarían a los delfines, y de ellos, por una parte, los Basilosaurinos y, por la otra, los cetáceos modernos.

La primera adaptación que condujo a los cetáceos actuales afectó al oído. El oído de los mamíferos terrestres tiene un tímpano delicado y plano, útil para la audición en el aire, mientras que el tímpano de los cetáceos actuales consiste en un largo y grueso ligamento que no permite la percepción de sonidos en el aire. Para percibir sonidos en el agua han modificado un hueso, la bulla, que se ha hecho muy denso. Pakicetus tenía una bulla modificada, pero conservaba la membrana timpánica. Basilosaurinos y Dorudontinos, los primeros cetáceos completamente acuáticos, tenían ya un ligamento timpánico en forma de cuerda. Además tenían unos senos aéreos llenos, al parecer, de tejido esponjoso, en el oído medio, cosa que les permitía mejor resolución y captación de pistas direccionales en el agua. Mientras tanto, con el canal auditivo externo cerrado (para la inmersión profunda), la mandíbula inferior adoptaba un papel auditivo, desarrollando un canal lleno de grasa capaz de conducir el sonido de vuelta al oído medio. Posteriormente, los Odontocetos (delfines, orcas y similares) desarrollaron una elaborada capacidad de percibir sonidos de alta frecuencia, mientras que los Misticetos (ballenas y rorcuales) evolucionaron en sentido contrario, especializándose en los sonidos de baja frecuencia que les permiten comunicarse a enormes distancias.

Otro cambio consistió en el desplazamiento de las cuencas de los ojos desde la parte superior del cráneo (imaginemos la cabeza de un cocodrilo), útil en aguas someras, a una posición totalmente lateral.

Ambulocetus conservó articulaciones flexibles en hombro, codo, muñeca y dedos y una pelvis capaz de sostenerlo en tierra. Pero sus extremidades posteriores, desproporcionadamente grandes, y la forma de sus pies le darían a su andadura un aire desmañado. Sin embargo, esas características serían perfectas para moverse por los bajíos. Los Protocétidos, ya de mar abierto, presentan los huesos del antebrazo comprimidos, camino de convertirse en hidrodinámicamente eficientes, con pies largos y delicados probablemente palmeados. La fusión de sus vértebras sacras está reducida. Debían de realizar un tranquilo chapoteo al estilo de los perros y una rápida combinación de impulsión por las patas posteriores y la cola, como las nutrias, en el buceo. Debían de salir del agua para reproducirse o tomar el sol, desplazándose en tierra a saltos, como los otarios. Basilosaurinos y dorudontinos eran plenamente acuáticos, con el hombro móvil, pero el codo y la muñeca rígidos: aletas, en definitiva. Sus extremidades posteriores eran muy pequeñas y su pelvis estaba reducida.

El análisis de las vértebras de los dorudontinos ha revelado una vértebra caudal con un perfil redondeado (en los cetáceos modernos, hay un hueso de forma similar: la vértebra de bola). Esto hace sospechar que tenían aleta caudal y nadaban como los cetáceos modernos.

En cuanto al grupo de origen de los cetáceos, las pruebas morfológicas apuntan a los Mesoníquidos, pero no así las genéticas. El análisis de ADN apunta a los Artiodáctilos. Muchos paleontólogos recibieron con escepticismo estas pruebas, puesto que, mientras los Mesoníquidos estuvieron en el momento y en el lugar apropiados, el registro fósil no ha proporcionado ningún antepasado artiodáctilo plausible (por su morfología, por su época de existencia y por su lugar) para los cetáceos.

Pero hay una prueba morfológica muy poderosa a favor del origen artiodáctilo. Se trata de un hueso del tobillo, el astrágalo (la taba con que jugaban los romanos y los niños de los pueblos), que en los Artiodáctilos es muy característico y distinto del de los demás mamíferos. El astrágalo artiodáctilo tiene dos superficies articulatorias, una que lo une con la tibia y otra, con los huesos distales del tobillo, superficies que son acanaladas, dándole un aspecto de doble polea. En 2001, Gingerich y Thewissen, cada uno por su lado, descubrieron nuevos fósiles en Beluchistán y en el Punjab, respectivamente. Se trata de esqueletos articulados de Rodhocetus, Pakicetus e Ichthyolestes que comprenden los astrágalos. Son astrágalos artiodáctilos, muy diferentes de los de los Mesoníquidos. La conclusión que muchos han sacado es la de que los cetáceos descienden directamente de los Artiodáctilos y sus semejanzas morfológicas con los Mesoníquidos se deben a convergencia evolutiva, no a comunidad de descendencia

© Julio Loras Zaera
Profesor Francho de Fortanete

 
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