Julio Loras Zaera

fortanete

Profesor Francho de Fortanete A la luz de la ciencia. Biología y asuntos humanos

Darwin y el catedrático de cirugía

El pasado 10 de febrero, El Periódico publicaba un artículo sobre la teoría de la evolución que no tiene desperdicio. Iba firmado por el catedrático de Cirugía de la Universidad Autónoma de Barcelona Antonio Sitges-Serra

En el segundo párrafo del artículo en cuestión, el señor catedrático nos habla de una “santificación de Darwin” que tiene, según él, tres “raíces ideológicas que amenazan en [sic] convertir (...)en ideología la propia teoría de la evolución: 1) la eliminación del pensamiento científico de todo matiz que abra una puerta a la existencia de Dios; 2) el utilitarismo, según el cual la evolución obedece a criterios únicamente adaptativos; 3) el rechazo de las filosofías vitalistas (...), para las que la vida tiene un impacto sobre el entorno y progresa gracias a esa interacción. Y en el caso del hombre, gracias a su libertad y su creatividad.”

El punto 1 no está sólo en el trasfondo de la teoría darwinista, sino también en el de todas las teorías científicas. Las ciencias intentan comprender el mundo partiendo de los hechos del mundo. Crea en la existencia de dioses, en su inexistencia o suspendan el juicio sobre esa cuestión, ningún científico que se precie buscará explicaciones sobre el funcionamiento del universo en supuestas realidades más allá de él que no se pueden verificar o refutar con experimentos u observaciones de hechos del propio universo. Al menos, no lo hará en cuanto científico. De modo que esa supuesta “raíz ideológica” está en la base de todas las teorías científicas y no sólo en la del darwinismo.

En el segundo punto, dando un ejemplo involuntario de lo que critica en muchos científicos, la endeblez de sus ideas filosóficas, usa un término consagrado en la filosofía, utilitarismo, en un sentido que nada tiene que ver con el que emplean los filósofos. En filosofía, se conoce como utilitarismo una teoría moral que juzga de la bondad por la consecución del mayor bien para el mayor número de personas, lo cual nada tiene que ver con lo que el doctor Sitges-Serra enuncia en ese punto. Pero no seamos quisquillosos y aceptemos el sentido en que el catedrático usa el sustantivo utilitarismo, es decir, los criterios “únicamente adaptativos” de la evolución.

Cualquiera que haya leído a Darwin y tenga, aunque sólo sea, una ligera idea del clima científico previo a la publicación de El origen de las especies sabrá que precisamente el hecho de la adaptación –el que los seres vivos parecen sintonizados en sus caracteres con el ambiente en que se desarrollan y viven- era la prueba principal contra las ideas evolucionistas anteriores a Darwin. Éste cogió el toro por los cuernos y dio con una explicación evolutiva de la adaptación: la selección natural, el proceso por el que los organismos más adaptados a sus ambientes, en condiciones de lucha por la existencia, dejarían más descendientes que los menos adaptados, con lo que las generaciones sucesivas estarían cada vez más adaptadas. Pero, como cualquiera que haya leído El origen con un mínimo de atención sabrá, Darwin no se limitó a explicar la adaptación y recopiló muchos casos de órganos y caracteres que ningún buen ingeniero habría diseñado (como las curvaturas de nuestra columna vertebral, nuestro cóccix, los rudimentos pelvianos de las ballenas, etc., etc.), explicándolos como restos de caracteres que habían sido útiles en los ancestros y que ya no lo eran.

No interesan aquí los sistemas filosóficos vitalistas o de otro tipo, pero sí que vale la pena hablar algo de las corrientes vitalistas en biología, corrientes que tuvieron bastante predicamento en el siglo XIX y a principios del XX. Este peso se mantuvo legítimamente mientras quedó un residuo inexplicado respecto al funcionamiento de los organismos. En esa época, eran legítimas, científicamente, las posturas de algunos biólogos que buscaban explicaciones en fuerzas desconocidas, pero naturales, distintas de las explicadas por las teorías ordinarias dela física y de la química. El desarrollo de la bioquímica y de la biología molecular expulsó definitivamente el vitalismo de la biología. Ahora bien, y volvemos a tener un ejemplo de nebulosa conceptual, ese vitalismo poco tiene que ver con la idea de que “la vida tiene un impacto sobre el entorno y progresa gracias a esta interacción.” Al menos, no más que lo que tiene que ver el darwsinismo. Hipótesis plenamente darwinistas como la de la construcción del nicho ecológico (el nicho ecológico se constituye por las interacciones del ser vivo y su medio, tanto abiótico como biótico) o la de la Reina Roja (las carreras de armamentos entre especies o la coevolución de los insectos y las plantas con flores, por ejemplo) se basan en esa interacción. No hay nada antidarwinista en la consideración de esas interacciones. En cuanto a la libertad y la creatividad humanas, los primatólogos están encontrando cada vez más pruebas de que la diferencia entre nosotros y los otros primates, aunque grande, es de grado, no de cualidad.

Al leer en el artículo del ilustre catedrático de Cirugía que –refiriéndose a la teoría de Darwin- “una hipótesis deja de ser científica cuando no es susceptible de ser superada”, me vino a la mente el dicho aquel del que oye tocar campanas. Como hace referencia a Popper, hay que suponer que, en vez de “superada”, quiere decir refutada, que es lo que dijo ese filósofo de la ciencia. Eso ya tiene sentido: una hipótesis, una ley, una teoría no son científicas si no hay manera de imaginar algún hecho que, de producirse, las refutaría. Pues bien, la teoría de la evolución por selección natural se viene poniendo a prueba en este sentido desde 1859 y aún no ha sido refutada. Y no es porque no se puedan imaginar hechos que la refutarían claramente. Por poner unos pocos ejemplos: la teoría de Darwin quedaría refutada si se encontrase algún ser vivo que exhibiera un conjunto de puntos blancos dispuestos como las estrellas dela Osa Mayor o de alguna otra constelación, si los caballos tuviesen alas, si los ciervos tuviesen muelas carniceras, si los topos tuviesen ojos plenamente funcionales, si los salmones tuviesen forma cúbica, etc., etc., etc.

Nuestro doctor nos habla dela teoría de Lamarck con un desconocimiento absoluto de lo que éste escribió en su Philosophie zoologique, donde la expuso. Sólo le suena la hipótesis de la herencia de los caracteres adquiridos, que ocupa una posición muy marginal enla Philosophie. Expondré la esencia de la teoría lamarckista: para Lamarck, todo empezó con organismos sencillos que, por una tendencia natural a la perfección, en generaciones sucesivas se fueron volviendo más complejos hasta convertirse en humanos, y esto sucede continuamente, también en el presente. Dado que esto no explica la variedad existente, con organismos adaptados a diversos ambientes, Lamarck, ahora sí, introdujo la herencia de los caracteres adquiridos: los organismos, para satisfacer sus necesidades, adquieren, por influencia directa del medio, caracteres que heredan sus descendientes. Así como la teoría de Darwin puede representarse como un árbol en el cual cada especie es una hoja, la de Lamarck la imagino como un poste del que salen pinchos a diversas alturas. El poste es la corriente principal, del gusano al hombre, y los pinchos son las especies que se desvían de esa corriente por sus adaptaciones. Los fallos de Lamarck, producto de una especulación sin pruebas (su Philosophie no presenta ninguna), son que no explica la maravillosa diversidad del mundo vivo ni la extinción, cosas que sí explica, y con multitud de pruebas, la teoría de la evolución por selección natural. Por otra parte, la hipótesis de la herencia delos caracteres adquiridos no era privativa de Lamarck, sino que era compartida por la mayoría de los naturalistas de su tiempo –incluso se encuentra en la Biblia-.

Pero a nuestro cirujano no le interesa la teoría de Lamarck (en lo que hace bien), sino la herencia de los caracteres adquiridos, que aprovecha en la parte final de su artículo y que, en realidad, es lo único que opone al darwinismo. Pero antes de entrar en esa parte, ataca en el frente, tan querido por algunos físicos que no entienden la teoría darwinista, del supuesto azar como motor dela evolución, y nos exhibe el manido mono que escribe El rey Lear (ni siquiera se molesta en darle color local y suponer que escribe El Quijote) tecleando en un ordenador. Nuestro catedrático parece ignorar que, en la concepción de Darwin, el azar (en el sentido de que la variación no está sesgada hacia la adaptación) sólo juega el papel de proveer de materia prima (variaciones) a la selección y que es ésta, y no un proceso azaroso, la que dirige la evolución por el hecho de que las variantes más adaptadas dejan mayor descendencia que las demás y, en un contexto de recursos limitados, esto transforma las poblaciones y las especies. Para un darwnista, es concebible que el dichoso mono llegue a producir una obra comparable al El rey Lear o a El Quijote, si se le da tiempo suficiente (digamos unas decenas de millones de años) y se sigue el siguiente algoritmo: 1) teclear 100.000 caracteres; 2) un programa detecta las palabras que han surgido por casualidad, las conserva y desecha todo el resto; 3) volver al paso 1. El proceso puede ser más rápido si se recombinan las palabras y se seleccionan frases. Pues así es como funciona la evolución en la teoría darwinista. Y, de hecho, este procedimiento lo usaban algunos predicadores de la Edad Media para preparar buenos sermones. O sea que funciona para elaborar discursos.

En su recorrido hacia la herencia de los caracteres adquiridos, nuestro cirujano ridiculiza el llamado dogma central de la biología moleculoar (este término tan poco científico se debe a Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN, que lo hizo como broma, pero cuajó), que afirma que la información se transmite sólo del ADN al ARN y de ahí a las proteínas. Cuando se descubrieron los virus de ARN, se vio que ese ARN, mediante el enzima transcriptasa inversa, se copiaba en ADN, el cual se replicaba y dirigía la síntesis de las proteínas de la cápside a través de ARN mensajeros. Esto modificó el dogma, pero, como puede deducir quien haya leído las tres líneas anteriores, lo hizo de un modo muy restringido. Y nunca se ha observado que proteínas dirijan la síntesis de ácidos nucleicos. Lo que sí se ha encontrado –y está en la base de la disciplina dela epigenética- es que algunas proteínas y fragmentos de ARN pueden modificar, no la secuencia nucleotídica del ADN, sino su estado activo o inactivo, mediante diversos mecanismos que se están estudiando. Y que estos estados de activación e inactivación se pueden transmitir, vía citoplasma de las células que los presentan a sus células hijas. Cuando estos estados se producen en organiamos pluricelulares, se revierten en la formación de los gametos.

Y esto nos lleva al gran hallazgo del señor Sitges-Serra: un experimento que demuestra inequívocamente que los caracteres adquiridos se transmiten a la descendencia, una alternativa inequívoca a la teoría de la selección natural. El catedrático nos remite a una reseña (Michele Catanzaro, El Periódico, 9/12/13) de un artículo de Nature, del cual no da ninguna referencia, “sobre que el miedo inducido a un ratón progenitor se transmite a su descendencia.”

He buscado el artículo en cuestión. Es de Brian George Dias y Kerry J Ressler y fue publicado on line por Nature Neuroscience el 1 de diciembre pasado. los autores condicionaron unos ratones (generación F0) mediante la asociación del olor de la acetofenona con descargas eléctricas. En las dos generaciones subsiguientes (F1 y F2), que no tuvieron contacto con sus progenitores “miedosos”, apareció una proporción de individuos que reaccionaban con miedo a la acetofenona no asociada a descargas eléctricas. El análisis del ADN espermático reveló que en estos ratones el gen Olfcr 151, que codifica los receptores del mismo nombre en las neuronas olfatorias M71 estaba hipermetilado y la vía Olfc151 estaba sobrerrepresentada en el bulbo olfatorio de los ratones “miedosos”, habiendo en él más neuronas M71, con glomérulos olfatorios mayores de lo normal en las zonas medial y dorsal del bulbo olfatorio de esos ratones.

Hay que decir que, si se confirmaran esos resultados, asistiríamos a una revolución en la teoría evolutiva y a una refutación de los dos pasos propuestos por Darwin (variación y selección por el medio) para la adaptación y tendríamos que admitir que la adaptación se produce en un solo paso (inducción por el medio de la adaptación). Ha habido muchas críticas al experimento de Dias y Ressler. Bastantes han sido exabruptos contra el “lamarckismo tronado”, pero algunas han sido serias. Éstas plantean, fundamentalmente, dos tipos de objeciones al trabajo de Dias y Ressler. En primer lugar,que no especifican el número de ratones de la F0 y, si fueron pocos, podría haberse dado el caso, por azar, de que ya tuviesen las caracterísricas encontradas en el análisis subsiguiente. En segundo lugar, dejaron de emplear un control obvio: ratones no condicionados, para poder comparar los resultados de unos y otros.

De modo que, a falta de subsanar esos defectos, el experimento no es concluyente. Podría pasar como con muchos experimentos “lamarckianos” supuestamente exitosos que se han realizado en el siglo XX y que se han revelado defectuosos, incluso ha habido algún caso de fraude. Y si se subsanan los defectos, aún faltará que el experimento, de loa misma o de otra forma, sea repetido con el mismo resultado por otros investigadores. En biología, un experimento que no se repite independientemente puede sugerir vías de investigación, pero no resulta concluyente.

Aunque estoy convencido del ajuste a la realidad del darwinismo, me alegraría que experimentos así se repitieran con resultados parecidos, ya que, refutando el darwinismo, abrirían un nuevo campo de investigación. Me explico: a día de hoy, no se conoce ningún mecanismo que permita que la información adquirida por el soma (en este caso, el cerebro) se transmita a la línea germinal. Tal vez, paradójicamente, tuviéramos que volver a otra teoría, desacreditada, de Darwin: la teoría de la pangénesis, expuesta en La variación de las plantas bajo domesticación.

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